Hace mucho frío cuando Artaud el Muerde Muertos es quien sopla | Manifiesto Artaud de Todo
Mostrando entradas con la etiqueta Enrique Medina en Página/12. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Enrique Medina en Página/12. Mostrar todas las entradas

Página/12 | Un barullo inesperado

Por Enrique Medina | Página/12 | 16 de febrero de 2022


Mientras va subiendo cuenta los escalones. Treinta y tres, y llega al piso alto de la hamburguesería. Está casi vacío. Allá una parejita. En el rincón un barbeta comiéndose el celular, y contra la pared un vago durmiendo a lo largo del asiento. El Puma Flores cruza entre las mesas para ir a su preferida. Al pasar descubre que el vago, en realidad es una vaga. Deposita la bandeja. Por defectos de profesión, y a pesar de ser un veterano comisario retirado, a través del enorme ventanal no puede dejar de controlar la gente que va y viene, el tráfico algo embotellado, bicicletas cargando pizzas, cartoneros empujando carros atados con alambre… Una chica de trenzas rubias limpia las mesas y luego barre. Él, sin saber por qué, al ver a la chica piensa en Borges; se quita el barbijo y disfruta el café con leche con dos facturitas de membrillo, que son su vicio. Abre el diario. Primero lee las páginas de fútbol, y cuando está buscando las policiales, llegan sin bandeja a una mesa próxima dos pungas con pinta de pungas y un fuerte olor a pungas. Como Cristo la cruz, también cargan en el brazo los chalequitos que les sirven para cubrir las operaciones. Es el momento de la repartija, parece. El Puma no quiere meterse en líos, se desentiende y se abstrae en el diario. Pero no lee. Dentro de su cabeza ha sonado un clic alertándolo de algo. Ese algo está en lo que vio sin ver. Vuelve a mirar a los pungas y descubre al pelado con sus anteojos negros. No los anteojos del punga, no, los del Puma. Éste se rasca la frente, insulta por lo bajo, se putea por no haber ido a otro bar, mira la calle, piensa que un par de anteojos aunque sean buenos, no son más que dos vidrios redondos, y además él ya compró otros, así que decide olvidar el asunto, levantarse e irse a la mierda; y lo va a hacer, intenta levantarse pero no puede, no, claro que no, sería como aceptar que le toquen el culo, y al Puma Flores nunca nadie le tocó el culo, y otro clic le dice ¿para qué buscar problemas si hoy es un precioso día de sol?-no-seas-bo-lu-do… Así que decide irse. Pero cuando uno tiene tantos años de profesión la mente actúa por defecto. Por eso es que aún cuando él quiere ir hacia la escalera el cuerpo se desvía al mismo tiempo que su mano descorre el cierre del bolsillo de su cazadora. Bien que se sorprenden los pungas al ver que un viejo de mierda se toma confianza apoyando las manos sobre la mesa, aunque saluda y habla como quien escapa de un incendio:
—Hola, muchachos. Quería contarles que hace unos meses me senté en la misma mesa en la que estoy ahora, y fui al baño a echarme un meo dejando los anteojos para que se sepa que la mesa estaba ocupada. Al volver del baño, mis anteojos no estaban. Tampoco estaban los ocupantes de la otra mesa. Fácil es deducir que se fueron llevándose mis anteojos para hacerme una broma. La patilla derecha estaba apenas rota, por eso sé que esos anteojos que tenés puestos son los míos. Te agradezco el chiste y te pido por favor que me los devuelvas…
Divertido, aunque más bien tonto, sonríe el narigón, como quien festeja un poco de nada; en cambio el otro, sabiendo su papel en la película, mastica su parlamento con una escupida:
—¿Por qué no te vas a la puta que te parió, viejo de…
El pelado no alcanza a terminar la frase porque cuando dice puta, el Puma ya ha extraído la pistola del bolsillo abierto y con el filo de la culata la da justo y seco debajo de la nariz abriéndole un apreciable río horizontal de carne roja muy brillante. Tan contundente es el golpe que, además de los anteojos, caen dos dientes sobre el miserable botín a repartir. El narigón se mete mano buscando su defensa, pero el Puma Flores le advierte por la mala decisión:
—Si sacás la púa, te la llevás clavada en el ojo…
Ante tanta claridad, rápido, el Narigón pone las manos sobre la mesa. Precavido, el Puma Flores echa una mirada al local y comprueba que la parejita y el barba del celular han girado las cabezas en busca del ruido molesto pero al ver que, salvo aquellos señores charlando, todo está normal, continúan en lo que estaban. La empleada que, barriendo, inocentemente se ha ido acercando, está perpleja como estatua de sal mirándose al espejo. Con un gesto amable, el Puma Flores le indica que siga haciendo lo suyo:
—No te preocupes, estamos resolviendo cosas de amigos…
Guardando la pistola, el Puma Flores observa que la herida del pelado se va agrandando como si quisiera transformarse en una segunda boca, ya que se desgaja muy roja como porción de sandía ampliando el tajo por el peso del mismo labio girando sobre sí, como si fuera el ojo de un perro andaluz. Le aconseja:
—Vas a perder mucha sangre si no vas rápido a una guardia a que te cosan.
Los pungas juntan sus cosas, también los dientes; con el pedazo de carne colgando peligrosamente, se colocan los barbijos y se van. La empleada vuelve a respirar con normalidad. Salvo ella, nadie más se ha percatado de lo sucedido. El Puma Flores mira la calle y ve a los pungas partiendo en un taxi raudos a un hospital. Vuelve a mirar las trenzas de la rubia, y ahora sí entiende el haber recordado a Borges, sí, en un cuento un delincuente ordena matar a otro mientras acaricia las trenzas de una mujer, sí-sí, pero no sé si era rubia, debería ser morocha, ¿era morocha?... Tranquilo, va saliendo el Puma Flores. Mientras baja las escaleras comienza a reírse, recién se da cuenta de que ¡el pelado hijo de puta se fue con mis anteojos!, mi Dios, qué boludo soy…Aprieta un frasco colgado en la pared y se echa alcohol en gel en las manos. Se acomoda el barbijo y llega a la vereda, impecable de tanto sol; piensa que es enorme pecado no disfrutar el día, así que decide ponerse a caminar sin desvelos ni urgencias, como si fuera un jubilado argentino con privilegios…

Página/12 | Jorge Lafforgue, un recuerdo

Por Enrique Medina | Página/12 | 17 de enero de 2022

En ese tiempo él trabajaba en la revista 7 Días de la editorial Abril. Empecé mal. Quise decir que él trabajaba en muchos medios. Los más destacados del país. También del Uruguay. No es ésta una página exhaustiva sobre su vida sino apenas un recuerdo amable y sentido. Los que saben cubrirán su admirable y vasta cronología de su provechosa existencia. Una vez me dijo que él sólo era un “periodista-todo-terreno". Pero fue mucho más, claro, ocupó cargos destacadísimos en varias universidades; dictó cursos aquí y en el exterior; fue director de la Revista de la Universidad de Buenos Aires y otras; y pivote fundamental en el Centro Editor de América Latina. Estas publicaciones, bien pensadas, económicas, que se distribuían en los kioscos tuvieron un éxito impetuoso. Aún conservo en mi biblioteca, con orgullo, esos libritos chiquitos que semanalmente alimentaban mi deseo de ilustrarme sobre la literatura universal y, específicamente, nacional. También guardo como si fuera oro en polvo, las colecciones policiales Cobalto, Débora y Pandora, también distribuida en los kioscos; especialmente para aquellos jóvenes lectores que aún no habían perdido la timidez y temían ingresar en las librerías suponiendo que exigirían corbata; claro, las librerías serían un segundo paso, pero eso ya es otra historia. Vuelvo a Lafforgue. Yo había publicado “Las Tumbas” y me hizo un lindo reportaje en 7 Días. Quedamos amigos. Semi-amigos, no íntimos, lo suficiente como para que yo de tanto en tanto lo visitara en la editorial que dirigía y él me obsequiara las novedades que se lanzarían próximamente en las mesas de las librerías. Con mucho fervor me recomendó al peruano Arguedas a quien admiraba profundamente. En las charlas literarias sabía usar con frecuencia el término “atendible”. Cierta vez se lo hice notar y me explicó muy honestamente que lo usaba cuando se refería a escritores o textos a los que le ponía objeciones pero que no quería herir o molestar porque no era bueno tener rispideces innecesarias. En la época de los militares todo el mundo se veía poco. Pocas las reuniones, pocas las charlas en cafés... Y así las relaciones se volvieron laxas. En 1980 me invitaron a dar un curso sobre literatura latinoamericana en la Universidad del Estado de Arizona, y fui a verlo para que me diera una mano, una orientación, en fin, un empujoncito alentador. Se puso muy contento y como excelente conferencista me dio muchos consejos y, por sobre todo, me regaló sus dos memorables tomos de “Nueva Novela Latinoamericana” donde él había compilado textos de los principales narradores, analizados por un equipo de ensayistas del mejor nivel. Pero no puedo dejar de decir que, aún cuando figuran en el libro los nombres luminosos de Vargas Llosa, Noe Jitrik, Juan Rulfo, Josefina Delgado, García Márquez, Jorge B. Rivera, Borges, Cortázar, etcétera..., para mí fue fundamental la lectura de los prólogos que Lafforgue hace en los dos tomos. Y si se me permite, a modo de homenaje, leo un párrafo del primer tomo que entonces subrayé: “De allí que nuestro propósito sea apuntar al único lugar donde las huellas convergen y quedan: las obras. Sólo después de zambullirnos en ellas podremos hablar con razón, o sin ella, del cause turbulento de la actual narrativa latinoamericana, sólo entonces nos será posible descubrir el sentido de sus múltiples corrientes. Porque si bien es cierto que las obras no son más que el resultado de un fenómeno mayor que las engloba, no menos cierto es que ellas a su vez conforman ese fenómeno: lo determinan en el plano circunscripto de la literatura, se determinan y revierten, en un proceso histórico general”. Y otro párrafo del segundo tomo, precisamente el final: “Si se mastican técnicas y teorías ajenas, digerirlas primero y ver luego hasta dónde nos sirven en función de nuestras obras. Porque, en primera y en última instancia, somos este país, este continente, castigado y espléndido. Construir entonces nuestra propia crítica, sin exclusiones a priori, pero a partir de nuestro medio y nuestras necesidades, para definir nuestros propios objetivos. También en este plano, ser libres. O, con más exactitud, emprender el camino de la liberación. Ya mismo”. Más que mucho me ayudaron estos libros en las clases dictadas allá, en la espléndida Arizona, que yo había conocido y amado desde chico, en los institutos de menores, cuando leía con fanatismo las novelas de cowboys del lejano oeste que escribía el genial Zane Grey. Pasaron los militares y retornó la democracia. Le llevé a Lafforgue una novela que yo acababa de escribir y el editor Julio Alonso publicaría. La leyó y aceptó hacer la presentación de Con el trapo en la boca. Fue en la mítica librería Clásica y Moderna, que siempre y por mérito de los hermanos Paco y Natu Poblet, funcionó como rincón querido y favorito, de la generación de ese tiempo. Lafforgue leyó un generoso texto que luego me dio y yo, como todas las cosas que bien quiero, debo tener mejor guardado en algún lugar exclusivo. Alicia Bruzzo interpretó magistralmente pasajes de la novela, y yo finalicé agradeciendo sinceramente. Estaban Pepe Bianco, María Esther de Miguel, Bioy Casares, Enrique Pezzoni, Marta Linch, Kordon, el querido Manucho, Denevi, Sabato había mandado una cariñosa esquela... Héctor Ricardo García, director de Crónica y exjefe mío cuando yo era cameraman de Canal 11, pasó fugaz a darme un abrazo... Por supuesto, aquello era una fiesta. Aún no existían los celulares, ni los virus, pandemias y barbijos. En fin, como había escrito el amigo Jorge Lafforgue, emprendíamos el camino de la liberación. Al menos eso se pensaba...

Jorge Lafforgue murió el 5 de enero pasado en la ciudad de Buenos Aires.

Página/12 | Una celebración en la Confitería del Molino


Fuente: Sandra Cartasso.

Empujando sus cuerpos transparentes, ceremoniosos ingresan a la mítica Confitería Del Molino. Son recibidos por los pasteleros Constantino Rossi y Cayetano Brenna, que habían decidido la construcción en 1916 para celebrar el Centenario de la Independencia. Los anfitriones explican que, luego de ochenta años de una existencia algo conflictiva, con tiempos felices y tiempos turbulentos, la confitería hubo de cerrar. Y ahora, en este siguiente siglo, tras muchas idas y venidas por los escritorios de la justicia y numerosas transacciones amistosas en busca de una solución positiva, este icónico sitio volverá a ser significativo referente de este Buenos Aires tan querido. 
 Aunque ya ha finalizado la restauración, las lenguas se tornan ásperas por el polvo que aún enturbia el aire. Los huéspedes recorren el lugar admirando la renovación lograda por los muchos especialistas en molduras, pisos, columnas, rosetones, bronces, maderas, paredes revestidas en roble, estucados, arañas de caireles originales. Se lucen los vitrales: los rayos del sol los atraviesan tan voluptuosos, que los visitantes, conmovidos, perciben la solemne espiritualidad de transitar un templo religioso. Los propietarios los guían hasta el primer piso donde el estilo Art Nouveau se corrobora acabado. Una descomunal mesa preparada para el evento se luce amable, tentadora, con una vajilla y cristalería reluciente y afectiva. 
Don Rossi explica que allí se festejaban célebres reuniones de la alta sociedad, casamientos, tertulias políticas trascendentes, y hace hincapié en el imponente vitral que consta de 117 paños. Don Brenna sugiere ir ocupando lugares y avisa que luego de la comida quien quiera podrá acceder por la escalera caracol a la renovada cúpula y apreciar la perfección de los vitrales realizados artesanalmente. Agrega que verán las aspas esplendorosas, y la belleza de los cuatro leones alados luciendo tan majestuosos como para fulgurarse con digna singularidad en el Taj Mahal de la India.
Los grupos se van conformando con afables saludos de puño a puño. Los próceres, eximidos de usar el barbijo, muestran amplias sonrisas y jopos de peluquería; las damas, muy sueltas pero exaltadas por el privilegio que viven, siguen a los mozos que les indican los lugares preestablecidos. Además de la formalidad, también hay notable despilfarro en personajes que exhiben, orondos, jeans deshilachados, desprejuiciados tatuajes de mil colorinches, y otros desarreglos meticulosos. La música activa el aflojar de riendas y los murmullos se van acentuando díscolos. Debido a los retrasados y los saludos tardíos, se van estableciendo animadas confusiones cruzadas de unos hacia unas, de unos a unos y de unas a unas. Como atañe a un evento tan esperado y tan propio en lo social, prima la armonía. 
Gracias al buen ánimo, los barbijos de los mozos encuentran renovados sitios: unos cuelgan de las orejas, otros suben a las cabezas y muchos van a dormir a los bolsillos. En una esquina, el restaurador Juan Manuel de Rosas le objeta Don Hipólito Yrigoyen y a Antonio Carrizo, que un director técnico pueda dirigir cinco equipos en un año. El gordo Muñoz se mete y expresa que eso es natural, ahora, pues se juega el peor fútbol de todos los tiempos, y nadie les ha explicado a los jugadores que hay que patear al hueco de enfrente, rectangulado por tres palos y el pasto. Recostado en la pared, Discépolo intenta convencerla a Alfonsina Storni para que se anime a hacer un tango. Alberto Olmedo le explica a San Martín que de aquél porrazo frente al mar le quedaron mil dolores y que su médico-asignado Ricardo Beistegui no lo atiende salvo en la puerta del edificio, y el Pami no tiene libro de quejas. Aníbal Troilo le chimenta a Julio Roca y a Guerrero Marthineitz las bromas pesadas que le hacía sufrir el loco Astor Piazzolla. Rutilante, el boxeador José María Gatica, rodeado de los escritores Martínez Estrada, Borges, el doctor René Favaloro, Manuel Belgrano y Carlos Gardel, manifiesta emocionado que pasó una noche maravillosa en el Teatro Colón viendo ¡el Ballet del Bolshoi de Moscú interpretando “El lago de los cisnes” de Tchaikovski!… Y así todos, mundanos, radiantes, comen y beben haciendo honor al Gato Dumas y su equipo que están sudándola a lo loco en la cocina. 
Fuera de lo programado, acallando el barullo, se abren las puertas dejando entrar un viento furioso cargado de polvo y espanto… En voz baja, la Coca Sarli le revela a Lola Mora que esos que han entrado de prepo se llaman “recuperadores urbanos” y “gente en situación de calle”. Los harapientos sueltan los carretones, las bolsas, los apretados cartones, los sucios colchones humedecidos. Urgente, Don Rossi y Don Brenna hacen lugar, los mozos traen sillas y la mesa se agranda en un largo y desprolijo triángulo como nuestro mapa... Desde un rincón no identificado y sin motivo claro, alguien grita: “¡Para un argentino no debe haber nada mejor que otro argentino, carajo!". Y allá arriba, escuchando con atención, las aspas del Molino palpitan, vibran, muy firmes y convencidas comienzan a girar. 

Dalí en contratiempos bancarios

Por Enrique Medina | Página/12 | 27 de septiembre de 2021


Bigotes en ristre, Salvador Dalí se confirma en la puerta del Banco Ciudad. Suave, con sus largos dedos tamborilea sobre el vidrio intentando llamar la atención. Al rato ve acercarse a paso marcial una bella mujer de uniforme y barbijo. Ella abre y con súbita dureza le pregunta si tiene turno. Automáticamente, el genial pintor deja de visualizarla ensoñadora para catequizarla monstruo-enemigo; de todos modos es respetuoso, cordial, detrás de su negro barbijo emite un tímido: “sólo quiero hacerle una pregunta, saber si”… 
La monstrua, a quien sin duda algo le debe haber pateado el hígado durante el desayuno, insiste enérgica y brutal: “¡¿tiene turno?!”… Él siente que el bigote derecho se le derrumba feo, pero insiste: “sacaré turno, sí, por eso quiero saber si”… Ella cierra fiero golpeándole la nariz con la puerta, va al recibidor, vuelve, le alcanza un folleto como si fuera el facón que le tiran a Borges para que enfrente eldestino de mierda que le ha tocado vivir. 
“¿Esto fue todo?”, piensa él taconeando la vereda universal al tiempo que se le derrumba el bigote izquierdo. El desastre en su orgullo lo abochorna. Vuelve a la puerta y llama, negando aceptar el rigor humillante que por propia educación no le corresponde. No le dan ni cinco de las que ruedan. Insiste. 
Al rato vuelve ella, abre, y él se adelanta rápido: “soy cliente, y le pido el libro de quejas”. Ella grita que vendrá alguien y se va. La espera es larga. Entran clientes, salen clientes, y el artista se transmuta en la triste figura que está solo y espera. Al cabo de un larguísimo lapso ella vuelve acompañada de un enanito que esgrime el verificador de fiebre como si fuera John Wayne empuñando su colt-45. 
El artista se recompone porque cree que ganó y que le tomarán la temperatura y alguien le responderá y entonces si la respuesta es positiva él sacará turno como corresponde a todo buen ciudadano que paga sus múltiples impuestos, y además olvidará el libro de quejas. 
Parece que el semblante de la buena mujer ha dejado de ser agreste; ella abre y habla. Pero no le habla a Dalí sino a alguien detrás de él. Dalí se da vuelta y ve un obelisco vestido de policía; no puede creer lo que ve, ¡son dos policías armados!, incrédulo escucha que ella, muy sonriente, les explica que “este señor” está molestando, etcétera. 
Ellos le hablan a Dalí. Éste no escucha porque está totalmente sorprendido; no puede creer que el banco haya llamado a la policía. Dalí explica que pidió el libro de quejas, y eso es todo. El Obelisco-policía le dice “ no me grite”. Y Dalí le explica que sólo ha levantado un poco la voz porque usted es muy alto y temo que no me escuche. Sólo reclamé el libro de quejas, que es una ley adquirida como que un café debe servirse junto a un vaso de agua porque es bebida tóxica. Le piden que se retire.
Abrumado por el sin sentido que está viviendo echa mano a su currículum para ver si consigue un mínimo de respeto. Nada. Duro, el Obelisco le dice que para él nadie tiene coronita y todo el mundo es igual de importante. Se agrupan curiosos. Desde el banco sale otro enanito diciendo que es el auditor o algo así. Dalí pide el libro de quejas yademás cambiar de banco y el otro le responde que vaya a Anses. Dalí responde que de Anses lo mandaron acá. Sigue la discusión al tiempo que hacen entrada triunfal dos enormes motos cabalgadas por policías multiarmados. 
Pensando que en cualquier momento puedan aparecen la Marina y la Aviación, Dalí ruega silencio y espera que la sensatez reine. Poco a poco el silencio se impone. Dalí sermonea: “Veamos. Yo sólo quería hacer una pregunta, no colarme a pesar de que soy un adulto mayor y creo que tengo alguna prerrogativa. Bien, al sentirme maltratado, como soy cliente del banco pedí el libro de quejas. Y en lugar del libro de quejas, que por ley deben presentarme, el banco llamó a la policía y al ejército como si yo fuera el responsable de todos los virus habidos y por haber. 
Esto ocurrió hoy, en este tiempo en el que los delincuentes roban plácidamente en las veredas de las comisarías y el narcotráfico nos muerde la nuca. Llamando a la policía, el Banco de la Ciudad me considera un criminal, no un cliente. Resumo: yo, una persona de 85 años, estoy rodeado de cuatro policías armados como si fuera un delincuente. ¿Se entiende lo que digo? ¿Qué nos pasa?... 
Silencio. Para contemporizar, Dalí le pregunta el nombre al Obelisco. Lucas, le responde el policía señalándose el bordado en el bolsillo superior. Dalí apunta: “¿Sabe que usted es un personaje de Cortázar?...
Aún con las manos vacías, Dalí tiene necesidad de un cafecito en El Tolva para festejar el bello día. Cruza la calle. Se detiene en la puerta, con un frasquito rociador humedece sus bigotes, los endereza pum-pulgar-hacia-arriba. Recompuesto, ingresa al bar amigo.

Página/12 | La ciudad dorada



A John Huston 

Mientras se fuma un porro chupando whisky, Hormiga Verde recuerda una película que vio semanas atrás y que aún la tiene clavada en la cabeza. Trataba sobre la decadencia de un boxeador. Le gustó, a pesar de que la historia era muy depresiva. Recapacita que el título no tiene nada que ver con lo que se cuenta. La Ciudad Dorada… Nada dorado hay dentro de la peli... Un boxeador que bien pudo haber sido su padre, al que nunca conoció, pero de quien tiene una fotito guardada en algún lado. La buscó. Mostrársela a la Flaca para que ella sepa que él también tiene familia, o tuvo. La Flaca se puso contenta cuando él le dijo que sería corredor de autos. Te sentirás orgullosa de tener un marido campeón de fórmula uno. Ella le devolvió una sonrisa tan linda que él aún la guarda en el corazón. Muy duras eran las peleas de la peli. En el final, su padre, digamos, desde la mesa del boliche, mira al barman chino, allá, detrás de la barra; pero nadie habla; eso. Hormiga Verde se enlaza la bufanda y abrocha el abrigo. Apaga la computadora donde estaba viendo un portal porno. Guarda el barbijo en el bolsillo de la camisa. En la mochila que le cuelga del hombro mete al gato. Le pone la correa al perro. Sale a la calle para que los animales paseen y hagan sus necesidades. Hay cartoneros empujando sus carros, revisando la basura. Suelta el gato. Los tres se apoderan de la vereda. El perro caga; como no hay nadie a la vista, Hormiga Verde no levanta el desecho. Cuando el gato percibe algo amenazador, pega un salto a los brazos del amo; pasado el peligro torna a saltar a la vereda. Allí viene la encorvada vieja con su perrito; morirá triste, sin dejar recuerdos. Se saludan. Él pone cara de escuchar lo que ella le dice. Los perros se huelen el culo. Se despiden. Sigue unas cuadras más donde están los travestis. Se acerca al que fuma en la esquina. Paga unos sobrecitos de cocaína. Vuelve a la pieza. Al otro día, cumpliendo el plan de Goyo, mete el revólver en la campera y sube al auto para buscar a sus amigos. La lluvia anunciada ya se huele. Es una pena, porque se puso el jogging para correr un poco luego del trabajito. Primero levanta a Chupete, con su infaltable barbijo; cinco cuadras más allá, al Goyo. Mientras viajan, para ablandarse charlan de los detalles a cumplir y de la tormenta anunciada. Al cabo de un tiempo, Llegan. Sólo Hormiga Verde aspira cocaína, él se queda y Goyo y Chupete descienden del auto con los papeles de la encuesta. Tocan el timbre. Abre la mujer; antes de que tome conciencia de la situación es forzada hacia el interior de la casa. Pistola en mano, el Goyo, entre las súplicas de ella y la fulgurante voz del cantor de tangos que emite la radio, se sorprende al ver dos hombres merendando. Esto no figuraba en el plan. Rápido, el Goyo se anticipa juicioso: -Solamente queremos los dólares y toda la guita. La guita, y los dólares, y no lastima­mos a nadie, ¿eh?... Como si la escena se desarrollara en un recinto di­plomático, los hombres aceptan la realidad. La aceptan con tan sencilla calma, que los asaltantes no recelan. La mujer, muda del susto, se acomoda en un sillón. El gordo pide sólo respeto, y el pelado expresa que él sabe perder. Los muchachos se sienten seguros porque están entregados a la ideología de las armas. Reinaldo, el gordo, calma a su mujer; con las manos en alto admite que todo está bien, muchachos… El pelado va a la pieza a buscar el dinero y los dólares. Ni Goyo ni Chupete lo acompañan, se sienten seguros con los rehenes. Ganador, el Goyo arrebata una medialuna de la mesa y cuando el sabor de la grasa-dulce se apodera de su paladar, reaparece el pelado con una carabina de repetición. El mérito es de quien empieza. Los balazos suenan como martillazos rabiosos. Chupete es herido y el Goyo dispara con su pistola hiriendo en el brazo al pelado. Alcanzada por una bala perdida, la mujer se zambulle en la cocina. El gordo sorprende con el buen uso de una pistola inesperada, reluciente y categórica. Afuera, esperando dentro del auto, Hormiga Verde escucha los disparos, éstos se extienden al discrepar con la paz del barrio; llama por el celular sin que atiendan. El Gordo se tirotea con el Goyo. Un tiro de la carabina le da a Chupete y lo obliga a soltar el arma. Los dos asaltantes escapan. El Gordo Reinaldo y el Pelado los siguen y ven que se dirigen al auto estacionado enfrente. El Pelado le dispara al que sin duda es el campana que, a su vez, hace lo propio. Al ver que Hormiga Verde está en dificultades, el Goyo y Chupete sa­ben que cada uno debe arreglárselas por su cuenta y cambian de meta corriendo y chorreando sangre como si estuvieran siendo acosados por una estampida de bes­tias prehistóricas. El Pelado los sigue detrás, puteándolos y apretando el gatillo con saña. Hormiga Verde sufre algo que no define; irreflexivamente, lo mismo que el boxeador ya nocaut, logra ponerse de pie y sonríe; sólo por instinto se precipita hacia el lado opuesto al de sus compañeros. El Gordo Reinaldo le acierta el segundo balazo y corre a meterse en la casa para saber de su mujer. El Pelado no deja de disparar su carabina. Sin decorados acorde, Goyo y Chupete caen sin estética, muy deslucidos. Satisfecho por el logro, el Pelado corre a meterse en la casa para pedirle al Gordo que le haga rápido un torniquete en el brazo. A cuadras de distancia, identifi­cado como aerobista por su ropa deportiva, jadean­do con la boca muy abierta, Hormiga Verde siente las piernas como ramas secas. Un hombre, impecable en su capote, de sombrero y maletín, abre el paraguas; camina erguido, indiferente y digno. No tiene rostro. ¿Quién es? ¿El boxeador derrotado de la película?... La lluvia se descarga con relámpagos y truenos rimbombantes. Hormiga Verde sigue andando y llega a su infancia, donde ve un chico corriendo, siempre corriendo sin dejar de correr, o eso cree, porque sus manos temblorosas no pueden evitar que su rostro golpee feo el asfalto… Intenta moverse, el esfuerzo duele tanto que casi recuerda donde guardó la fotito del padre. Consigue situarse frente a la Flaca que, extraño, no le sonríe. ¿Estoy dormido, borracho, drogado? ¿Esto es cierto o es un sueño? El cuerpo se sacude manteado por toros excitados. Se aprieta el pecho porque el dolor es insaciable. Para aplacarlo le pide a la Flaca que vuelva a sonreír y le aclare, ya, antes de que todo sea sólo sangre y agua, agua que moja la calle y disimula el llanto, que le explique ¿por qué esa puta película… Un letal olor y una distraída entereza, se destruyen recíprocamente. La suave invasión disolvente llena el espacio…

Página/12 | Reunión de amigos en “El Tropezón”

Por Enrique Medina | Página/12 | 7 de julio de 2021


Refulgente, provisto del inexcusable barbijo cubriéndole la boca, Juan Bautista Alberdi parece un bandolero del far-west. Viene muy asombrado y feliz. El bullicio de la gente inquieta y el ruido que provoca el tráfico congestionado lo emocionan. Después de tanto tiempo de lucha, presiente que su máxima más inspirada ha sido tenida en cuenta por quienes lo continuaron. Contento, aprecia los edificios, mercados y comercios que, aún con esta peste tan aborrecida, con mucho esfuerzo están volviendo a ponerse en marcha. Y ello gracias al orgullo de aquellos inmigrantes que lograron convertir el país en el mejor del mundo. Diáfano es el día que el sol está entibiando, o sea que hay que disfrutarlo. En la esquina de un bar, un cartel apunta que allí cantó por primera vez el dúo Gardel-Razzano. Tiene ganas de entrar y tomarse un cafecito rememorando al Zorzal Criollo, pero no, su amigo lo está esperando. Sigue hasta la plaza de Los Dos Congresos y se lleva la sorpresa de que el señero edificio está espléndidamente pintado de blanco. Una maravilla, se dice. Luego ve la restauración de El Molino. ¡Qué hermoso está quedando!, y se golpea el pecho, con júbilo y gozo. Cruza la plaza y le hace la venia a la bandera. Una muchacha lo detiene mostrándole un papel para que firme oponiéndose a la construcción de más edificios para pulgas amontonadas, en favor de más espacios verdes. Él echa una mirada alrededor y piensa que la chica tiene razón. Firma. Pocos metros más allá, por lo mismo, lo detiene otra dama, ya de su edad. Se excusa galante: ya firmé, pero bien me hubiera gustado firmarle a usted, y la mira como la hubiera mirado su amigo. Continúa caminando. Llega a El Tropezón, gloria de la política argentina donde con muchos amigos atemporales disfrutó sabrosos pucheros. Descubre que también han remodelado el restorán; gratísima novedad. Como su amigo aún no ha llegado lo recorre, eficaz de hacerlo. Elige una mesa en la vereda y apenas se acomoda aparece su amigo Domingo Sarmiento, también con barbijo y escafandra de plástico. Desensillan protocolos y se dan un fuerte abrazo apretando cuerpos. Sarmiento le cuenta que su paseo no ha sido grato porque ha visto mucha gente viviendo en las calles. ¡Familias enteras!, se indigna, mientras una anciana que apenas si puede con su alma va dejando estampitas religiosas en las mesas. Alberdi destaca lo bueno que ha venido viendo y que, aún con las restricciones que impone la pandemia, tiene la sensación de que hay una fuerte onda optimista en la gente que, por supuesto, hace lo que puede. Vuelve la anciana, retira la estampita junto al billete que le da Alberdi. Sarmiento habla de crear un nuevo plan estratégico de represas para proteger ríos, mares, pesca, fronteras, y demás necesidades. Se acerca un muchacho, bien vestido, pidiendo limosna; explica su lamentable situación familiar. Sarmiento mete la mano en el bolsillo y el muchacho se va contento. Mientas los próceres intercambian proyectos que apunten al mejoramiento del país, se va sucediendo una larga fila de gente mendigando entre las mesas. Son tantos que, en determinado instante, el polifacético Alberdi le dice a su amigo que ahora te toca dar a vos; entonces Sarmiento vuelve a ponerse. Alberdi reclama: ¡No hay mozos acá, che!... Desde el interior del restorán viene un grandote con la bandeja en alto, cantando: ¡Que haya paz entre los hombres de buena voluntad!... Llega a la mesa y se queda petrificado al ver a Sarmiento y Alberdi. ¡Muchachos, ¿son ustedes, de verdad?... Y los dos miran al mozo, que se quita el barbijo para que lo reconozcan mejor. Se produce un fuerte silencio. Se turban, se aflojan. ¡Qué hacés, Pocho querido!... Se dan besitos con fuertes exclamaciones ante el estupor del resto de los clientes. Juan Perón lagrimea, y se excusa argumentando que los años ya lo están sensibilizando para el carajo; se sienta con ellos y cada uno cuenta las experiencias sufridas en las distintas dimensiones por las que viajan haciendo dedo; gracias a los designios arbitrarios del Sumo Hacedor, que los tiene como bola de billar rebotando a cuatro bandas. Se entrecruzan con ardor por la realidad del país. Putean, proponen, exponen utopías. Sarmiento recibe una llamada en su celular; son San Martín y Belgrano que adhieren al encuentro, mandan saludos. Mordiendo su bronca, Alberdi golpea la mesa: ¡gobernar es poblar mejor, carajo!... Sarmiento agarra el puño de su amigo y suma lo suyo: ¡gobernar es bien educar, mierda!... Sosegado, Perón encima su manaza, y resume: ¡gobernar es crear trabajo!... Desde la vereda de enfrente Alejandro Dumas les silba: ¡mis tres queridos mosqueteros, no aflojen!... Posesionados, los patriotas aferran sus manos unidas en un rezo tembloroso: ¡todos para uno y uno para todos!... Justo pasa el gallego Ortega y Gasset, al verlos reunidos le surge aplaudirlos hasta el llanto: ¡bravo, muchachos, así se hace! ¡Argentinos, a las cosas!... Como respuesta suenan los celulares de los mosqueteros. ¡Se suman adherentes!, ¡de todos colores!... El tibio sol, conquistado por el trascendental momento que está viviendo, se emociona, y empieza a calentar con alegría…

Newton llama a Galileo, ¿cuentas viejas?

Por Enrique Medina | 14 de mayo de 2021 | Página/12
Galileo Galilei se limpia las manos en el delantal sin dejar de mirar la pantalla del televisor, mete la mano en el canasto de frutas y agarra el celular que está sonando. 
—¿Siii?... 
Desde el otro lado del universo, Isaac Newton, con barbijo puesto, balbuceante, ruega: 
—No me cortes, por favor no me cortes... 
Con el semblante fuertemente fastidiado, Galileo se sienta y con el repasador se quita el sudor de la cara: 
—Cómo hinchás, Isaac. 
¿Desde cuál dimensión llamás ahora?... 
—Ni idea, pero ya estoy podrido de esta puta pandemia... 
—Aceptemos la imposición del libre albedrío de Dios, como proponía el querido Dante Alighieri, bien, ¿qué querés?, ¡y que sea importante, estoy ocupado! 
—Siento que me están empujando, Gali... 
—¿Empujando?... Empujando ¿qué?... 
—Bueno... Es que... ¿Qué estás haciendo?... 
—¿Para esto me llamás?... 
—Es que siento que me empujan..., a la muerte... Siento que se me disgregan los hombros, es doloroso. Tengo miedo de volver a morir de cólicos nefríticos... Me echan... ¿Vos qué hacés?... 
Galileo busca contenerse mirando el techo de la cocina, aspira aire y sigue mirando el televisor donde se ve una cuchilla cortando la cabeza de un lechoncito: 
—Estoy cocinando. Voy a participar en el concurso de televisión. 
—Ah, me chismearon que Leonardo también va a estar... 
—¡Maldición! Ese guacho sabe más que yo de cocina. Qué cagada... 
—Me me están empujando... 
—Ya te escuché. Te empujan a la muerte, ¿por qué?, ¿quién te empuja?... 
—Es algo que me supera y no entiendo. Debería hacerme un análisis de sangre, pedir hora para el traumatólogo y hacer que me vean el granito en la espalda que me pica, tengo miedo de que sea cáncer... 
—¿Y qué tiene que ver eso con lo de que te empujan?... 
—Eso, eso. Sin amigos, y ni hablar de mi lamentable jubilación… Como decirte... Me traga la tierra... Me empujan a la muerte, me desechan por viejo... 
—Ponete las pilas, querido Isaac. Ese inconveniente nosotros ya lo tenemos resuelto desde siempre. Aceptá que lo tuyo es otra cosa, y que cada tanto te agarra la depre. En vos es normal, ya lo sabés. Luego te ponés a trabajar y te recuperás... 
—Pero el rechazo que sufro ahora es muy fuerte. No sólo estoy mal físicamente, tengo dolores en el alma, fantasmas que me acusan... Es tanto el decaimiento que hace días que no como ni duermo... Me siento mal, apenas si puedo hablar, sostener este puto celular que en cualquier momento se me descarga... Gali, tengo miedo de morir... 
—(Dios te oiga). Escuchame, vos bien sabés de donde vienen esos fantasmas, mejor no me hagas hablar, mirá, acepto que descubriste eso de las leyes naturales que gobiernan el movimiento de la Tierra y las que gobiernan el movimiento de los cuerpos celestes, también habrás descubierto la Ley de la Gravitación Universal, y el desarrollo del cálculo infinitesimal; habrás escrito los “Principios Matemáticos de la Filosofía Natural”, libraco que aún la gilada pondera; y hasta podrán pontificarte como el científico más trascendental; y además exagerar que tu obra es la culminación racional de todos los tiempos, ¡y la puta que la parió! ¡Pero vos siempre fuiste un hijo de puta que continuamente me ninguneó! Y apenas si me reconociste no sé qué mierda. Y en cuanto a la “Ley de inercia” siempre se te olvida decir que ya la había anunciado yo... Si a vos no se te hubiera caído la manzana en la cabeza, hubieras muerto camionero, andá chantún... Carajo, siempre me hacés enojar, puta madre. Y ni hablar de cuando fuiste alcaide de la “Casa de Moneda”... ¿Te acordás de los estragos que hiciste ahí?... 
—¿Cuáles estragos?... 
—¡Mandabas a la horca a los falsificadores!... 
—¿Y, qué?... ¿Vos hubieras perdonado a los que debilitando el dinero circulante ponían en peligro a tu país?... Sin sacrificio no hay beneficio... 
—Sos un turro. A Robert Hooke nunca le diste su lugar, mirá no me hagas hablar, querés... Llamalo a tu amigo Locke y decile que te salve él del empujón; vos siempre me ninguneaste, ¿te creés que nunca me di cuenta, eh? Gracias a que me hicieron algunos poemas y obras de teatro, aún me recuerdan, como Keples, Einstein, Hawking, pero si fuera por vos... 
—¿Qué decís?, ese Hawking es un chanta enredado en su silla de ruedas, no me jodas, querés... Mentís cuando me acusás; yo siempre te reconocí como padre de la astronomía, la física y la ciencia, reconocí tus estudios sobre las estructuras de los imanes... 
Galileo, al ver que en el televisor está hablando el chef que conduce el programa, piensa que ya debe cortarle a Isaac, así que le canta: 
—Palabras, palabras, palabras... Pero volviendo a lo tuyo, ¿existe Pami por allá?..., a mí me sirve, como sabés, la anterior pandemia me dejó lisiado y con Pami me las rebusqué, el médico me atiende en la puerta del edificio, pero al menos me atiende. Buscá en internet, y te saldrá algo... Bueno, chau... 
—No me cortes, Gali... Estoy encerrado sin tener con quien hablar. No terminemos enojados. De acuerdo, sin vos no hubiera podido hacer lo que hice. Pensá que no es casual que nos una el año 1642... Vos moriste en enero y yo nací en diciembre... Si no somos padre e hijo, al menos reconozcámonos hermanos... Te valoré cuando te obligaron ante el tribunal de la Santa Inquisición a abjurar de tu visión heliocéntrica del mundo. ¿Y cuando Freddy Mercury cantó la “Rapsodia bohemia” y te mencionó, quién te mandó el CD?, yo... Como dicen los periodistas de la televisión: es muy “significativo” ¿no?... Galileo, ya harto, le masculla a Newton: 
—Querido Isaac, no entiendo para qué mierda me llamaste. Y corta la llamada sin despedirse. Del otro lado, Newton sufre el golpe y rebuzna embroncado: 
—Viejo de mierda, me cago en tu eppur si muove, el tuje se te mueve, hijo de la-re-mil-put...

Página /12 | Sócrates se vacuna



Hablándole por teléfono, Platón le insiste a Sócrates para que entre en razones y entienda que están en otra dimensión y que mejor es seguir el dicho popular de “donde fueres haz lo que vieres”. El maestro sigue reticente: “¿Por qué caminar por la tangente cuando lo correcto es transitar por la diagonal; acaso tiene el mismo valor un gol hecho con la mano que un gol logrado desde un impecable tiro libre desde el medio de la cancha?”. Platón, algo esgunfiado, cambia el tubo de mano: “Querido maestro, no es hora de filosofar, el pobre Diego ya se murió, por ahora creo que es mejor que dejemos esas cosas en el freezer, ya más adelante las debatiremos. Y le aconsejo que pare de ver esos programas pedorros de televisión que viven zarandeando a los muertos.
Aprovechemos que somos personas de riesgo para inscribirnos y ¡darnos la vacuna de una vez!, no jodamos querido troesma, no vaya a ser que el gobierno mundial conspire feo y ¡decreten huelga los laboratorios!... El maestro se rasca la pelada en busca de claridad: “Querido discípulo, ¿vos creés que tu repentina decisión nos llevará realmente a la verdad de la sabiduría y al comportamiento bondadoso en esta sociedad hoy tan controvertida?”. Platón, que está que se come el tubo del teléfono, lento pero firme, se suelta: “¡Dis-cí-pu-lo-las-bo-lai-nas! Te repito por última vez: llamá al 147 y pedí turno, se tarda pero es lo que hay, no pierdas tiempo querido troesma, y tené a mano tu DNI, chau, llamame cuando estés vacunado. Yo ya estoy dándole al 147. ¡Y por favor comprate ya un celular, aunque sea trucho, la pu…”. 
El golpe del teléfono con el que Platón corta la charla hiere el tímpano de Sócrates. Éste, displicente, se desentiende de la brusquedad de Platón y bebe otro sorbo del pocillo. Huele el café. ¿Por qué huele sombrío y repugnante?, se pregunta Sócrates. Y de inmediato recuerda al hijo de mala madre de Aristófanes que tanto hizo para que lo condenaran a morir bebiendo la cicuta... Concluye resumiendo: claro, estoy repitiendo la regla de tres simple de Proust, té-medialuna-y vuelta al tiempo perdido. Sócrates se acaricia la barba y entiende que el consejo de su discípulo-amigo es atinado, y debería llevarlo a cabo sin pensarlo más tiempo. Marca el 147. Una voz de amable-disco le agradece y le da varias opciones que lo marean, por lo tanto, corta. Ahora, con lápiz y papel a mano, vuelve a marcar. Le dicen recomendaciones, opciones, otros números que lo vuelven loco. Corta y vuelve a marcar. Escucha atento. Sí, la opción 2 es para consultas de adultos mayores; y como bien le explicó Platón hay que teclear el 1 para la inscripción. Lo hace. Todos nuestros operadores se encuentran ocupados, en instantes serás atendido, le dicen. Pensando que de esto debe sacar alguna conclusión filosófica, el bueno de Sócrates se entretiene durante un largo rato marcando y cortando; cortando y volviendo a marcar soñando con agarrar la sortija de la calesita. Pero no logra el objetivo. Se empeña porque como buen ciudadano debe cumplir con la ley. 147. Disco grabado. 147. Todos nuestros operadores se encuentran ocupados. Corta. 147.
Sócrates se impacienta porque aunque se puede esgrimir la excusa de la mala comunicación para evitar sanciones, él siempre ha respetado la ley, y porque ahora esté en una nueva dimensión, eso no quiere decir que pueda aprovechar esa excusa como ventaja para evitar el cumplimiento de su obligación de ciudadano. Así fue como bebió la cicuta, acatando la ley que lo había condenado, y negándose a las escapatorias que sus amigos le habían organizado. Debo acatar la decisión de las autoridades, sí-sí, a pesar de la duda de mi buen amigo el poeta Ricardo Morelli que ve al poder judicial como iglesia abandonada, sí-sí, yo debo acatar las decisiones de las autoridades para así explicarme en democracia. 147. Todos nuestros ope… Corta. 147. ¿Quién habla?, le pregunta una voz femenina... Sócrates se queda más turulato que tallarín azucarado. ¿Hola?... ¡Sí-sí!, soy yo, no corte por favor, hace dos horas que estoy aporreando el 147. Ella vuelve a preguntarle: ¿Qué quiere?... ¡¡¡Vacunarme!!! Me llamo Sócrates y quiero vacunarme porque soy una persona de riesgo. Ella lo lamenta: Va a tener que volver a llamar más tarde porque ahora se nos ha caído el sistema. ¡¡¡Nooo!!!... A un paso del patatús, Sócrates usa todo su arsenal de seducción: ¿cuál es su nombre?... Fernanda… Ah, querida Fernanda, usted es la iluminada de Dios… Y le ruega que comprenda que está hablando con una persona mayor, que ya se le gastó el dedo de tanto teclear, que lo correcto sería que tomaran su mail o teléfono y ella lo llamara cuando a la página caída se le ocurra levantarse. Ella vuelve al lamento y entonces él saca chapa diciendo que es un filósofo amigo del Papa-argentino y más y más, sea gentil y páseme con una autoridad, y más y más… Y por fin agotada, le dice la mujer: espere. Silencio. Nueva voz. Hola, habla Sofía. ¡Sofía, usted es la iluminada de Dios! y Sócrates vuelve a extender los argumentos con un dejo de voz algo agitado para que Sofía se conmueva ante la posibilidad de tener que estar dialogando con un jubilado ya en terapia intensiva… Ella lo calma y le dice que está bien. Cuando Sócrates escucha “está bien” se baja del escritorio y se sienta como un alumno obediente y le da su número de DNI, su mail y teléfono. Sofía le promete que lo llamará: y él, en agradecimiento, jura mandarle sus obras completas con un impresionante prólogo del ex presidente Menem. Ella corta y él se queda hipnotizado mirando el tubo, cuelga al rato. ¿Será verdad? ¿Me llamarán? ¿Estaré soñando un sueño?
Sócrates prende el televisor y se entretiene con los chimentos, los concursos de preguntas sin respuestas, los cocineros y los que quieren linchar a un violador. Pasan las horas y piensa seriamente que no estaría mal el consejo de Darío Lavia para que escriba, de verdad, su impresión sobre el país; quizás el libro sea un best-seller, a Darío no le va mal con “El Árbol Sangriento”… A minutos de las 12 de la noche, suena el teléfono. Temblando pero firme, Sócrates descuelga: ¿Sí?... Sí, soy yo; sí, estoy anotando, viernes a las 13 horas, sí, claro, mi número clave, ajá, 144796, ¿también me avisarán por mail?, bien, gracias, sí-sí, todo muy bien, gracias…Cortan. Sócrates se desparrama en el sofá y piensa que la virtud se identifica con la sabiduría en cuanto es capacidad de autodominio, no momentánea u ocasional sino metódica y constante, hábito unitario del espíritu que se conquista sólo mediante el esfuerzo perseverante y continuo de la inteligencia y de la voluntad, unidas en un nexo recíproco e inseparable… Habiendo quedado conforme con lo pensado, decide que es una espléndida ocasión para descorchar un buen Malbec... Pero ¿Y si lo que me inyectan es una new-cicuta?

Página/12 | Conan Doyle y su espejo

Por Enrique Medina | Página/12 | Contratapa | 11 de febrero de 2021
 
A pesar de ser verano, al tiempo se le ha ocurrido otra cosa: llueve y el viento se extiende desprolijo. El Tipo cruza la avenida y entra a la hamburguesería. Pide la promoción de café con medialunas. Le dan la bandeja con el pedido y sube las escaleras con el culo a cuatro manos. Es su desafío cotidiano. Como ve poco y los escalones son negros, es complicado saber dónde se pone el pie. Por eso lo hace de memoria y toreándole al destino. Asciende con la seguridad de Dante Alighieri llegando al Paraíso. Deduce el Tipo que el señor de las alturas está con él, porque su mesa preferida ¡está libre!... La ocupa. Se quita el barbijo y se coloca los anteojos de lectura. Todo bien, salvo el atorrante que siempre llega antes, con el barbijo sucio colgado de una oreja. Al menos los separa la siguiente mesa con el cartel de prohibido. No jode, no molesta, salvo cuando tose, aunque nadie lo mire mal por eso. El Tipo sí lo mira mal; y también le parece mal ser el único que se molesta. No vale decir que se conocen, jamás se han hablado a pesar del tanto tiempo; sí se identifican: casi la misma edad, pelados, algo gordos por la mala comida, vestidos a la buena de Dios. El Tipo revuelve con el palito como si estuviera charlando con la reina de Inglaterra en el Palacio de Buckingham; cuando de la riñonera saca el libro siente la mirada del otro, cosa que le da en el reverendísimo forro; lo mira desafiante justo cuando el otro levanta una bolsa, se rasca la barba, y decide ir al baño. El Tipo termina el café con leche y, sin saber por qué, se compara con el otro; en el cotejo se beneficia, piensa que mucho debe agradecer a pesar de haber tenido una vida de mierda y estar más solo que un hongo solitario. Vuelve el otro y se sienta; tose sin taparse la boca. Un empleado pasa el trapo al piso. El Tipo abre el libro donde ha doblado la punta de la página, lee sin saber lo que lee, entonces mira la calle sin ver lo que ve porque en la mente lo tiene al otro. Nos parecemos mucho, piensa el Tipo, pero al menos yo tengo techo y cama; ¿quién será?; vive en la calle, claro, pero ¿quién será?, ¿un vago?, seguro que no, ¿su historia?, ¿familia, hijos, mujer?, ¿un emprendedor fracasado?, ¿un comerciante que tuvo que cerrar su negocio?, ¿dónde duerme?, ¿y si le duele una muela?... La lluvia se acentúa. Sin querer cruzan las miradas, y el Tipo cree escuchar que el otro le habla, trata de concentrarse en la lectura, mira la tapa: “Clásicos universales, Virgilio, La Eneida”. Lectura obligada para el que termina de leer La Divina Comedia, si no, es como hablar de Don Quijote sin saber quién es Sancho Panza. Lee sin leer. El otro se pone de pie, se cuelga una bolsa del cuello y las otras en cada hombro. El Tipo piensa que la del cuello puede ahorcarlo de tan pesada que es; ¿y va a salir justo ahora que llueve fuerte?, ¿tendrá paraguas?, ¿le doy el mío?, ¿y si es un hijo de puta?, bueno, eso no cambiaría nada... El otro, mientras baja por la escalera, se acomoda el barbijo y va adecuando los hombros al peso de las bolsas; el Tipo imagina que en la espalda carga un cartel que le dice: “Hasta mañana”, o "Mañana nos vemos” o “Nos estamos viendo”... Abre el libro y lee: “Salve, quienquiera que seas. Favorécenos en nuestra desgracia, dinos bajo qué cielos, en cuál comarca de la tierra nos encontramos. Desconocedores del país y de los que lo habitan, caminamos errantes, arrojados aquí por el furor de los vientos y las olas. Numerosas víctimas, inmoladas por nuestra diestra en tu honor, caerán al pie de tus altares”... Y sí, ahora sí, ahora el Tipo sabe lo que está leyendo. Está afirmándose en esta convicción cuando se sienta frente a él, el atorrante con el sucio barbijo colgándole de una oreja. Automáticamente el Tipo se coloca bien el suyo, sin evitar que los bigotes manubrios se le diluyan cual sauce llorón; con un ademán hacia atrás quiere indicarle al atorrante que no tiene por qué estar sentado a su mesa y que hace unos instantes estaba bajando por las escaleras... El atorrante ni se inmuta, lo mira fijo y le guiña un ojo: “¿Vos sos Conan Doyle, no?... El Tipo cambia de color y un escalofrío interior le impide hablar; apenas tartamudea un inaudible “po-li-cía...” El atorrante larga su espiche: “Primero te confundía con el otro farsante de Charles Dickens, pero ahora sí estoy seguro de que sos vos. Porque yo también creo en el espiritismo de Allan Kardec y bien sabés que nos une el aire que respiramos. Me gustó leer tus novelas, sí; también me es simpático que luego de matarlo a Sherlock Holmes porque estabas podrido de él tuvieras que resucitarlo por pedido de tu querida madre, sí; que hayas sido un alcohólico y un depresivo, bien, es cosa tuya; tampoco me importa si plagiaste El Sabueso de los Baskerville y si al pobre tipo que plagiaste, ese amigo tuyo, Robinson, encima le cogías a su mujer, no, no sé, son cosas de la vida; pero sí quiero saber si es verdad lo que se rumorea ahora, de que vos fuiste el verdadero Jack El Destripador, ¿es así?... ¿O es una pista que dejaste simplemente para joder?... El atorrante se coloca el barbijo y el Tipo, horrorizado, cierra los ojos. Cuando los abre ve la lluvia golpeando los ventanales con la violencia de mil arietes. Se gira hacia las escaleras. Nadie. Tampoco están los clientes que ocupaban otras mesas. Se seca el sudor con las servilletas de papel. Le cuesta pero trata de normalizar la respiración. Lee, pero sólo está pendiente de la lluvia. Cierra el libro. Aparece una empleada y le pregunta si quiere una segunda vuelta de café. Dice que sí, y por la ventana que está detrás de ella, ve al otro cruzando la calle sin apuro, como si ninguna lluvia sucediera...

Página/12 | Librería Lorraine, adiós a un amigo

Por Enrique Medina | Página/12 | Contratapa | Jueves 17 de octubre de 2019

“¡Mi linda calle Corrientes!, sos de todos y de nadie”, así le cantaba con admiración el poeta popular Héctor Gagliardi, cuando ya la habían ensanchado. El tango, y artistas de toda índole, también la agasajaron con entusiasmo. Roberto Gil, en su programa radial de los '50, le acuñó aquello de “La calle que nunca duerme”, copiando sin rubor la sentencia que desde los '20 ostenta la avenida Broadway de Nueva York. Ahora Corrientes acaba de ser remodelada nuevamente. ¿Hasta cuándo?... No se sabe. Podría ser que en el futuro nuevas autoridades, con distintos gustos estéticos agreguen o quiten suplementos para “embellecerla” aún más, según ellos crean. Por eso es de todos y de nadie. Está a mano, se ve, y puede “venderse” para ganar simpatías sin que nadie se oponga. Esta calle siempre se caracterizó por tener zonas únicas que los porteños transformaron en íconos: el teatro “Tronío” pasando Florida; el “Trust Joyero” mirando el Obelisco; llegando a Callao el “Cinelandia”, metido en su cueva y exhibiendo el descaro en afiches y dibujos pecaminosos; y entre muchos cines y teatros, el cine “Lorraine” administrado por el legendario Alberto Kipnis. En verdad, la calle Corrientes pertenece a lo que le insufla vida y la hace trascendente: bares, quioscos, restoranes, bailongos quedados en el recuerdo, pizzerías, teatros, cines, y por sobre todo las librerías. En los años '60, el Lorraine albergó a todos los que, bañados de exigencia y anti convencionalismos, conocimos lo mejor del cine europeo, ruso, japonés, y Eisenstein, Bergman, cortometrajes nacionales que en ningún otro lado se podían ver, el primer Fellini, la nueva ola francesa, etcétera... También funcionaba allí el cine club Núcleo dirigido por los amigos Salvador Sammaritano, Héctor Vena y Víctor Iturralde Rua. Quien más quien menos abrevaba lo que podía para lograr integrarse al nuevo tiempo que se pronosticaba con furia. En la vereda y a las puertas del mismo Lorraine, casi molestando, había un quiosco algo cansado que exhibía muy poco de lo consabido en los otros, pero sí mostraba, y mucho, lo que los habitués al cine reclamaban: libros de todo tipo, ensayos, panfletos, semanarios políticos de diferentes sectores, revistas literarias, y más. Yo andaba sin trabajo. En el quiosco se veía un libro que Federico Nieves, el fundador de la asociación “Cine-Experimental”, me había recomendado: “Reflexiones sobre la violencia” de Georges Sorel. Pedí permiso, lo tomé y pasé las hojas, miré el índice y pregunté el precio. Caro, para mis bolsillos vacíos. Dejé el libro en su lugar y seguí echando una mirada panorámica sobre el resto de lo expuesto. Me iba a ir ya, cuando el quiosquero me dice que me hacía un descuento. Lo miré con una sonrisa que, al tiempo que agradecía, confesaba no tener un peso. Y fue que apareció un amigo y me invitó a tomar un café. El quiosquero, por carácter transitivo entendió que si yo era amigo de alguien que él conocía, bien podía confiar en mí; así que me dijo: Llevalo, forralo para que no se ensucie; cuando lo terminás me lo traés. Y claro, nos hicimos amigos. Tomando un café en el bar La Paz me dijo que fantaseaba con tener una editorial. Él se llamaba Pedro Sirera. Había nacido en Murcia en 1939. Cuando la guerra civil española apretó, el padre lo mete en un barco y llegan a la Argentina. Trabaja en la planta Ford de La Boca. No se conforma con vivir de un sueldito. Coloca un tablón sobre ladrillos y vende diarios. Luego, con suerte y esfuerzo consigue establecerse en la vereda del Lorraine. La gente, que entonces cuestionaba todo, integra el quiosco al cine. Le va bien y alquila un local muy pequeño, pegado al cine, en realidad era un quiosquito de caramelos y cigarrillos que él convierte en librería. Se casa con Nita, la chica que conoce en el tren que lo trae al trabajo. Lleno de ilusiones pone dinero para una revista de cine que sólo tira cinco números. Con los años se anima a un local más grande y allí afianza la librería donde hoy sigue en pie. En una Navidad, sufre un asalto en el negocio. Para prevenirse trabaja mucho y ahorra en una caja de seguridad de un banco. Pero un día la abre y está vacía. Es tan tremenda la sorpresa que le repercute brutalmente. Los médicos le diagnostican “Parkinson atípico”. No hay medicación específica. Le hace juicio al banco. Como la medicina no logra nada, la familia recurre a todo, homeopatía, cannabis desde Uruguay. La enfermedad lo va dominando feo. La rigidez en los músculos le dificultaba hablar e ingerir alimentos. Tampoco puede vestirse. Se agrava más cuando la justicia se lava las manos y el banco queda libre de culpa y cargo. La última vez que lo vi, él estaba en silla de ruedas y ya concurría poco a la librería. No podía hablar porque los músculos le respondían cada vez menos. Apenas regreso de un viaje voy a verlo y me entero de su muerte. Del mismo modo que muchos otros libreros que la yugaron desde abajo, como Manuel Pampín, Julio Alonso, Hugo Levín, Alejandro Russo y tantos más, Pedro Sirera fue toda una alegoría en el mundo de los libros. Y para ratificarlo, allí está, con las tapas de los ejemplares pavoneándose a la intemperie, la librería Lorraine, como un distinguido símbolo emplazado en plena avenida Corrientes, orgullosa de haber sido erigida por un inmigrante que buscó superarse, colocando un tablón sobre ladrillos para vender diarios.

Página/12: Viaje al principio de la noche

Por Enrique Medina, Página/12, 8 de febrero de 2018

Henry Miller, Alfonsina Storni y Jorge Luis Borges.
Batifonderos, ingresan a la confitería Las Violetas. Festejan a Alejandra Tenaglia, una fiel lectora de ellos que, con la publicación de su primer libro: Viaje al principio de la noche, dejará de ser sólo lectora para convertirse en escritora. Alborotados, derrochan júbilo. Juntan mesas. Allan Poe, continúa el tema que venían abordando: ¿conviene casarse o no, es mejor vivir juntos o no, hay que ser fiel o no?... El mozo, en el cruzamiento de voces logra desenmarañar el pedido de cada uno. Marta Lynch la abraza y besa augurándole un éxito impetuoso. Hemingway comenta el programa de televisión de la noche anterior. Dostoievski, algo desubicado con cara tan dramática, cree que la posición del sexólogo fue demasiado formal, poco jugado. Se alarma Marcel Proust de cómo se le ha pasado el tiempo: “Volando, volando, ¿viste?, qué cosa, che...”. Cargándolo, Victoria Ocampo le aconseja ir a un gimnasio y hacer pilates, así arrancás con el octavo tomo. No pudiendo con su genio militante, Juana Manuela Gorriti baja línea sin rubor: “Es innegable que el país está colonizado, mentalmente estamos colonizados ¿entienden?, y los servicios de inteligencia complotan recibiendo órdenes de la Banca Mundial...”. El mozo deposita el pedido disimulando a la insistente Oriana Fallaci, que lo mira y se relame. Shakespeare no pierde la oportunidad y bromea con la insistencia de Violette Leduc también mirando al atractivo mozo. Las damas se arrebollan secretas y evalúan gustos y medidas sobre el pene del mozo. Virginia Woolf es contundente: “Cortita, como giro de laucha”. Ríen. Alfonsina Storni cuenta que “estas navidades los malditos cohetes y las cañitas voladoras explotaron tan fuerte que los perros se metieron bajo la cama, y Horacio Quiroga me dice: che, ¿y la “vieji”?, le decimos vieji a la perrita, por lo viejita, le digo: no sé, entonces él va al balcón, y vuelve con la cara violeta y me dice: ¿dónde está la vieji?, y le digo, en su casita del balcón, me dice, no está, y vamos al balcón, nada, se me ocurre mirar abajo y ahí estaba estampillada en la vereda, la pobre se había suicidado por los ruidos de los ¡cohetes de mierda!, podés creer... Anaïs Nin, levanta los hombros, como que fue simplemente un año más; “salvo que me puse a hacer huevos duros y suena el teléfono, era Henry Miller, y hablando y hablando se nos fueron las horas porque hablando el pelado me calienta, y empiezo a sentir olor a quemado, ¡estaban los huevos saltando hasta el techo!, se me llenó de humo la casa, no sabés, los huevos ¡negros! pegados en la cacerolita, tuve que abrir puertas y ventanas pero ¡todavía hay olor a hiena muerta!”. Emily Dickinson también tiene experiencias hogareñas: “Escucho ruidos en el ventanal del dormitorio. Me di cuenta de que un pájaro desvelado había perdido el rumbo y se chocaba en el vidrio. Me acerqué para verlo golpearse, y ¡paf!, el bicho da contra el vidrio, pero no era que chocaba desde afuera, ¡chocaba desde adentro del dormitorio!, quería salir el pobrecito, había entrado cuando abrimos por el calor, y en el rincón veo un bultito iluminado por la luna, es un pichón de gorrión, dije, y prendo la luz para que saliera, ¡era un vampiro!”..., bah, un murciélago, el miedo que me agarró ni te cuento, lo despierto a Cervantes y me dice, estás loca, y yo me voy a la cocina y traje todos los aerosoles y baygones, y él abrió el ventanal y los dos inundamos la pieza con esos cucarachicidas, miramos bajo la cama, dimos vuelta todo, sacudimos las cortinas, pero el vampirito no apareció, y quedamos convencidos de que cuando Cervantes abrió el ventanal el bichito se había escapado sin que lo viéramos, así que cerramos y fuimos a tomar unos mates hasta que no hubiera olor; Cervantes puso un ventilador y se tiró a dormir, entonces cuando la habitación estuvo algo respirable también me acosté, eso sí, por si el bichito hubiera quedado adentro, me puse la bombacha porque estos animalitos acostumbran esconderse en cualquier escondrijo, viste, y no quería tener sorpresas...”. Carcajadas cacofónicas. Emily continúa el relato: “¿Saben?, en la noche, me levanto a orinar, de un tirón, saltando al parquet, y salté, y con el talón, paf, reviento algo y pego tal grito que Cervantes, que justo estaba escribiendo sobre el pedo que se tira el León enjaulado, casi tira el velador, yo había reventado al vampirito, Cervantes se puso loco, me desinfectó el pie, la pierna, me obligó a meterme bajo la ducha, con bolsitas de plástico fue levantando al bichito como si fuera caca de perro y lo tiró al inodoro, ¡y me arruinó el parquet porque mientras me bañaba él limpió con lavandina, ¿pueden creer?...”. Hablan de sexo y Erica Jong cuenta que cuando tuvo un roce con Freud, él le explicó que Dios había inventado el sexo para tenernos agarrados de las pelotas y los ovarios... Gabriela Mistral señala que ése es un pensamiento machista, y justamente del enfermo de Freud, qué se puede esperar... Balzac astilla el silencio: “Otro año, no puedo creer lo rápido que se me pasó”. Todos coinciden y se miran emocionados. María Esther de Miguel se hace la dura: “Este año no lloro, lo juro”. Victoria Tell, protagonista de Viaje al principio de la noche, recuerda el motivo que los convoca y reclama que Tenaglia, su autora, hable. Ésta, conmovida, agradece a la Editorial Muerde Muertos por jugarse al publicar su primer libro y jura su afiliación irrestricta al ejercicio de la literatura por el resto de su vida. Aplauden, silban, entonan cantos de tribuna. Tenaglia levanta la copa: “brindo por la amistad, el placer, y por los tantos años de lectura. Más aplausos. Borges se pone dos dedos dentro de la boca y chifla como el mejor barrabrava. Hacen el brindis final, se besan, se abrazan. Una copa vuelca sobre la mesa. Ríen y gritan. ¡Alegría, alegría! Apoyan el dedo en la bebida derramada y se hacen la cruz sobre la frente. ¡Alegría, alegría! ¡Será un best-seller tu novela!, lo sé, Dios me lo dijo, le asegura Sor Juana Inés de la Cruz. Y aparece un viejo con chaleco de oveja, con estos calores, gritando: “¡carcamanes engreídos, se olvidaron de mí, que soy el que prestó el título!”... Tenaglia corre, lo estrecha y le agradece. Céline le da un beso. Ella abre los brazos: “¡Los llevo en el alma!, ¡los amo!”, y se pone a llorar.

Página/12: Antonio Di Benedetto, un recuerdo

Por Enrique Medina, Página/12, 4 de enero de 2018

Antonio Di Benedetto había sido encarcelado el mismo día que los militares destituyeron a Isabel Perón. Ésta, engañada por las esposas de los jefes del golpe que la halagaron y convencieron para hacer un paseo en helicóptero, sin darse cuenta se vio depositada en la prisión antes de que la bruta realidad le cayera como adoquín en la cabeza. Aunque se dice que el motivo de la detención del escritor fueron sus notas políticas en el diario Los Andes de Mendoza, él sospechaba de una venganza personal del jefe de policía. Luego de casi dos años de torturas y cuatro amagues de fusilamiento, fue liberado y expulsado a Europa gracias a las gestiones de la pintora Adelma Petroni, Ernesto Sabato, Mujica Lainez, Victoria Ocampo, Bernardo Canal Feijóo, y el premio Nobel alemán Heinrich Boll. El creador de la genial novela Zama (1956) deambuló sin éxito por París y luego se instaló en España. No las pasó bien, pero sí fue reporteado en televisión por el periodista Joaquín Soler Serrano en su prestigioso programa “A Fondo”. Por ese espacio habían pasado Salvador Dalí, Borges, Octavio Paz, Fellini, Carpentier, entre otros indiscutibles. En el reportaje se lo ve bien, aunque algo dubitativo, disimulando con ironías que el conductor no captaba. Llegada la democracia, en 1984 Miguel Briante me llama por teléfono; regresaba Di Benedetto y había que ir a recibirlo a Ezeiza para luego llevarlo al Centro Cultural General San Martín, así que él estaba juntando gente para homenajearlo con un abrazo de las nuevas generaciones. Fuimos cuatro, nosotros dos, Piglia y Dal Masseto. Llegamos y nos encontramos con Nicolás Sarquís que lo había hospedado en su casa de Madrid durante el exilio. Por fin apareció él. Miró a una bella muchacha y se quedó paralizado. Era su hija. Dijo para sí: “dejé una niña y me encuentro con una mujer”. Profundamente conmovido, se puso a llorar. Solamente una cámara estaba allí dando testimonio del hecho. Era la del canal 13 (salvo que se me haya pasado, estuve atento mirando los noticiarios pero nunca vi la nota). Nos presentamos saludándolo con respetuoso afecto. Me cacheteó amistoso y me dijo: “Yo te leía en la cárcel”. Del aeropuerto partimos directamente al Centro Cultural San Martín donde se le harían los honores del caso. Se sintió reconocido y feliz. Hubo festejos y chocar de copas. Imposible imaginar que ese día sería sólo una ilusión. A la euforia siguió el áspero olvido. Nos reuníamos en el bar de Las Heras y Pueyrredón. A Di Benedetto le gustaba mucho el cine. Su cuento “Declinación y ángel” es por poco un guión cinematográfico. Lo llevé al Cine Club Núcleo. Salvador Sammaritano, alma-mater de la entidad y  gran amigo, lo hizo “socio honorario”. Así que nos reuníamos allí una vez por semana. Veíamos películas curiosas (una de Jean Genet, “Un chant d’amour”), viejas del cine norteamericano en blanco y negro, Chaplin, los rusos, y también mucho cine nacional, del viejo y pre-estrenos. Como también yo era amigo del “Mono” Villegas, se lo presenté. El genial pianista de jazz, por supuesto también era “socio honorario” del cineclub (Sammaritano nos hacía “honorarios” a todos los que nos equilibrábamos en el arte). Muchas veces los tres salíamos de la función e íbamos a comer. Ninguno de nosotros andaba económicamente bien, así que, por lo general, pagábamos “a la romana”. Luego de escuchar al “Mono” Villegas decir que su mesita de luz era un cajón de manzanas, Di Benedetto sonrió satisfecho: “Vaya, entonces yo no estoy tan mal”. Él, por razones de austeridad del gobierno, había sido alejado del puesto de asesor de la Dirección Nacional del Libro. Vivía de un sueldo limitado cumpliendo horario en la Casa de la Provincia de Mendoza. Vino a mi Taller Literario y lo pasó muy bien charlando con los integrantes. Era muy reticente con su feo pasado. Una noche los llevé a un boliche en el Bajo que yo conocía gracias a Denevi y Villordo. Lo manejaba con precisión una bella mujer. Se decía que en el piso superior, donde vivía, ella cuidaba a su marido paralítico que en tiempos mejores había sido un célebre cantor de boleros e incluso había filmado algunas películas. Esa noche la mujer lo reconoció al “Mono” Villegas (era difícil desconocerlo) y le dijo que el piano estaba a su disposición. Fue memorable. Éramos muy pocos los clientes. El “Mono” estuvo inspiradísimo, o por gracia de Dios o por los whiskys acumulados. Pero el resultado fue que nos llevó a pasear por las azules galaxias ad-eternum. Cuando le dije a Di Benedetto que me iban a reeditar Transparente, me pidió hacer el prólogo. Fui al editor Julio Alonso y le dije del ofrecimiento. Para el caso, Josefina Delgado estaba preparando otro texto. El editor no mosqueó: “Habrá un prólogo y un texto crítico”. Santa solución. En el prólogo, Di Benedetto mencionaba a Dostoievski y yo le hice la salvedad de que me parecía algo exagerado. Se emperró. Además de dejar esas líneas agregó otra afirmando su parecer. Lo mismo que Bioy, fue negligente en su casa y al subir a una silla para alcanzar un libro del anaquel alto, cayó y su cabeza golpeó tan feo que lo llevó a morir de un derrame cerebral el 10 de octubre del 86. Había nacido el 2 de noviembre de 1922. Fui al velatorio realizado en la SADE (Sociedad Argentina de Escritores). Me conmovió una joven mujer de pelo crespo llorando en silencio. Lloraba fuerte en su interior, como un volcán antes de estallar. Di Benedetto murió esperanzado: el proyecto de Nicolás Sarquís de filmar su Zama lo mantenía optimista y en paz con el mundo, que tan mal lo había tratado. Pero Sarquís murió sin poder llevar a cabo el proyecto. Por suerte, al ver el film Zama, pienso que Di Benedetto disfrutando su pos-reconocimiento, su pos-felicidad, cambiaría el desgarrado final de Zama, que a él lo caracterizó en vida como un nihilista desgajado:
“Él me contemplaba. No era indio. Era el niño rubio. Sucio, estragadas las ropas, todavía no mayor de doce años. Comprendí que era yo, el de antes, que no había nacido de nuevo, cuando pude hablar con mi propia voz, recuperada, y le dije a través de una sonrisa de padre: No has crecido. A su vez, con irreductible tristeza, él me dijo: Tú tampoco”.

Giovanni Papini vs. la tarjeta Gold

Por Enrique Medina, Página/12, 7 de julio de 2017

Con la cabellera alborotada y los anteojos bailándole en la nariz, Giovanni Papini bufa como una fiera y reza como el diablo. ¡Figlio di puttana! ¡Non mi rompere i coglioni! ¡Internet vai a forti dare nel culo! ¡Pezzo di merda! ¡Ciucciacazzi! Y se golpea el pecho como los gorilas queriendo tranquilizar su contextura meridional y entripada para evitar un infarto repentino. No halla el modo de poder ingresar en Visa Home. Mil veces pone el número del DNI, mil veces pone la clave y mil veces la fría pantalla, quieta, le saca la lengua sin responderle a los mil clic con que le da al enter como si martillara un clavo retobado. Se toma un vaso de agua para calmar la agitación. Cuando siente que recupera el estado de normalidad, se pone el saco y sale. Llega al banco Itaú como si fuera a cobrar una reparación histórica privilegiada, pero es recibido por la empleada como el más triste y miserable de los jubilados. Se da cuenta de que si quiere ser atendido como gente le conviene sacar chapa. Así que se presenta sin rubor diciendo que es el más grande escritor del siglo XX y que carga en sus espaldas varias centenas de obras memorables muchas de las cuales han iluminado al franchute Céline para que luego escribiera su famoso Viaje al Pozo Ciego o algo así  y el mismo Borges me comparó con Prometeo afirmando que hay estilos que no permiten al autor hablar en voz baja y que Papini o sea yo soy sonoro y enfático y mi Historia de Cristo y Gog y Dante Vivo y El Diablo son obras maestras y también Borges confesó que su cuento “El otro” está inspirado en mi “Dos imágenes en un estanque”. Toma aire porque al exaltarse de un tirón sin puntos ni comas una fuerte puntada en el hígado lo ha suspendido misteriosamente del aire como a una araña sin tela. Impactada y con los ojos muy abiertos, la empleada le pide que se calme y tome asiento. Viendo que ella ha cambiado de actitud, Papini, dejando de ser enfático y sonoro detalla minuciosamente los fracasos de comunicación con “Visa Gold”. Explica que él reconoce que está en la cuarta edad pero que no es ningún peloduro y debido a que en los primeros intentos la voz grabada con la que se malentendía le pedía que presionara tal tecla que luego la otra y que de entrada el DNI que todos lo sabemos de memoria pero no creo que nadie se acuerde los dieciséis números de la tarjeta y como no me daba tiempo a leer bien porque últimamente mis anteojos han perdido profundidad de campo y por ello me retardaba en leer los números y luego de chingarla en el teclado del teléfono y al tardarme volvía a repetir la voz grabada que si iba a viajar presionara el 1, el 2 para comprar, el 3 no recuerdo para qué cuernos y así empecé de nuevo pero ayudado por grandes papeles con los números en grande para ser rápido sin equivocarme pero reconozco que no he logrado más que furibundos dolores en las sienes igualito a las ovejas cuando las faenan atravesándole una aguja de coser de oreja a oreja, por todo esto es que le pido de rodillas, le ruego como verdadero creyente que soy me ayude en esta instancia de miércoles porque dentro de pocos días debo viajar a mi bella Italia para convertirme en miembro de la Real Academia de Italia, y presidente del Centro de Estudios Nacionales sobre el Renacimiento. La empleada ahora abre la boca aumentando el asombro. Papini se da cuenta de que si la sopla, la mina sale volando. Entonces, decidido a ganársela entera, desdobla una hoja y la pone delante de la cara de ella. Es la carta del Papa Francisco rogándome que escriba su biografía urgente para publicarla ya-ya, y convertir el libro en best-seller universal y así estabilizar su trono bastante jaqueado por fracciones de “Illuminatis” revoltosos. O sea, se lo estoy diciendo, el Papa Francisco depende de mí, ¿entiende lo que le digo?... La mujer como no tiene más que abrir, cierra todo y revuelve papeles buscando números, claves, algo que pueda solucionar el problema de Papini, que guarda la carta y se acomoda en paz dejando que ella actúe sin presiones. La empleada da con un número especial y se le resplandece el redondo rostro lunar. Con grata sonrisa le da un número anotado en un papelito. Nosotros desde acá, desde el banco, no tenemos la opción de comunicarnos. En este número lo atenderán, le dice, luego de que le pidan el número de su tarjeta usted presione la opción 4 y será feliz. Papini, como de ateo se ha convertido al catolicismo, se la cree; y agarra el papelito con la misma unción que le concede a la ostia. Le besa la mano a la empleada, ya recompuesta, sin nada abierto y contenta de sacarse de encima semejante monstruo. Papini llega a su casa y sin quitarse el saco despliega los papeles que lo ayudarán y marca el número salvador. Sí, el teléfono suena, bien, la voz grabada vuelve a darle las gracias por llamar y le pide el número del DNI, de la tarjeta, los tres dígitos de atrás, presione tal número para esto, otro para lo otro y el 4 para… Papini le da al 4 con tanta fuerza que el teléfono salta del escritorio, por suerte queda colgando del cable. El genial escritor lo coloca en su sitio y escucha la voz grabada repitiendo la cantinela que harta a los clientes del redondo universo. Pero algo falla y Papini escucha una voz, ¡UNA VOZ HUMANA! No lo puede creer, no es un robot. Y parece que la cosa puede funcionar porque aunque la voz de la mujer-maravilla le pregunta cosas ya escuchadas ¡HAY DIALOGO! Papini se entusiasma hasta que se queda mudo porque no puede indicar una compra que haya hecho en un pago y se queda pensando en el supermercado, en que en realidad para el supermercado usa la otra tarjeta, entonces dice el supermercado, dudando, justo cuando la voz humana le está diciendo que no puede restaurarle la clave porque la respuesta no es correcta y él se queda escuchando el sepulcral silencio con el tubo en la oreja. Como es inteligente y de verdad uno de los grandes escritores del siglo XX, sabe que debe calmarse y empezar de nuevo pidiendo la bendición de Dios. Agarra el papelito y marca 4, 3, 7, y cuando lee el siguiente número se acuerda de la lotería y Riverito cantando el ¡ooochooo! y revienta el tubo contra la pared. ¡Sfigato! ¡Sei un rompiculo, io sono smerdato! ¡Dio porco! ¡Vaffanculo, faccia di stronzo!, y tira el aparato por la ventana pensando que con esta suerte-puta es lógico que en su vida anterior tuviera que morir en el Convento Franciscano de Verna, ciego, mudo y paralítico.

Salgari, un tigre mortificado

Por Enrique Medina, Página/12, 19 de junio de 2017 

Leíamos las historias de Salgari con la misma ferocidad que engullíamos el desayuno. El “Poste” Salgaro formaba con los grandes pero se lo consideraba algo “lelo” o raro porque no hacía deportes ni se metía en grupos, sólo leía. Y como nosotros también leíamos, aunque integrábamos la formación de los chicos, él se avenía a tomar mate con nosotros en el techo de la chanchería. Era especialista en Salgari. Afirmaba que su apellido había sido deformado al inscribirlo mal cuando su familia ingresó como inmigrante y que él era descendiente directo de Salgari, por lo que tenía la obligación de tener en orden todos los libritos y revistas con las aventuras de su glorioso antepasado. Cada uno de nosotros tenía su propio rubro para mercantilizar esas publicaciones. El Juanca tenía la colección de “Rayo Rojo”, Corito, el “Intervalo”. Yo, el “Patoruzito”. Y así. Los muchachos más grandes coleccionaban policiales a los que yo iría a llegar algún día. Los más inteligentes leían libros de muchas páginas “más difíciles de leer”. Incluso había un gordo que guardaba novelitas de amor. Esos libros y revistas se alquilaban. Nos las alquilábamos, o hacíamos canje. El alquiler era elástico, se hacía a dos días de devolución. Dependía del material. Más se tarda en leer un librito que una revista, y eso se tenía en cuenta. El alquiler dependía del valor de la revista. Yo alquilaba el “Patoruzito” a cinco centavos y hacía mis diferencias. Había otros muchos negocios, bolitas, objetos personales, naipes, dados, cigarrillos, pelotas de goma, golosinas y más, pero el de las revistas era el más común. El “Poste” Salgaro era realmente un poste porque mantenía su estatura y delgadez en perfecto congelamiento. Desde su categoría nos daba sus clases y nosotros escuchábamos como en misa. Sabía decir y sabía mantener el interés. Lo escuchábamos tomando mate amargo. Él hablaba de Salgari y sus mil personajes. Enhebraba las historias y los personajes. Y hasta creo que las enriquecía. Una vez el Juanca le dijo medio en broma y mucho en serio que bien se veía que era de la familia porque sabía todo del escritor. Y vimos que se emocionó. Nosotros nos hicimos los giles y prendimos unos puchos. Él salió de su congelamiento y volvió en sí revelando a su glorioso tatarabuelo. Y ahí fue cuando nos dijo: “No fue feliz…” Nos quedamos sorprendidos y esperando. Hubo un silencio lungo. Él, esperando a ver si nosotros éramos lo suficiente inteligentes como para darnos cuenta de la indicación extraordinaria que nos había hecho, y nosotros esperando que continuara para entender eso que, de verdad, nos sonaba a “otra cosa”, ¿qué es eso de la felicidad...? Esas cosas o no las conocíamos o no las entendíamos, sí era una palabra que seguramente habíamos usado por repetición, pero como tantas otras, así que seguimos chupando mate y él continuó dando su clase magistral, insistiendo: ¿Saben ustedes que significa la felicidad...? Nos miramos pensando que le estaba patinando un ratón dentro del marote. Sólo conocíamos el pasarla bien y pasarla mal. La palabra felicidad nos sonaba a iglesia, a pensamiento más complicado que hacer un gol de media cancha. Se dio cuenta de que éramos unos ignorantes, pero lo mismo siguió en lo suyo: “La felicidad es el máximo tesoro al que puede aspirar un hombre”. Logró ruborizarnos. Pero enseguida nos tranquilizó cuando volvió a entrarle a la vida del Salgari tatarabuelo: su lucha por triunfar, que había sido marinero de jovencito, que en realidad las historias que había escrito él mismo las había vivido; que había publicado unas cien novelas y miles de cuentos sobre exóticas aventuras, que Sandokán, el tigre de la Malasia, era un príncipe que resistía al colonialismo inglés, que escribió una novela de ciencia-ficción: “Las maravillas del 2000”, que como no existían los derechos de autor los que editaban sus libros eran unos hijos de puta porque no le pagaban y lo hacían trabajar hasta que fue perdiendo la salud. Y por si fuera poco, lo peor había sido que su mujer, una loca enferma de pijas ajenas a la que tuvo que internar en un loquero, le había cagado la vida hasta llevarlo al suicidio; y que en realidad era una familia de suicidas vocacionales, porque se había suicidado el padre, luego él, y después los dos hijos. El Juanca cebó el mate y se lo alcanzó diciendo: “mierda ¡pobre tipo! y eso que era un escritor”. Influidos por los maestros de la primaria para nosotros un escritor estaba en un escalón de privilegio libre de las pequeñeces cotidianas, así que nuestros ojos se asombraron doblemente. Y ni hablar cuando nos explicó cómo se había suicidado. Se hizo el hara-kiri, nos dijo como si supiéramos. Para nosotros era una palabra desconocida que aprendíamos a las apuradas de acuerdo a los acontecimientos; como la palabra kamikaze, que recién había aparecido y los grandes las leían en los diarios y nos decían que eran los japoneses que en la guerra mundial que había terminado, por amor a la patria estrellaban sus aviones contra los barcos enemigos. Casi sádicamente, el “poste” Salgaro nos explicó con lentitud cómo se debía hacer el hara-kiri, que había que hacerlo en cruz pensando que era el vientre de otro, mejor el enemigo, y no el de uno, y que había que mantener la respiración invocando a los dioses y la mar en coche, mientras sin chistar se hacía un corte horizontal seguido de uno vertical destrozándose uno las tripas. El agua se enfrió y volvimos a calentarla en el “Primus”. Eso significó un recreo en la admirable clase del “poste” Salgaro. Luego guardamos todo y fuimos a jugar a la pelota. A la noche yo me acostaría habiendo aprendido que los escritores no eran tan envidiables como yo creía al dejarme maravillar por sus historias. A Corito le impresionó mucho la palabra “hara-kiri”, la decía de continuo, como si fuera una palabra con filo y en punta. La que a mí me había sacudido fue “felicidad”. Yo no podía entender cómo, un escritor que tenía tanta capacidad para hacerme vivir infinitas aventuras, de las que yo sabía estaba exento y limitado, se hubiera tenido que matar por no haber alcanzado la felicidad. No entendía cómo esas cosas podían pasarle a la gente grande e inteligente. Al entrar en formación al comedor, Corito bastante inquieto me preguntó: “Che, ¿vos creés que el Poste puede llegar a suicidarse?... Como dice que desciende de una familia de suicidas, digo…” No respondí, pero ahí entendí la importancia de la palabra “felicidad”…

Página/12: Poe, en la Feria del Libro

Por Enrique Medina, Página/12, 5 de abril de 2017

Se sienta a la compu. Mueve el mouse y desaparece el protector de pantalla que guarda las imágenes de sus anhelos inalcanzables dejando ver la partida ya comenzada del Solitario Spider que, ingenuo, él ejerce para escaparle al Alzheimer. Mueve un 5 de corazones debajo del 6. Llena el vaso y bebe. Annabel Lee ha dejado de ser su adorada secretaria y su ayuda-todo-terreno porque él le dijo que tenía necesidad extrema de ella y él ya no aguantaba más. Annabel, casi actriz de teleteatro (le faltó apoyar la mano en la frente), dijo: Jamás imaginé llegar a esto, fui una tonta; luego desenchufó el disco duro extraible, lo metió en el bolso y se fue lagrimeando. El se quedó en babia como buen perdedor: ¿Qué hice? Me convirtió en un perverso porque después de ocho años le dije la verdad. ¿Me cree un dibujo, un cartón recortado, no se ha dado cuenta de que soy un ser humano de carne con debilidades? ¿Acaso alguna vez no tuvimos un roce que no supe fructificar? ¿No es ella uno de mis mejores poemas? ¿Cuando necesitó ayuda no estuve al pie? ¿Acaso no la invité a que me acompañara a Moscú para recibir el Premio-Lenin? En la misma cama exigí, por supuesto. Y sí, se ofendió; y mía fue la culpa. Poe bebe. Camina alrededor del estudio. Relee el papel donde anota las urgencias como le aconsejó el médico: llamar al banco para que le extiendan el límite de sus tarjetas y poder comprar el pasaje en cuotas; ir al supermercado; ir de nuevo a Anses donde lo volvieron loco: ¡Tiene que sacar turno en su computadora!, le escupió el de anteojos negros. Se defendió pero el otro ganó: ¡Llame al 130; y que pase el próximo! Soretes. Nosotros y ellos. Debería escribir un cuento en el que la gente pueda transmitirles una onda eléctrica a los empleados públicos y hacerlos explotar como en las películas de terror; pum, y que se estrellen en el techo como huevos fritos. Se sirve otro vaso. Poe mira el cuervo embalsamado que le mandó el productor y director de cine Roger Corman con un mensaje eufórico al enterarse de que Poe hará un recital siguiendo las huellas de Malcovich, Al Paccino, Depardieu y de Aznavour con sus 93 años… ¡Bienvenido a la jungla!, le escribió Corman en el mail. Pero cuando Poe le sugirió muy tenue alguna propina de las mil películas que hizo con sus cuentos, el otro lo frenó sin piedad: ¡Yo te puse nuevamente en el mercado, gracias a mí saliste del olvido, lo mismo que hizo el cine mudo al desempolvar el Moby Dick de Melville… Silencio de radio, y agregó: ¡Tendrías que prenderme velas gordas!, en vez de ser tan materialista... Aún avergonzado, Poe elige un CD y el estudio se invade con el preludio del primer acto de Tristán e Isolda. Sirve el resto de vino y ve que el vaso se llena de esplendor. Habrá que hacer un esfuerzo y salir a comprar otra botella. Varias, para evitar estas incomodidades. También hace falta algo de comer. Mete la mano en el bolsillo y cuenta los billetes. Se podría vender el placar y la cómoda que ya no se necesitan. Sí, el domingo el camioncito de compra-ventas rondará el barrio. No lo dejaré escapar. Sacude el mouse. Busca poder colocar alguna carta en el Solitario-Spider pero reconoce que está ahogado. Apaga la compu. Quizás Annabel Lee no se sintió bien representada en el poema… Es posible que él haya cometido algún error que ahora se le escapa… Todo es posible… Muchas veces, creído, con ínfulas, uno se suelta feo sin medir consecuencias, y mete la pata. ¡Ah, sí!... Ahora que lo pienso, cuando le dije que su lugar estaba en mi cama, así de una, casi como una orden, pude haberle caído grueso y poco romántico… Ah, también dije la palabra “joder”… Claro… No siempre uno se da cuenta del peso que tienen las palabras… Clarísimo. ¡Tu lugar está en mi cama y no jodas más!... Vaya… Es como decirle al condenado: Rápido al paredón que tengo que fusilarlo de una buena vez… Para todo debe existir estilo y amabilidad. Poe se siente humillado, pero en el fondo sabe que, aún cuando ha sido muy poco caballero, su grosería fue una excusa que ella supo aprovechar para desligarse de él… ¿O no?... ¿Habrá otra oportunidad?... Justo ahora que él había arreglado su nuevo departamento pensando en ella… Suena el teléfono. Atiende. Es el viejo editor que había prometido llamarlo. Ha cumplido y Poe se pone contento. El editor le pregunta si está al tanto de los últimos crímenes cometidos y las manifestaciones de género. Poe se muestra en falta y el editor le cuenta de cuchillos que asesinan mujeres y asesinos que se tiran bajo los trenes furiosos y otro delincuente que en venganza regala bananas con tarántulas escondidas que aparecen sorpresivas cuando la amada infiel pela y muerde. Quiero que escribas estos relatos y los agregues a los que ya me dijiste que has escrito. Los quiero ya porque los pondré en la Feria del libro. Y si nos va bien buscaré un roquero que le ponga música a tus poemas. En una de esas tenemos la suerte de que te ganes un Premio Nobel. Poe sugiere débil: ¿podría tener un anticipo?... El editor es terminante: ¿Vos estás en pedo? Están cerrando fábricas, hay desocupación, y ¿vos querés un anticipo?, no me jodás… Poe siente la palabra “jodás” como un cachetazo, así lo debió sentir Annabel Lee… El editor se despide y cortan. Poe debe salir porque sus contratiempos se están transformando en desvaríos. Bebe lo que ha quedado en el vaso. Sale y cierra la puerta con siete llaves. Piensa que antes de comprar vino, mejor es buscarla a ella y disculparse y pedirle el disco-duro que se llevó en el que están sus últimos cuentos y relatos porque si no tendrá que volver a escribir los cuentos de memoria… Otra cosa que podría hacer es dedicarle el libro que urgente le pide el viejo editor, y en la presentación en la Feria del Libro sentarla a su lado. Quizás Annabel Lee se conmueva… Poe se entusiasma, endereza la espalda y camina con ganas, repitiendo sus versos universales: “Jamás brilla la luna, sin que yo sueñe con la hermosa Annabel Lee”…