MUERDE MUERTOS es una editorial de autores contemporáneos, abocados a la literatura fantástica, el terror, lo erótico y aquellas obras que apuestan a estimular la imaginación.

Novedades para abril de 2019

Para abril de 2019, el sello Muerde Muertos está trabajando para la salida de los siguientes libros de cuentos:  Mujer deshabitada, de María Sola, en la Colección Muerde Muertos (literatura fantástica); La lengua de los geckos, de Fabián García, en la Colección Muertos (terror); y Mil veces meti la pata, de Martín Etchandy, en la Colección Ni Muerde Ni Muertos (humor negro). Edición: José María Marcos. Diseño: Mica Hernández.

David William Foster elogió la aparición de “Viaje al principio de la noche” de Alejandra Tenaglia

Tenaglia, Alejandra. Viaje al principio de la noche. Buenos Aires: Muerde Muertos Editorial, 2018. 234 pp. ISBN 9789-8726-5072-6

Tenaglia’s debut novel is a veritable Pandora’s box of feminist horror stories, a knotty tangle of narrative threads that lead the reader, relentlessly, implacable, in this labyrinthine narrative into the inner chamber of those horrors. There the Minotaur—Pablo, the piano teacher, child sex abuser and self-satsifiedprovincial supetstud—is lured to his drowning death in the waters off Mar del Plata by Victoria, the woman he abused as a twelve-year-old student. In a narrative crescendo that intertwines her persistent memory of his abuse and the details of how she gets him into the waves in order to drown him, Viaje closes a story that, upon retrospective assessment, the reader realizes has been describing, if not a cold and calculated plan of revenge, at least a fortuitous series of circumstances that ends up with the same executionary consequences of such a plan.
Troping Celine’s Voyage au bout de la nuit (1932), Tenaglia’s character’s voyage to the beginning of night is the voyage back to the roots of her existential nightmare, the recovery of the memory of the primal rape scene that is the common lot of more children (mostly but not exclusively women) than our self-satisfied decent society wishes to imagine. Victoria is a history teacher, and while she knows the importance of establishing the sequence of events that account for social history, the tangled mass of her narratives threads show that, in apparent fulfillment of the Freudian premise that access to a repressed past does not come easy, she is slow to come to the realization of the precise erotic trajectory, based, one repeats, in rape by a teacher twenty-years her senior, that accounts for her incapacity to love and form meaningful human, sexual relationships. One cannot discount a reading of the novel in which Victoria has had the glimmer of a revenge opportunity from the start. Yet—and I reiterate the metaphor—the tangled mass of narrative gives the sense that it is more of an awakening, first, to the truth of her rape and, then, second, to the emerging discovery of an opportunity, if not to liquidate the task, to counter one passive event of violent consequences (her rape) with another active one of her own making (the murder of her rapist).
Viaje is a complex interweaving of multiple narrative texts that, in retrospect, lead to Victoria’s murderous revenge, while at the same time they testify to the difficulties of accessing one’s psychological past. As an exercise in fictional psychoanalysis, Viaje models those difficulties at the same time that it provides a panoply of samples of how that past might be accounted for. Tenaglia combines customary third-person narration with first-person thought (in italics).Since the basic story recounts Victoria’s return to the provincial small town where she grew up to care for her ailing mother, she is afforded the opportunity of recovering diaries and other documents left behind from when she was a young woman. These she “supplements” with an extensive current personal log she maintains on her computer, as she goes about caring for her mother and interacting in difficult terms with the older woman, reviving old girlhood friendships with women who have remained in the town, encountering old lovers, and trying to piece bits together from random conversations regarding her family’s painful disintegration through cancer, suicide, and manslaughter. In the process, she teaches basic Spanish history at a local high school, and her lectures on the Spanish royal families are reproduced in the novel, by which, presumedly, one learns that human history, from the court of Spain to the dull Argentine province is one of unrelenting pathetic stupidity. At one point, she is asked to write columns for the newspaper of a local town, and her often quite pointless commentaries constitute a counterpoint to the sort of horror story of sexual abuse she cannot speak forthrightly. Indeed, at one point Victoria utters a phrase that could serve as a valuable self-help guide in this human melodrama, “Hay que protegerse de la autoboludez” (197).
Even if Victoria cannot speak forthrightly the real stories of sexual abuse of which her own is but one example, Viaje certainly can be said to be one of the most forthright feminist novels recently written in Argentina. With all of the intransigence of an Alejandra Pizarnik, who one suspects committed suicide without really saying everything she had to say beyond her allegorical bloody countess, Tenaglia has no use for discursive subtleties. Her novel is, in additional to frank assessments of multiple femininistexistencialhuits clos, replete with details of sexual emotions and sexual acts that make it difficult not to understand the extent of, and the justification for, Victoria’s propulsion toward cathartic revenge.
Viaje al principio de la noche is an outstanding novel and deserves to be recognized as one of the best feminist narratives in recent Argentine fiction.

David William Foster, Arizona State University 

María Sola

María Sola opinó siempre que escribir es como dibujar o pintar: sólo se trata de diferentes formas de lectura. Comenzó a dibujar a partir de un libro de Macedonio Fernández y, buscando su propia voz, se formó en talleres de artistas plásticos como Néstor Cruz, Oscar Mara y Carlos Cañás. Estudió Historia del Arte con Carlos Collazo y Raúl Santana. Participó de muestras colectivas e individuales. Obtuvo treinta y siete premios nacionales, provinciales e internacionales. Coordinó un espacio de actividades plásticas en el Neuropsiquiátrico Moyano. Con el retorno de la democracia asistió al taller literario de Antonio Di Benedetto, donde inició un nuevo camino que años después se consolidó cuando conoció al maestro Alberto Laiseca. Los cuentos de Mujer deshabitada (escritos en su mayoría durante la asistencia a los encuentros con “Lai”) confirman su talento como creadora de originales universos. www.mariasola.com.ar



CONTRATAPA: “MARÍA, USTED ES UNA GENIA”

¡Usted es una genia!, rugía Laiseca cada vez que María Sola terminaba de leer alguno de sus relatos en el grupo de taller que compartimos entre 2013 y 2014, un par de años antes de su muerte. María había llegado con unos pocos relatos en una carpeta: algunos muy breves, pinceladas sutiles que dejaban adivinar pequeñas escenas inconclusas, como si estuviéramos espiando a través de una cortina o tratáramos de escuchar la conversación de los vecinos apoyando un vaso contra la pared. Otros un poco más extensos, rozando el género fantástico o, mejor dicho, la narración desenfocada. Durante dos años vimos cómo su carpeta iba creciendo al ritmo de su trabajo, cómo la sensibilidad de María Sola, eso que Laiseca llamaba genio, nos iba atrapando, envolviendo como un hilo invisible. La carpeta ahora devino en este precioso libro de relatos, Mujer deshabitada. Seguramente, más de una vez en la lectura, ustedes también levantarán la vista de la página y dirán: María, usted es una genia.


Selva Almada

Los mundos creados por María Sola asombran, seducen o nos sumergen en el realismo delirante, pero, inevitablemente, convocan. Allí, los hombres pueden reducirse a tamaños de la física cuántica, los dedos —por caso— cobrarán brutal vida propia o una mujer se destejerá en un trono. La imaginación en florecimiento reunirá valores, intensidades y desamores apuñalados. Estos cuentos son raros. Únicos. Y por eso tentadores.


Oscar Castelnovo

Como si siguiese la recomendación de Romain Rolland de no abstenerse nunca ante la duda, María Sola no se priva de hacer lo que sus intuiciones le dictan, pero se niega a los resultados fáciles. Combina lo intuitivo con lo racional.


Aldo Galli, La Nación, 25 de enero de 1992

Desbordantes de paisajes y símbolos, los cuentos de Mujer deshabitada confían en la complicidad de los lectores que amamos sumergirnos en otros mundos. Con exuberante imaginación, María Sola propone un viaje hacia paraísos perdidos para que, en algún momento de la travesía, encontremos fragmentos de un espejo que refleja la fugaz huella de lo maravilloso.

José María Marcos

Fabián García

Fabián García nació en 1973, en la ciudad de Buenos Aires, y vive en Ramos Mejía. Asistió a los talleres de poesía de Osvaldo Bossi y Walter Cassara, y actualmente trabaja su narrativa con Guillermo Martínez. Publicó sus poemas en fanzines y revistas, y colabora con artículos en diversos medios digitales. Devoto del relato de horror (en especial el del siglo XIX) y la ficción distópica, admira a Borges, a Kafka y a Poe. Para abril de 2019, el sello Muerde Muertos publicará La lengua de los geckos, su primer libro de cuentos en la Colección Muertos dedicada al terror.

Cineficción | Especial Divas de la Hammer

En la primera edición del 2019, la revista Cineficción, dirigida por Darío Lavia, publicó un especial sobre las Divas de la Hammer con cinco tapas alternativas: Ingrid Pitt (por Pablo Canadé), Verónica Carlson (por Diego Puglisi), Martine Beswicke (por Miguel Collado), Judy Matheson (Elmo Rocko) y Carolina Munro (por Gabriela Rodas). En este mismo sentido presenta el desplegable Especial Figuritas Hammer Glamour, realizado por Pablo Canadé y Darío Lavia. En un espléndido número hay artículos y entrevistas de Leandro Arteaga, Agustina Piñeiro, el Abuelito, Daniel Yagolkowski, Claudio Huck, Diego Jourdan Pereira, Elmo Rocko, Roberto Barreiro, Marcelo Pocavida y Chucho Fernández, entre otras plumas. Incluye, además, el cuento “La planta”, de Enrique Medina, ilustrado por Patricia Breccia, y una reportaje al autor sobre su relación con el cine: “De Hollywood y Rita Hayworth al cine social con Perros de la noche”, por José María Marcos (Las entrevistas de Muerde Muertos). Imperdible. Cliqueá aquí y buscala ya.

Un novel escritor de ochenta años: entrevista con Juan Carlos Virgilio, “Carpincho”

Por Ana Grynbaum | Publicado en Lissardi&Grymbaum
Carpincho es el título del primer libro de cuentos de Juan Carlos Virgilio, nacido en la Provincia de Buenos Aires en 1938, hijo de carpintero y carpintero durante la mayor parte de su vida. Carpincho también es el apodo que Virgilio ha recibido en su devenir escritor. Comenzó a escribir a los sesenta y tres años de edad, durante la crisis económica de comienzos de la década del 2000, que lo dejó sin clientes. Cuando la Editorial Alto Pogo publicó su -hasta ahora- único libro, en 2013, el autor tenía setenta y tres años; ahora ya cumplió los ochenta. Pero que haya empezado su producción literaria en forma “tardía” no le ha impedido participar de nuevas formas de la difusión cultural, como el comentario de libros en YouTube. La Editorial Muerde Muertos ha filmado hasta el momento ocho BookTuberías en las que Carpincho se extiende en comentarios y ocurrencias sobre libros y tangos.
Ana Grynbaum: —¿Cómo describirías al libro Carpincho?
Juan Carlos Virgilio:Carpincho es mi tarjeta de presentación, si querés conocerme buscame ahí, no era mi intención pero así salió. Carpincho es Buenos Aires y su olor a tango, Palermo, Villa Crespo, Parque Chas, también Olivos y Florida; sus personajes y mis queridos amigos, el tiempo, sus misterios y toda la fantasía. ¿Serán fantasías las historias de este libro? O serán la autobiografía de algún yo profundo…
AG:  —¿Cómo y cuándo empezaste a escribir?
JCV: —Desde niño y hasta pasando los sesenta años nunca pude escribir nada. Tenía la convicción de que, así como cantar, era algo totalmente negado para mí. Ahora lo justifico pensando que fue, y en parte lo sigue siendo, un gigantesco bloqueo. A veces tardo mucho en arrancar con cualquier escrito, aunque ahora estoy más desenvuelto. Me ayudó mucho los mensajes de texto en el celular y en la computadora. Tengo 6º grado (de escuela) de los de antes y nunca fui a un taller literario. Tampoco tengo demasiadas charlas sobre las cosas que escribo, salvo las telefónicas con mi amigo Daniel Isla, que es profesor de lenguas, quien me aguanta y  siempre está para darme una mano. Lo bueno es que comencé a leer desde la infancia, tratando de aprender lo que sea de cada lectura. (…) En el parate económico del 2001 y con la perspectiva de no trabajar más, cuando ya no tuviese mi lugar en el mundo que era mi carpintería, pensaba qué haría con mi cabeza de barajar cientos de boludeces a la que estaba acostumbrada. Un día no sé lo que me pasó, pero tomé un lápiz y un papel, me concentré como un budista y no aflojé hasta comenzar un cuentito breve, imaginando que se lo contaba a un sobrino, porque era lo que siempre hacía.
AG: —¿Cómo empezaste a publicar?
JCV: —A fines del 2010, Marcos Almada, que había leído uno de mis cuentos, me invitó a leer en el Ciclo de Lecturas Corrincho.  Allí tuvo la audacia de presentarme como escritor, y la locura de convencerme que me publicaría un libro. Él tenía que fundar una editorial y yo la obligación de empezar a escribir cuentos. (...) Esa noche volví a casa a las tres de la mañana, pensando que la cerveza causa estragos. Pero me cambió la vida. El cambio comenzó al traspasar la puerta de la calle Argañaraz.
AG: —¿Cómo conociste a Marcos Almada?
JCV: —Un cliente y gran amigo fue Ricardo Mirand Borde, a quien le entregué “Tesis Rante” (uno de sus primeros textos). Así llegó a manos de Marcos Almada, su cuñado, al que yo había visto un par de veces. Después me enteré que a Marcos le había gustado esa historia. La secuencia continúa con trabajos realizados en su departamento, con charlas sobre libros y afines.
AG: —Hablame de la calle Argañaraz.
JCV: —La calle Argañaraz tiene una sola cuadra, del uno al cien, en el barrio Villa Crespo. En el número veintidós era la cita a las diez de la noche (Centro Cultural Pachamama), donde leería mi cuento “Punto G”. En el trayecto de ida, dos pensamientos se cruzaban intermitentes en mi cabeza, uno era la preocupación por la lectura, nunca había leído en voz alta y ante gente desconocida. Otro era mi intriga por esa calle y su historia tanguera, en algún lugar de esa cuadra funcionó hace más de un siglo, un prostíbulo tan famoso, que el gran Roberto Firpo le dedicó el tango homónimo. El impacto fue por partida doble: uno, que la casa tal vez fuera la que imaginaba, mandándome de un saque a un siglo atrás; otro, el nuevo mundo al que ingresaba de la mano de Marcos, su círculo de amigos, la literatura y la mágica bohemia latente, que sin distinción de sitio ni tiempo, juntó el antes y el después.
AG: —¿Cómo conociste a los Muerde Muertos?
JCV: —En la calle Argañaraz empecé a conocer a la alegre muchachada. Una noche, fumando un pucho en el patio, tras haber leído un cuentito, se acercó un flaco morocho de lanas rulientas y caídas, presentándose como Carlos Marcos, un Muerde Muertos.
AG: —¿Reemplazaste la carpintería por la escritura o ambas actividades llegaron a coexistir?
JCV: —La carpintería fue toda la vida mi lugar en el mundo. Mis trabajos exclusivos, personalizados, fueron la conexión con mi entorno, donde clientes y amigos fueron una sola cosa. Con ellos compartí las primeras experiencias de escribir y su desarrollo. En el viejo taller, tomando mate sobre un banquito, pergeñé y di forma, como si construyera un mueble, lo que después escribía sobre un escritorio ubicado en otro sector. Imagen que podes ver en cualquiera de mis videos hasta el número nueve. Sin este lugar, todavía estoy perdido.
AG: —¿En qué has estado últimamente?
JCV: —El año pasado estuve seis meses leyendo Rayuela. Por supuesto que de a ratos, porque era atractivo y pesado al mismo tiempo, pero al final le encontré la vuelta. Nunca pensé que podría comentar algo pero lo hice, y a principio de este año grabé el video (BookTubería Nº 10). Ahora tengo escrito el texto sobre Galletitas de Patricio Eleisegui, listo para grabar otra booktubería. (…) Lo escrito en los últimos tiempos son cuentos breves, que voy juntando con la idea de publicar. Ayer corregí y guardé mi “Tesis pincho: la raya más famosa del mundo”.
AG: —¿Qué ha cambiado la escritura en tu vida?
JCV: —Tengo ochenta cumplidos. Dicho al voleo: hace más de diez años que mi físico comenzó lentamente la amarga caduca; que la artrosis, que la hernia, la masa muscular, los divertículos y la mar en coche. Es lógico, no me quejo, sino que te cuento. A medida que todo mermaba, la escritura, que solo necesita de mi cabeza reemplazaba lo otro. Y renovado los bríos, sigo mirando el futuro, más en este momento que respondo a tus preguntas. Con orgullo, alegría y agradecimiento. Pensá que ahora formas parte de la buena muchachada que me brinda la escritura. (…) Yo digo que soy un carpintero que se propuso escribir cuentos, empiezo jugando con esto, me gusta, pongo empeño, trabajo y mucha paciencia. Me digo: hoy hasta aquí llegué, la idea es que lo próximo que haga supere lo anterior. Una cosa son muchas cosas, un cuento, un libro, otras formas de comunicar, el entorno, los lugares y la gente que se conoce, y más todavía, los nuevos amigos, a esta edad y en este tiempo resulta invalorable y maravilloso.

Diario Hoy Día Córdoba: “Llevar un pañuelo”

Sección Cuentos de Verano | Diario Hoy Día Córdoba | 30 de enero de 2019


Llevar un pañuelo | Por Fernando Figueras (*) | Escuchar Audio Cuento

El sol desparrama sus sombras en el jardín donde cientos de hojas verdes rodean a una flor inesperada. Un pájaro oculta su identidad cantando apenas un sonido. En otra ocasión, con una mañana como esta Nahuel hubiese salido a jugar.
Dentro de la casa la tía Luciana besa la frente de July, quien desde ayer no hace más que dejarse mecer, arrugar la cara de golpe y ponerse a llorar. Nahuel las mira mientras va y viene por el ambiente, incapaz de cambiar nada. Todos se han ido al velorio y se descubre más solo que nunca.
Busca amparo en las fotos colgadas en las paredes, sin saber si lo ayudarán a pasar el tiempo o lo sacudirán un poco más. Son tres imágenes de cuando era más chico, bien chico, tanto que aún nadie le pedía nada, un inútil sin culpa, de la edad de July ahora: aquella mirada enamorada en brazos de mamá, la aventura entre la espuma a orillas del mar, una risotada plena saliendo de su boca bordeada de chocolate. En ninguna de esas fotos se lo ve al padre, quien seguramente estaría detrás de la cámara corrigiendo ubicaciones, censurando gestos, pidiendo atención.
Pero el padre ya no va a pedirle nada más. Ni que le ponga manteca a su tostada —tanta que la imaginaba carnosa viéndolo morderla— ni que le alcance las ojotas, ni que le limpie los anteojos, pedido especialmente molesto, no por el favor en sí, sino por la dificultad para lograr un resultado óptimo, o sea, el resultado que el padre quería. La secuencia empezaba cuando se sacaba los lentes, los repasaba con la punta del piyama, los alzaba para controlarlos al trasluz y hacía una mueca de disconformidad a la que seguía el molesto “limpiámelos”, acompañado a veces de un “por favor”, que trasformaba al pedido en algo que no era una orden, pero,aun así, era inapelable. Nahuel jamás le dijo “¿por qué no los limpiás vos?” o cosa parecida. Negarse no entraba dentro de sus opciones. Si hasta ahí la situación era incómoda, lo que dejaba huellas más profundas era volver del baño con los anteojos mal lavados, con rastros del secado, marcas leves pero visibles que agriaban el humor paterno.
Entre todos aquellos pedidos había uno especial: el del pañuelo. Era fácil de cumplir, pero el más temido por Nahuel. El ritual comenzaba siempre de manera similar: una simple mirada del padre seguida de un gesto con el mentón le indicaban a Nahuel que debía ir a buscar el pañuelo lavado, planchado y guardado por la madre en el cajón de la mesita de luz en la habitación de arriba, pasando el vestíbulo, es decir, atravesando la oscuridad.
El vestíbulo era —además de una palabra insólita aprendida en esa casa— un pequeño cuadrado sin iluminación, innecesaria —según el padre— dada su condición de lugar de paso. A juzgar por su inacción, la madre estaba de acuerdo, así que Nahuel no tenía otra alternativa que no fuera cruzar esa negrura bien rápido, encogido, tocando lo menos posible las sombras que lo rodeaban. Llegaba tenso a destino, se apoyaba en el marco de la puerta, buscaba el interruptor del otro lado de la pared, un poco por arriba del nivel de sus hombros y lo apretaba. En este punto, con la habitación encendida, todo debía ser alivio, salvo por el hecho de que, al prender la luz, Nahuel veía una mano asomando entre las cortinas que cubrían las ventanas, más allá de la cama. Era negrísima, un racimo despojado y seco que se crispaba al ser descubierto y se escondía en los pliegues de las cortinas como un puño en un bolsillo. Sin embargo, no debía abandonar su tarea, eso lo tenía claro, así que ─más allá de sustos y temblores─ completó siempre la misión, bordeando la cama, sacando el pañuelo del cajón de la mesa de luz y desandando el camino hasta salir de la habitación. Al apagar la lamparita sentía un escalofrío en la espalda, una serpiente de hielo que se enroscaba en su columna y lo impulsaba a acelerar el paso por el vestíbulo y bajar las escaleras atolondrado para serenarse recién a mitad del descenso, pañuelo en mano, rodeado de claridad y con la familia a la vista.
Después del primer encuentro con la mano no dijo nada. Entró en un mutismo pronunciado que a nadie sorprendió; lo suyo nunca había sido el diálogo. Tal vez July lo sintió algo más distante, un juguete roto. Pero cuando se repitió el hecho, una vez entregado el pañuelo y terminada la cena, le contó a la madre lo que sucedía. Ella escuchó como quien escucha una leyenda y se agachó para explicarle que en realidad no había visto una mano; solo le había parecido verla. Luego le revolvió el pelo ordenándole la imaginación y siguió con lo suyo. Si esa era la respuesta de la madre, hablar con el padre no tendría mucho sentido, pero estaba tan asustado que decidió probar. Fue un error comenzar con que “le había parecido ver una mano”, obviar la descripción de detalles y rematar con un tono propio de quien duda de sus palabras. Todo quedó en una anécdota que el padre escuchó en silencio, sin moverse de su asiento, esperando el final para pedirle que le alcanzara el control remoto de la tele.
Anoche, estaban los cuatro abajo, en la cocina, la madre colando los fideos mientras derretía manteca en la sartén, July golpeando el plato con su cuchara de plástico, Nahuel y el padre sentados a la mesa esperando la comida. El chico deseaba solo una cosa: que papá no lo mirara. Si lo hacía, sería para pedirle que le trajera el pañuelo, así que Nahuel posaba la vista en el conjunto July-cuchara-plato, luego en el piso, enseguida en un ángulo cualquiera entre el techo y la pared, o simplemente sobre sus propias manos, como si con eso pudiese evitar el pedido. Deslizaba la punta de un dedo por el borde del vaso cuando el padre estornudó y el sonido actuó como una trampa haciendo que Nahuel, sin pensarlo, perdiera el control y lo mirara. Eso bastó para que el padre señalara las escaleras con la cabeza apuntando hacia arriba, y para que Nahuel supiera lo que tenía que hacer.Se levantó y caminó hacia allí con el pecho comprimido. La sequedad en la boca se le hizo evidente al pisar el primero de los once escalones entre los que se veían las fotos de infancia en estricta sucesión de mamá, playa y chocolate.
Al subir, los escalones se angostaron con el avance de las sombras. Nahuel respiró alzando por demás los hombros y resoplando. “No hay nada”, se repitió, como lo hacía siempre que llegaba al borde de la escalera, “no hay nada”, en un susurro incapaz de ahuyentar a ningún monstruo.
“No hay…”, dijo y se tragó la última palabra con la saliva de la angustia. Los sonidos cotidianos ─el agua cayendo en la pileta de la cocina, la gaseosa llenando un vaso, los cucharazos de July, la puerta de la heladera─ sonaban abajo, pero para él todo era silencio. Una vez más, el miedo lo había dejado a solas con su corazón que latía como el de aquel conejito de campo que, al alzarlo, palpitó una vez en sus manos, alborotado, frágil, sacudiendo la piel del animal.
Su corazón de conejo estaba aceleradísimo. Atravesó la oscuridad del vestíbulo, tanteó la pared de la habitación del lado interior y apretó el interruptor. En un mismo acto, la bombita se prendió y explotó, o tal vez solo explotó y la luminosidad del cuarto fue producto del estallido. En ese flash mínimo no alcanzó a ver nada entre las cortinas. “Dale Nahuel, que sirvo…”, apuró la madre desde abajo. El resplandor leve de la noche se colaba azul a través de las cortinas y hacía visible una porción del acolchado, apenas. Tenía que tomar el pañuelo de cualquier forma, y podía hacerlo en la casi penumbra, de memoria. Caminó por la habitación orillando la cama, como por un segundo vestíbulo, duplicando el tormento. A cada paso se le cerraba más la garganta; sentía la boca de madera. En el pecho resonaba un doble bombo vertiginoso que contrastaba con su lentitud al andar. Con brazos de sonámbulo tocó la mesa de luz. Controlando de reojo las cortinas, abrió el cajón. Metió la mano y al tomar el pañuelo sintió un apretón fuerte en la muñeca, algo rugoso y áspero. Un acento en el pecho lo derrumbó. Cayó sobre la cama, a medias azulado. En su mente, hubo un instante de apagón y quietud, un lapso ciego. De a poco empezó a salir del aturdimiento. Buscó alrededor algo que lo orientara. Tenía los ojos abiertos y ningún recuerdo de haberlos cerrado. La luz que venía de la escalera, más allá del vestíbulo, le sirvió de guía. Se incorporó sin dificultad, ágil de golpe otra vez y salió de la habitación. No tenía el pañuelo, ni la menor idea de dónde había quedado, pero no le importó. Iban a escucharlo, tendrían que entender por fin que no estaba imaginando nada ni hablando en broma. Atravesaba el vestíbulo cuando vio a su madre subiendo las escaleras, pronunciando su nombre con hartazgo contenido. Nahuel quiso explicarle la demora pero fue inútil, ni una palabra salió de su boca, ni un sonido siquiera. Ella apuró el paso y siguió de largo. Intentó encender la luz en vano, pero aun así algo alcanzó a ver, una escena que le hizo gritar de tal manera que levantó a su marido de la silla. Dando zancadas, el hombre llegó a la habitación y los gritos se multiplicaron. Nahuel, ignorado dos veces en la oscuridad del vestíbulo, regresó al cuarto con pasos blandos, sin el cosquilleo del miedo en la piel, su corazón sin redobles. Desde el marco de la puerta vio a sus padres en la cama, inclinados sobre su cuerpo. Le palmeaban la cara y lo nombraban entre llantos.

(*) Fernando Figueras (Buenos Aires, 1970). Profesor de Música y escritor. Publicó Ingrávido (Muerde Muertos, 2010), Quepobrestán (nouvelle divague) (Muerde Muertos, 2013), Haikus Bilardo (poesía y fútbol, en coautoría con José María Marcos) (Muerde Muertos, 2014) y Un duelo a cara de perro (novela para público infantil) (Del Naranjo, 2015). Participó en las antologías con los cuentos: Sequía (De Diez, Ediciones Al Arco, 2009, finalista en el Concurso Nacional Roberto Santoro); Cinco microficciones (Poca Cosa, 2012, Letra Sudaca Ediciones); Pileta rusa (Finalista del Premio Nacional de Literatura de Tres de Febrero, 2013); Todos los días menos mañana (Pretérito Absoluto, Colombia, 2013); Zombra (El libro de los Muertos Vivos, Ediciones Lea, 2013); y Todo por deshacer (Entre dientes, Pelos de Punta, 2013). Fue finalista del Concurso Nacional de General Alvarado 2017 con Mechas (Marafonas y otros cuentos). En 2015 y 2016 condujo el programa de radio Intelectoilets junto a Carlos Marcos, José María Marcos y Damián Scokin, cuyos audios y videos relacionados pueden disfrutarse en Muerde Muertos. El realismo delirante, el terror y lo fantástico, pero también el detallado realismo cotidiano, son los elementos que componen la ficción de Fernando Figueras. Es un autor que apuesta por los géneros y uno de los pocos que hay cultivado el western en la Argentina.

Diario Hoy Día Córdoba: “Había algo allá afuera”

Sección Cuentos de Verano | Diario Hoy Día Córdoba | 15 de enero de 2019


Había algo allá afuera | Por Pablo Martínez Burkett (*)

Todas las noches, luego de encender el sistema de alarmas, tengo que abrir la puerta de mi casa para que el circuito se active. No hay peligro alguno porque vivo en un barrio rodeado de alambrado olímpico, puesto de guardia en el acceso y rondines de seguridad por las calles internas. Eso me permite estacionar el coche cruzado, a dos metros de la entrada. Aquí, en las afueras de la ciudad, puedo llevar una vida reposada y sin muchas relaciones al punto que, para exiliar a los vecinos, me compré todos los lotes linderos. No es por nada, pero disfruto mucho de mi soledad. He sabido administrar con recato una herencia y soy de gustos más bien recoletos. Salgo lo mínimo indispensable para abastecerme y comprar algún libro. Prefiero la realidad que encuentro en la literatura a la ilusoria existencia del mundo sensorial. Mayormente, ocupo las jornadas leyendo las queridas páginas. En verano, bajo el sauce; en invierno, ovillado junto a la chimenea. Una exquisita selección de música barroca es mi única compañía, salvo una señora que hace la limpieza y me consiente en las comidas. No necesito nada más.
Antes de acostarme siempre verifico que todo conserve el orden preestablecido, acomodando cada objeto en la posición exacta. Una errada perspectiva llevaría a catalogar mi conducta como trastornada. Pero no. Son simples precauciones que tomo. No hay nada de malo en revisar tres veces las llaves del gas y dos, la caldera. Tres y dos. O controlar que ventanas y puertas estén clausuradas. Sé que en mi celo reposa buena parte de la perpetua identidad de las cosas. Y la ceremonia nocturna sólo se completa al activar la alarma.
La noche de mi condenación, introduje satisfecho la clave y abrí la puerta. Un hedor nauseabundo me hirió la nariz. Me pareció entrever un bulto sobre el coche. Unos perros gruñían a lo lejos. Convencido de que no había sido más que un engaño de los sentidos, me apresuré a cerrar y a subir.
El día siguiente se sucedió sin sobresaltos, pero al llegar la tardecita, me encontraba infrecuentemente agotado. Comí de modo frugal y quise irme a descansar temprano. Apuré el examen. Tecleé los números y entonces recordé lo sucedido la noche anterior. ¿Será que una distracción ha desencadenado lo aborrecible? Aunque abrí cauteloso, me demoré un poco más, lo suficiente como para comprobar que nuevamente allí estaba. Atranqué con precipitación y me quedé apoyado contra la puerta, mientras intentaba que el corazón se aquietara. Los perros ladraban enloquecidos. No podría describir qué era, pero sin dudas, algo estaba sentado sobre techo del auto. Era oscuro, erizado, y sobre todo, con unos ojos que llameaban en la penumbra. Y no, no era un gato. Tampoco una comadreja. Era algo más grande y menos concreto. Y olía a cloaca. La aceleración de los pitidos anunciaba que pronto el sistema quedaría armado. Estuve tentado de permanecer así, para que se disparara la alarma y vinieran a rescatarme. Subí corriendo y me metí vestido en la cama. Un chasquido más largo me garantizó la protección del mecanismo electrónico, pero la tranquilidad no duró mucho. Unos arañazos sobre la chapa, quizás un bramido, me atravesaron el alma. Salté del lecho y febril, atisbé por la ventana, primero guarecido tras la cortina, luego directamente, a través del vidrio. No vi nada. Me felicité. Si llegaba la policía para conjurar los estragos de lo que no está, la conspiración de los vecinos hubiera quedado justificada.
Pretendí explicar la aparente ceguera, culpando a las ramas de un liquidámbar que entorpecían la vista. Era impostergable su poda. Como ninguna precaución es suficiente, lo mandé a talar. Consternado, comprendí que en otoño ya no disfrutaría del concierto en ocre, amarillo y bordó, pero me resultó imperativo negar albergue a tan alevoso asaltante. También me comuniqué con la compañía de alarmas. Hice certificar la sensibilidad de los censores. Fue preciso adicionar una suculenta propina porque era la quinta vez en el año que los citaba. Ni así logré conmover el malhumor de los operarios. Últimamente hay cada guarango a cargo de la atención al cliente.
Con todo, me había olvidado de la visita de unos sobrinos que, con la excusa de presentarme a su primogénito, venían a examinar mi estado de salud mental. Como si no supiera que se quieren quedar con la propiedad y ya se figuran viviendo en ella. La inoportuna presencia no me privó de observar mi liturgia, pero no pude prender el sistema. Sé que son capaces de cualquier artilugio para despojarme de la casa y no quise afrontar lo que había ahí afuera con los parientes dentro. De todas formas, me quedaba el atalaya de mi cuarto.
Aunque era una gran burrada, abrí la ventana. Como no conseguía ver, asomé casi medio cuerpo. Los perros estaban enardecidos y la pestilencia me dio arcadas. Se redoblaba la codicia de lo maligno. Me acosté y mal dormí las dos noches que duró la revista familiar. En ambas noches, me desperté cuando el reloj marcaba las 3.33 de la madrugada. Era otra señal, otra certeza de que lo abominable reclamaba su trono. En la mañana, si bien no hubo forma de evitar que me exhibieran las monerías del pequeño energúmeno, igual me las arreglé para dedicarle tiempo a toda clase de cálculos numéricos deseando descifrar el augurio. Probé cuanta alquimia pudo concebir mi pobre matemática, aún el significado de los sueños en la quiniela, pero fue inútil.
Por suerte se marcharon, satisfechos de verme tan alterado. Ni les presté atención. Ahora tenía cosas más importantes que resolver porque producto de las pesquisas científicas, sabía que era el plenilunio. Por fin quedaría expuesto aquello que me hostigaba. De la excitación, no pude probar bocado. Ni siquiera un libro de Cortázar fue suficiente para mantenerme ocupado.
—Lo único que me falta —pensé no sin una cuota de impudor— mi mente está representando una versión anómala de “Casa Tomada”. Procuré calmarme repasando las diferencias: yo vivo solo y nunca fui un pollerudo. No escucho ruidos dentro de la casa, sino que vengo tolerando la amenaza de unos ojos repugnantes. Pero, por sobre todas las cosas, no estoy dispuesto a abandonar mi hogar. Pese al repetido espanto, voy a confrontar al usurpador.
Despedí con anticipación a la mucama. Me hizo jurarle que me sentía bien. Mientras aguardaba la hora precisa, me abismé en el terror al descubrir que estaba indefenso. No tengo crucifijos ni imagen religiosa que blandir (en realidad, carezco de fe donde guarecer mi orfandad). No poseo armas de ninguna clase, salvo los cuchillos de cocina. Desahuciado, peregriné por las habitaciones. Del minucioso escrutinio, decidí descolgar una réplica de la espada del Mío Cid. Quizás hubiera sido mejor un ínfimo cuchillo. Al menos tiene filo.
La espera había acabado, era tiempo de salir. Abrí con urgencia, confiando en tomar por sorpresa a las fuerzas hostiles, pero ni aún con la luz de la luna llena conseguí enfocar. Los perros aullaban como poseídos. De repente, estalló el olor infernal y luego, un par de brasas centellaron a menos de dos metros. Fue un instante de hesitación. Un ardor me inflamó el cuerpo. Aferré la falsa espada y cargué a los gritos. Una carcajada me devolvía los tajos con los que vanamente hendía las tinieblas.
No estoy seguro, pero creo que un vecino me encontró tirado entre las columnas de la entrada. Cuando recobré el sentido, yacía en mi cama. Estaba incapacitado, supongo que bajo el efecto de un sedante. Alcancé a escuchar al médico cuchichear con la empleada y mis sobrinos detrás de la puerta. El veredicto me sonó vago.
Algunas palabras me indicaron que se hacían arreglos para depositar a una persona en un reconocido manicomio. No quise imaginar la sonrisa en los pérfidos rostros y antes de dormirme, me desentendí del asunto. Ya era la vida de otros. Otros, que tendrían que lidiar con algo que había allá afuera.


(*) Pablo Martínez Burkett. (Santa Fe, 1965). Abogado, autor de Forjador de penumbras (Galmort, 2011); Los ojos de la divinidad (Editorial Muerde Muertos”, 2013) y Mondo cane (Editorial Muerde Muertos, 2016). Ha participado en una decena de antologías y ha obtenido premios en una docena de concursos. Desde 2017 es uno de los socios de Evaristo Editorial. Colabora con regularidad en la revista miNatura, Kundra, Guka y Trenisonmne, entre otras. También en Periódico Irreverentes de España. Ha publicado en las principales revistas de terror y ciencia ficción del habla hispana. Tiene un blog y una página web. Autor recurrente de las revistas especializadas en géneros, Pablo Martínez Burkett conjuga en su obra el amor por las lecturas de Borges, Lovecraft y Laiseca. Inclinado por el formato breve, sus cuentos tienen remates duros, cuyo impacto dramático se atenúa en el barroquismo de la prosa.

Con Lai hasta el fin del mundo

Escribe: Julieta Heredia (*). Publicado el 22 de diciembre de 2018 a dos años de la partida de Alberto Laiseca (1941-2016).

Hace unos días soñé con un muerto... Soñé con Lai. Alberto Laiseca, el señor grandote de bigote que salía en plano contrapicado en I-Sat leyendo sus terribles cuentos de terror. No sé por qué soñé con él, traté de encontrar el resto diurno que lo puso en mi cabeza pero no lo encontré. A la mañana siguiente me enteré que estábamos en vísperas de su muerte. Se ve que ya había bajado (o subido) a festejar. Tenía su pulóver bordó, su cara en sonrisa fresca y alegre, y la liviandad del que ya no anda con los pesos de esta tierra.
A Lai mucho no lo conocí, pero me gusta decirle como le dicen sus amigos. Digo mucho, pero capaz que lo conocí un montón. Con él hice un viaje. Un viaje en tren. Hacia el fin del mundo. Así decían. Poetas, escritores, artistas, periodistas, docentes, estudiantes, algunos vagones: dos pullman, un camarote, el vagón cine proyectando sin parar, el comedor y uno turista sin butacas que exhibía dibujos, comics o historietas en medio de una nube de polvo que se filtraba por los agujeritos sin tornillos que otrora sostenían los asientos. Era un tren para nosotros. Fueron dos días, o tres. Íbamos a asistir, estábamos asistiendo al momento creativo. Un viaje fantástico con cierta fascinación por la Patagonia. La idea era escribir, conversar, contarse cuentos y escribir. Encontrarse viajando. Creo, aunque estoy segura, que en ese viaje se me dio la maldición de Letras. O el hechizo. Y creo, aunque estoy segura, que la atadura se me cortó hace no mucho, capaz con alguno de estos que viajaron cerca, pero no me enteré.
De lo que más me acuerdo de ese viaje era de Laiseca. Había más famosos —para mí él sí lo era—, pero yo no los conocía. O sí, y quedaron totalmente eclipsados por la presencia del gigante. Era grandote en serio y a mí me parecía inquietante. En Jacobacci lo recuerdo sentado en medio de las gradas después de un cordero, siempre con un vaso a la mano para refrescar la garganta, mirando en silencio, sentado al lado de su amor, una joven capitalina que conoció en el trance de las vías. Donde estábamos, yo lo buscaba con la mirada a ver qué hacía. Quería ver qué hacía el escritor, el gigante.
Tuve la suerte, tiempo después, de conocer a uno de sus amigos entrañables, de esos a los que el tiempo los hace familia —Juan, tan presente para Lai— y de asistir a la presentación de la versión reeditada que sacó Muerde Muertos de su Manual sadomasoporno (ex tractat). Más suerte tuve aún, de ir a comer después con ellos y de estar ahí, así como miraba al monstruo en las gradas, rodeada de los afectos e historias del queridísimo Lai que iban de una punta a la otra de la mesa junto al plato de fainá. Hoy se cumplen dos años de su muerte.
Te han querido bien en esta tierra, dulce Lai. Doy fe.

(*) Investigadora y docente de Letras de la Universidad Nacional del Comahue, coordinadora y editora de Malvinas en el aula. Una propuesta desde la literatura, en el marco del CONICET.

Muerde Muertos en el Ciclo Golos

En el 2018, autores del sello Muerde Muertos participaron del Ciclo Golos. El viernes 21 de septiembre leyeron: Pablo Martínez Burkett y Fernando Figueras, junto a Martín Kohan, Sonia Budassi, Cintia Lapere y Mariana Travacio. En el cierre del año, el viernes 7 de diciembre, fue el turno de los hermanos José María y Carlos Marcos, junto a la ilustradora Clara Riaver; la pianista y cantante Mayra Cordonnier; y los escritores Julián Urman, Christian Kupchik, Eduardo Goldman, Gabriela Cabezón Cámara y Yamila Begné. Organizan Golos: Evelina Vishnevskaya, Marcelo Utje, Valentín Cacault, y Hernán Pueyrredón, a quienes les agradecemos la invitación y los felicitamos por el crecimiento del ciclo. Las fotos de Pablo y Fernando son de la fanpage de Golos, mientras que las de los hermanos Marcos pertenecen a Dolores Larange. Los encuentros tuvieron lugar en Puerta Medrano (Medrano 688, CABA).