Hace mucho frío cuando Artaud el Muerde Muertos es quien sopla | Manifiesto Artaud de Todo

#FED21 | Stand 100: Muerde Muertos/Ayarmanot


Los sellos Muerde Muertos y Ayarmanot participarán con el Stand N° 100 de la Feria de Editores 2021. Tendrá lugar viernes 1, sábado 2 y domingo 3 de octubre, de 14 a 20 horas, en el Parque de la Estación (al aire libre sobre la calle Perón, entre Gallo y Anchorena), en la ciudad autónoma de Buenos Aires. Entrada libre y gratuita. Habrá charlas y talleres. +Info

4 de Terror | Sack, Pérez, Sonego y Sola


El viernes 24 de septiembre de 2021 se estrenó un nuevo episodio del Ciclo 4 Lecturas de Terror. En la ocasión, Nicolás Sack, Ezequiel Pérez y Mariana Sonego leyeron textos de su autoría, al tiempo que José María Marcos compartió un texto de María Sola. Curaduría: Pablo Martínez Burkett. Dirección: Juan Diego Bellocchio. El episodio puede volver a verse por el canal de YouTube de la Legislatura porteña.

El Lugar de lo Fantástico | Olvidemos todo de una vez

Reseña de Olvidemos todo de una vez (Muerde Muertos, 2020) de Fernando Figueras. Por Lucas Berruezo para El Lugar de lo Fantástico. 1° de septiembre de 2021.
Con Olvidemos todo de una vez, de Fernando Figueras, cierro la serie de reseñas de los libros que Muerde Muertos editó en 2020 para conmemorar sus diez años de vida, y que además incluye Desatormentándonos de José María Marcos y No obstante lo cual de Carlos Marcos. Al igual que estos dos títulos, el de Figueras también hace alusión al rock nacional, específicamente a la canción “Estertor” de Babasónicos. De esta manera, la literatura tiende su red no sólo en su propio campo, hacia otros libros, sino que también se expande hacia la música, como queda dicho, y hacia la pintura, con sus tres portadas extraídas de obras de Alejandro Marcos. En conjunto, los tres libros forman un trinomio perfecto, que reclama unidad, pero que sorprende y se disfruta por separado. Teniendo en cuenta este costado musical, podríamos decir que Olvidemos todo de una vez es una gira mágica y misteriosa, en la que no falta el delirio (tan exquisito cuando se trata del delirio de Figueras), ni la violencia, ni el horror, ni, tampoco, el amor. En los siete cuentos que conforman el libro (más el prólogo, que bien puede ser visto como un relato más), el lector experimenta todas las emociones dignas de aprecio que la lectura puede despertar: risa, empatía, miedo, impresión, inquietud, horror, tristeza y risa de nuevo. Al terminar la lectura, uno se pregunta cómo se pudo leer tanto en apenas un libro. 
Comencemos el viaje por esta cartografía impredecible, sorprendente, total. Recorramos un poco Olvidemos todo de una vez: 
—El “Prólogo para cantar” es ya una muestra de la virtud de Figueras para plasmar escenarios ingeniosos e hilarantes. Acá, el narrador nos cuenta sobre sus extrañas noches, acompañadas de personajes un tanto peculiares. Una joyita con un cierre formidable.
—“El sabor del reencuentro” esgrime lo mejor de Figueras. Un amor que dejó de ser volverá a nacer en las circunstancias más curiosas e insólitas. Se requiere del lector una mente abierta y una mirada profunda del amor.
—“Pileta rusa” representa un hallazgo narrativo, al tiempo que exhibe una originalidad sádica y brutal. Uno de mis cuentos favoritos.
—“¡Ole!”. Un hombre que haría cualquier cosa con tal de recuperar a su amor perdido, incluso contratar los dudosos servicios de un brujo. Los desafío a leerlo sin reírse. Yo no pude.
—“Río de Janeiro” nos sumerge en una versión oculta de Buenos Aires, donde un viaje en subte puede conducir a túneles desconocidos y a experiencias sensuales cercanas al éxtasis. Para los amantes de las conspiraciones.
—“Mechas”. Una vez más, el amor perdido en el pasado surge como amenaza concreta en el presente, en este caso en forma de mechas. Un texto que con pocas palabras dice mucho. Incluso, me animaría a afirmar que lo dice todo.
—“Llevar un pañuelo”. Un ejemplo de lo que es un relato de terror perfecto. No quiero decir nada para no spoilear. Sólo diré que es otro de mis favoritos.
—“Taj Mahal” es el cuento más largo del libro. Es, también, una especie de leyenda, que nos abre los ojos sobre el origen de una realidad que todos sufrimos alguna vez, pero de la que ninguno pudo desentrañar su causa: ¿por qué los albañiles nunca terminan sus trabajos? Después de este relato, podemos esperar un nuevo equilibro en el universo.
 Con este breve repaso, ya podrán ver la multiplicidad de experiencias que les espera. No pierdan la oportunidad, lean Olvidemos todo de una vez de Fernando Figueras. Raramente la literatura nos ofrece tanto en un solo viaje.
 
Sobre el autor: Fernando Figueras nació en Buenos Aires en 1970. Es escritor y docente. Publicó el volumen de cuentos Ingrávido (Muerde Muertos, 2010), la nouvelle divague Quepobrestán (Muerde Muertos, 2013), el poemario Haikus Bilardo (en co-autoría con José María Marcos, Muerde Muertos, 2014) y, orientado al público infantil, el western Un duelo a cara de perro (Del Naranjo, 2015) y los libros de relatos Tarjeta roja (Huentota, 2019) y Ardillas (Otero, 2020). La compilación de cuentos Olvidemos todo de una vez salió en 2020, conmemorando los diez años de la editorial Muerde Muertos. En 2021 vio la luz su novela juvenil Oro en el viento, que puede oírse por YouTube en formato de video, leído por treinta escritores contemporáneos.

4 de Terror | Guzmán Pineda, Bellariousse Motta & Chaija


Con lecturas de Maximiliano Guzmán Pineda, Grendel Bellariousse, Marcelo Motta y Patricio Chaija se estrenó un nuevo episodio del Ciclo 4 Lecturas de Terror, el viernes 3 de septiembre de 2021. Dirección: Juan Diego Bellocchio. Curaduría: Pablo Martínez Burkett. Puede volver a verse por el canal de YouTube de la Legislatura porteña.

El horror de Providence | Nill dialoga con Chaija


El jueves 2 de septiembre de 2021 Marina Nill entrevistó a Patricio Chaija con motivo de la salida de El horror de Providence (Muerde Muertos, 2021). Facebook Live de Marina.

YA LLEGA | “Útero de cemento” de María Sola


Útero de cemento (Muerde Muertos, 2021) de María Sola. Cuentos, 216 páginas. 22,5 x 15. Ilustraciones: María Sola. ISBN: 978-987-8400-04-4.

En este libro de María Sola, lo fantástico desafía la realidad que se torna excéntrica, mágica, peligrosa, igual que un virus inimaginable. Como moscas inquietas, los textos asaltan nuestros cuerpos y susurran al oído invitándonos a su adhesión. 
En la abarcativa argumentación de estos cuentos, se hacen presentes las personas mayores para avisarnos de lo ilusorio de la vida, y asoma el amor que puede suceder entre esculturas de hielo, en la resonancia del chelo y en la búsqueda de una amiga, aunque haya que atravesar el peligro de la puerta y de la procesión. 
María Sola, con frases entrecortadas que nos detienen la respiración, convoca a los lectores a jugar al rey desnudo y propone que encontremos el hilo en la vacilación misma para conducirnos por el camino del bosque que nos busca.
Susana Szwarc

Escribir es darle forma a nuestras obsesiones, es empecinarse en la posibilidad de llegar al centro del misterio que alienta a vivir. Así avanzan los personajes de María Sola en Útero de cemento, como ella misma mueve el lápiz y agrupa palabras, con la terquedad de quien intuye belleza detrás de la bruma y busca una suerte de felicidad que carece de nombre pero que advertimos al  contemplar sus dibujos y al leer estos relatos.
José María Marcos

El éxito del terror | Por qué nos gustan los libros que nos ponen la piel de gallina en “Hoy Nos Toca”

 

Pablo Martínez Burkett y Ariel Bosi estuvieron conversando en el programa Hoy Nos Toca sobre el género de terror junto con Victoria Casaurang y Daniel Campomenosi, invitados por Héctor Jacinto Gómez, en el Canal de la Ciudad, el jueves 26 de agosto de 2021. Una charla imperdible.

10 años de Editorial Muerde Muertos | Literatura rockeada

Por Fernando Farías, Juan Manuel Rizzi y Sergio Massarotto | La Acacia | 20/08/2021
Pappo y Luis Alberto Spinetta en sus comienzos.
10 años de editorial Muerde Muertos: literatura rockeada desde el horror, el erotismo y la fantasía 

Uribelarrea —un pueblo turístico a 90 Km. de la Capital con entrada sobre la Ruta 205, los fines de semana una larga hilera hormiguitas viajeras—, además de la cerveza y la picada, el dulce de leche, el lugar de descanso de Ceferino Namuncurá, Macedonio Fernández y otras ficciones, es cuna del nacimiento de la Editorial Muerde Muertos, que cumple diez años de vida. Carlos Marcos (1972), el creador junto a su hermano José María Marcos (1974), en el prólogo a su libro No obstante lo cual, escribe: “De la misma manera en mi pueblo Uribelarrea —siempre hay que nombrar Uribelarrea en los prólogos, varias veces: Uribelarrea, para que sean tres y traiga suerte—, es conocida la anécdota de Valdés, que varios años antes de construir su casa ya había comprado todos los ventiladores de techo para el futuro hogar. No tenía ni los cimientos ni las paredes, pero ya tenía solucionado el tema de la ventilación de la nada misma”. De esta desproporción, característica de los pueblitos de provincia cuya condición es el aislamiento, nace su turismo y la literatura: “instantes de ensueño” cuando “nuestro rostro se asemeja tanto a un rostro tallado en buena madera…que espanta”, descripción que el autor-editor extiende a la propia editorial. “Con la intención de ponerle un poco de rock a la literatura” la editorial, en 2020, acometió la publicación de sus tres autores fundantes hace más de diez años: los mencionados José María y Carlos Marcos, y Fernando Figueras (1970), con títulos del rock nacional. Tres colaboradores de La Acacia suben el volumen.

Desatormentándonos de José María Marcos | por Fernando Farías



Sangre de pulpo, mate y un castillo en medio de la llanura

Terror en lo profundo

A comienzos de este siglo había un ciclo de cine los sábados a las 22 por Telefé. Se llamaba Terrormanía y lo presentaba Axel Kuschevatzky, reconocido periodista, productor y guionista. Yo iba a la escuela primaria y gracias a ese ciclo conocí joyas como El día de la bestia y En la boca del miedo, que me asustaron feo. Otra película que me pegó fuerte fue Aguaviva. Terror en lo profundo. Sus momentos ultrasangrientos me espantaron y fascinaron en el mismo acto. El lunes siguiente del estreno, con mis compañeros comentamos esa gema donde un pulpo gigante se morfa a la tripulación de un barco-casino. Me enganché tanto que, en una repetición, aproveché y la grabé en VHS. Ni bien apareció Axel Kuschevatzky en la pantalla, apreté rec. Pasó papá y me dijo: “¿Lo vas a grabar también a este?”. “Sí”, dije. Recién hoy entiendo por qué: si bien los chistes de Kuschevatzky no me hacían gracia, necesitaba tenerlo en la cinta. No era sólo grabar Aguaviva, era vivir Terrormanía, conservar ese ritual de los sábados a la noche para cualquier día de la semana.
Años después, navegando por internet, me reencontré con Aguaviva. Estaba en mala calidad y doblaje latino, igual que en mi VHS. La volví a mirar y corroboré que se trataba de una obra Made In Pantano, pero no me dio miedo. Todo lo contrario. Los años de la película y los míos me habían pasado factura. Ya no me aterrorizaban ni el pulpo ni los tentáculos con dientes. Pero qué importaba: ahora podía pasarla bomba con sangre falsa, insólitas actuaciones y anticuados efectos especiales dando vida a esa quimera fermentada.

Risas macabras

Creo que para disfrutar de una película o libro de terror no hace falta asustarse, asquearse o escandalizarse. En eso estoy de acuerdo con José María Marcos, autor de Desatormentándonos (uno de los recientes títulos publicados por la editorial Muerde Muertos), quien en más de un ocasión dijo que “lo central en el cuento de terror no es el efecto que provoca, sino el hecho de alumbrar nuestra parte oscura”.
Los escalofríos que laten en estos diez cuentos están impregnados de un sentido del humor macabro. Casi puede escucharse la risa de Marcos haciendo eco en un castillo abandonado azotado por vientos implacables, tecleando en una máquina de escribir oxidada y con un mate a su lado.
Lo atroz habita en personajes con una crueldad amarga y realista: científicos locos muy obstinados, señoras que llegan a la autodestrucción con tal de obtener un instante de amor y, cómo no, fantasmas soñadores, muertos no tan muertos, sirenas con apetitos carnales, caracoles de baba mortal y sociedades secretas amantes de la necrofagia. Hay animalitos bonsái, zombis borrachines, curas metálicos, tías que aman julepear a sus sobrinos y hombres que se alivian el hambre de la forma menos pensada. En pocas palabras, Desatormentándonos presenta un desfile de sobresaltos que estremecen a la vez que estimulan la sonrisa nerviosa y una extraña empatía. Como dice Mariano Buscaglia en la contratapa: “La narrativa de José María Marcos tiene el encanto de los buenos narradores de cuentos, ese no sé qué folklórico que anuda el terror con lo grotesco, sosegando los excesos con el sempiterno humor negro de los hombres de campo: la frase justa y de ingenio afilado”.
Marcos despliega sus figuras confiando en las palabras que podría emplear un abuelo para atemorizar a sus nietos, o un jefe a sus empleados. Así allana el camino para que las tramas se desarrollen a veces con conclusiones trágicas, aunque con relámpagos donde las ironías del destino acercan esa desventura a un sarcasmo que recuerda a los cuentos de Ambrose Bierce o al cine de Demián Rugna. Desatormentándonos —que toma el título de un disco de la banda Pescado Rabioso, liderada por Luis Alberto Spinetta— abreva en la tradición del cuento de terror desde una perspectiva criolla y atrapa con horrores que invitan a mirar el vecindario con otros ojos.

Una linda forma de desatormentarse

Leer es un laburo. La imaginación no se pone a trabajar sola, es el mismo lector quien debe meterle ganas. En cada lectura gravita el componente personal. Por eso, si bien a simple vista el libro Desatormentándonos y la peli Aguaviva no tienen mucho que ver entre sí, veo una conexión. En mi imaginación, la sangre que se escurre de las páginas es igual a la que el pulpo gigante deja tras su paso por el barco-casino y las expresiones de los protagonistas de papel se asemejan a las de los actores perseguidos por tentáculos, mientras que los zombis pueblerinos lucen piel de cinta VHS y brillan en tecnicolor. Cada uno elige cómo poner a trabajar su fantasía. Yo disfruté de este libro con un vasito de whisky y el primer disco de Güemes y Los Infernales de fondo. Casi como la ceremonia de mirar Terrormanía los sábados a las 22. ¡Esa sí qué es una linda forma de desatormentarse!

Olvidemos de todo un vez de Fernando Figueras | Por Sergio Massarotto


Mezclando terror, fantástico pero también grotesco, Fernando Figueras consiguió en Olvidemos todo de una vez un libro concreto que reúne siete cuentos cimentados en argumentos ingeniosos, que redondean y garantizan una lectura rápida y entretenida. Amores extremos, hechizos, transformismo, distopías siniestras y otras elaboraciones fantásticas tejen las historias que se dejan leer fácilmente, en una o dos sentadas de tren, subte o colectivo. Pero además hay preguntas humanas que recorren uno a uno los cuentos y que trascienden a la lectura inmediata y genérica. Así la cuestión del cuerpo propio y el género sexual en el primer cuento “El sabor del reencuentro”,  el cinismo escondido bajo el show de “Pileta rusa” o la curiosidad y el deseo del misterio, de que haya algo más que lo aparente, en “Río de Janeiro”. Pero quizás sea en el grotesco de su último cuento, “Taj Mahal”, donde la voz de Figueras encuentre su mejor lugar. Lejos del sexo explícito —que ya es una piedra demasiado gastada y por lo tanto difícil que produzca “fuego”— pero sí de la sugerencia, la ironía y la especulación, el autor logra tocar el nervio de dos o tres grandes problemas universales y también argentinos como la corrupción, el destino y las opciones de la pobreza y las consecuencias oscuras de, por un lado, los discursos políticos que se argamazan a lo largo décadas solucionando poco y nada, y por otro, el acostumbramiento, la aceptación y la resignación de la sociedad frente a los mismos que en lugar de rebeldía lleva a aceptar cansinamente un estado de cosas no ya injusto sino siniestro. Una realidad triste y descaradamente posible que bien puede dar a luz, otra vez, a fantasmas y zombies que concreticen las frustraciones más profundas del andar humano, para que no le estallen desde el inconsciente. “No puede ser que con agua se lave la sangre”, cantaba Color Humano en Hace casi dos mil años en una poética hermética pero que se abre lo justo para iluminar y conectar con “Taj Mahal”. Creo que es una buena canción para poner cuando se termina de leer el cuento y por lo tanto todo el libro. Editó Muerde Muertos, para la colección Ni Muerde Ni Muertos, 85 páginas.

No obstante lo cual de Carlos Marcos | Por Juan Manuel Rizzi

“La gente cree que todo se resume al aroma, colores, sabores, braguetas, escotes, tacos, miradas, pura puesta en escena cuando sólo se trata de palabras”. (Carlos Marcos, “Un ángel pasa...”)

Un libro de relatos “para ser dichos, para ser narrados, para ser contados” que comienza hablando pestes de los encuentros literarios. ¿Qué es un libro? La publicación de un libro está cada vez más ligada a situaciones particulares de la vida de su autor —no sólo ni principalmente literarias sino sobre todo económicas y relacionales—, y este no es la excepción. Rara vez el libro es un hecho artístico. Muerde Muertos y Carlos Marcos en particular quieren nadar contra la corriente. Carlos inventando géneros y géneros: la mixtorieta Inmaculadas (Muerde Muertos, 2010), donde escribe y dibuja a la vez; escribiendo una novela junto a su hermano José María Muerde muertos (Muerde Muertos, 2012); consintiendo ilustrar Los sorias de Alberto Laiseca por muchas manos con sólo los títulos de los capítulos: iluSORIAS (Muerde Muertos, 2013); y ahora al reunir relatos para ser dichos, dijimos, un anacronismo, un desfase que hacen al libro otra cosa que sí mismo; un acto de rebeldía, una zona intermedia entre lo posible e imposible desde donde todavía hay para decir. “¡Odio los ciclos de lectura y la vanidad de los escritores en los encuentros literarios!”, la afirmación inicial en forma de paradoja (el libro no es otra cosa que leídos en encuentros), quiere decirnos que los encuentros humanos son demasiados importantes para diluirlos en literarios, porque ellos son, desde antaño, la literatura.
No obstante lo cual consta de seis relatos que muy genéricamente entran dentro de la literatura erótica, pero en Marcos se condimentan con el porno, el humor, la crítica, la bibliomanía y lo confesional. No es necesario leer a Georges Bataille para conocer las posibilidades del género: Carlos Marcos nos las sirve casi todas. “¡Pensar que durante toda su existencia, la mayoría de los hombres no han sido ni siquiera mujer!”, escribía Oliverio Girondo. El relato “Un ángel pasa…” es la exploración pormenorizada de esa posibilidad que entra por el sopor del sueño, un recurso que en Marcos se repite e identifica con el éxtasis, la erección y el ser vencido por el lenguaje procaz. El sueño de la razón produce monstruos, el sueño o la realidad de nuestra finitud también.
El relato “Castración” sigue en la vena del transformismo de un modo particular. El psicoanálisis asignará algún nombre al hecho de ponerle nombre al miembro, pero el que se llame Borges abre un sinfín lecturas que merecerían unas tetas llamadas Sarlo y Piglia. Esto que tienen los relatos de Marcos nunca lo podrá entregar el mero porno visual. Sabemos que la historia, la política, el procerazgo, la poética en definitiva, muchas veces se trata de resucitar muertos; la literatura puede denunciarlo o decirlo de otro modo. El pene —castrado— Borges es una página que merece un lugar junto a la Evita de Perlongher, el Sarmiento zombie de Michel Nieva, el velorio apócrifo de Roberto Arlt escrito por el mismo Piglia. Borges es miembro de un cuerpo, lo cual nos lleva, inevitablemente, a pensar en su lugar dentro de la literatura argentina: menester es castrarlo por su caprichoso e infinito deseo.
Mediante la anécdota de un supuesto inhibidor sexual que se recibía antes de la colimba (el autor recuerda que fue uno de los últimos en hacerla obligatoriamente), el relato “Aquel rayo de sol” finaliza en una serie de recomendaciones donde siempre, la procacidad, es una sugerencia a otro nivel, que dialoga con el gran estilo de la aforística, por ejemplo:
“#Ensaye besarle el culo a las promesas de integridad. Que son las hijas insumisas de la honestidad y la honradez. No pasará mucho tiempo hasta que pretendan besárselo a Ud”.
“#Juegue todas las veces que sea necesario a enseñame-tus-miedos que yo te enseño-mi-amistad. Luego podrán mostrarse la pija y las tetas con resultados mucho menos placenteros”.
“#Disfrutemos el momento, este momento y no cualquier otro. El que nos toca. El mundo no se extingue si nos perdemos un orgasmo. El infierno erótico implora silencio. Silencio y una infinita perspicacia”.
¿A quién le importa la vida de Carlos Marcos? El problema es que el relato confesional “Triángulo de Pascal” es uno de los más interesantes del conjunto. Erotismo clásico en medio de jornadas de psicoanálisis (Marcos es bibliotecario de la Escuela Freudiana de Buenos Aires hace más de veinte años) y la preparación —¿el erotismo no lo es?— de un escrito para un encuentro literario que una vez más, le aburren: “si no me excito con una idea soy un analfabeto”, “la ficción debería ir siempre por delante, altanera, galopando al infinito y no triste a la zaga de la realidad”, “pienso que es una idea maravillosa que los tomará de improviso llevándolos desde una trivialidad absoluta hacia algo bello”, algunas de las fórmulas, después de todo, que parecen funcionar. Hay que convivir con los libros para aprender a despreciarlos. Uno de los relatos del relato total finaliza con el lugar de las bibliotecas, sus pequeñas fundaciones o refundaciones, que describe dignas frente a todo esto. Son encuentros literarios sin vanidad, quizá sin escritores pero con lectores. Un proyecto lanzando a los años, de permanencia —¿la literatura no lo es?—: “Se preguntarán Uds. ¿por qué sonríe dios cuando el hombre funda una biblioteca, entonces? Dios sonríe porque sabe que los hombres harán de la biblioteca una selva primero, en crecimiento constante, en una progresión desmedida, y luego tendrán que enfrentarse a esa misma selva que abraza, que asfixia, que lo cubre todo, y más luego, si es que pueden, tendrán que construir (a veces a machetazos), tendrán que inventar (a veces a golpes de ingenio), tendrán que encontrar (a veces a ciegas o por azar) caminos que comuniquen la biblioteca con sus lectores. Y ahí sí, construyendo, inventando, encontrando esos caminos, el hombre sonreirá al fin por el simple hecho de encontrarse con otros hombres y no le importará que dios se ría de él y sus esfuerzos”.

Página/12 | La ciudad dorada



A John Huston 

Mientras se fuma un porro chupando whisky, Hormiga Verde recuerda una película que vio semanas atrás y que aún la tiene clavada en la cabeza. Trataba sobre la decadencia de un boxeador. Le gustó, a pesar de que la historia era muy depresiva. Recapacita que el título no tiene nada que ver con lo que se cuenta. La Ciudad Dorada… Nada dorado hay dentro de la peli... Un boxeador que bien pudo haber sido su padre, al que nunca conoció, pero de quien tiene una fotito guardada en algún lado. La buscó. Mostrársela a la Flaca para que ella sepa que él también tiene familia, o tuvo. La Flaca se puso contenta cuando él le dijo que sería corredor de autos. Te sentirás orgullosa de tener un marido campeón de fórmula uno. Ella le devolvió una sonrisa tan linda que él aún la guarda en el corazón. Muy duras eran las peleas de la peli. En el final, su padre, digamos, desde la mesa del boliche, mira al barman chino, allá, detrás de la barra; pero nadie habla; eso. Hormiga Verde se enlaza la bufanda y abrocha el abrigo. Apaga la computadora donde estaba viendo un portal porno. Guarda el barbijo en el bolsillo de la camisa. En la mochila que le cuelga del hombro mete al gato. Le pone la correa al perro. Sale a la calle para que los animales paseen y hagan sus necesidades. Hay cartoneros empujando sus carros, revisando la basura. Suelta el gato. Los tres se apoderan de la vereda. El perro caga; como no hay nadie a la vista, Hormiga Verde no levanta el desecho. Cuando el gato percibe algo amenazador, pega un salto a los brazos del amo; pasado el peligro torna a saltar a la vereda. Allí viene la encorvada vieja con su perrito; morirá triste, sin dejar recuerdos. Se saludan. Él pone cara de escuchar lo que ella le dice. Los perros se huelen el culo. Se despiden. Sigue unas cuadras más donde están los travestis. Se acerca al que fuma en la esquina. Paga unos sobrecitos de cocaína. Vuelve a la pieza. Al otro día, cumpliendo el plan de Goyo, mete el revólver en la campera y sube al auto para buscar a sus amigos. La lluvia anunciada ya se huele. Es una pena, porque se puso el jogging para correr un poco luego del trabajito. Primero levanta a Chupete, con su infaltable barbijo; cinco cuadras más allá, al Goyo. Mientras viajan, para ablandarse charlan de los detalles a cumplir y de la tormenta anunciada. Al cabo de un tiempo, Llegan. Sólo Hormiga Verde aspira cocaína, él se queda y Goyo y Chupete descienden del auto con los papeles de la encuesta. Tocan el timbre. Abre la mujer; antes de que tome conciencia de la situación es forzada hacia el interior de la casa. Pistola en mano, el Goyo, entre las súplicas de ella y la fulgurante voz del cantor de tangos que emite la radio, se sorprende al ver dos hombres merendando. Esto no figuraba en el plan. Rápido, el Goyo se anticipa juicioso: -Solamente queremos los dólares y toda la guita. La guita, y los dólares, y no lastima­mos a nadie, ¿eh?... Como si la escena se desarrollara en un recinto di­plomático, los hombres aceptan la realidad. La aceptan con tan sencilla calma, que los asaltantes no recelan. La mujer, muda del susto, se acomoda en un sillón. El gordo pide sólo respeto, y el pelado expresa que él sabe perder. Los muchachos se sienten seguros porque están entregados a la ideología de las armas. Reinaldo, el gordo, calma a su mujer; con las manos en alto admite que todo está bien, muchachos… El pelado va a la pieza a buscar el dinero y los dólares. Ni Goyo ni Chupete lo acompañan, se sienten seguros con los rehenes. Ganador, el Goyo arrebata una medialuna de la mesa y cuando el sabor de la grasa-dulce se apodera de su paladar, reaparece el pelado con una carabina de repetición. El mérito es de quien empieza. Los balazos suenan como martillazos rabiosos. Chupete es herido y el Goyo dispara con su pistola hiriendo en el brazo al pelado. Alcanzada por una bala perdida, la mujer se zambulle en la cocina. El gordo sorprende con el buen uso de una pistola inesperada, reluciente y categórica. Afuera, esperando dentro del auto, Hormiga Verde escucha los disparos, éstos se extienden al discrepar con la paz del barrio; llama por el celular sin que atiendan. El Gordo se tirotea con el Goyo. Un tiro de la carabina le da a Chupete y lo obliga a soltar el arma. Los dos asaltantes escapan. El Gordo Reinaldo y el Pelado los siguen y ven que se dirigen al auto estacionado enfrente. El Pelado le dispara al que sin duda es el campana que, a su vez, hace lo propio. Al ver que Hormiga Verde está en dificultades, el Goyo y Chupete sa­ben que cada uno debe arreglárselas por su cuenta y cambian de meta corriendo y chorreando sangre como si estuvieran siendo acosados por una estampida de bes­tias prehistóricas. El Pelado los sigue detrás, puteándolos y apretando el gatillo con saña. Hormiga Verde sufre algo que no define; irreflexivamente, lo mismo que el boxeador ya nocaut, logra ponerse de pie y sonríe; sólo por instinto se precipita hacia el lado opuesto al de sus compañeros. El Gordo Reinaldo le acierta el segundo balazo y corre a meterse en la casa para saber de su mujer. El Pelado no deja de disparar su carabina. Sin decorados acorde, Goyo y Chupete caen sin estética, muy deslucidos. Satisfecho por el logro, el Pelado corre a meterse en la casa para pedirle al Gordo que le haga rápido un torniquete en el brazo. A cuadras de distancia, identifi­cado como aerobista por su ropa deportiva, jadean­do con la boca muy abierta, Hormiga Verde siente las piernas como ramas secas. Un hombre, impecable en su capote, de sombrero y maletín, abre el paraguas; camina erguido, indiferente y digno. No tiene rostro. ¿Quién es? ¿El boxeador derrotado de la película?... La lluvia se descarga con relámpagos y truenos rimbombantes. Hormiga Verde sigue andando y llega a su infancia, donde ve un chico corriendo, siempre corriendo sin dejar de correr, o eso cree, porque sus manos temblorosas no pueden evitar que su rostro golpee feo el asfalto… Intenta moverse, el esfuerzo duele tanto que casi recuerda donde guardó la fotito del padre. Consigue situarse frente a la Flaca que, extraño, no le sonríe. ¿Estoy dormido, borracho, drogado? ¿Esto es cierto o es un sueño? El cuerpo se sacude manteado por toros excitados. Se aprieta el pecho porque el dolor es insaciable. Para aplacarlo le pide a la Flaca que vuelva a sonreír y le aclare, ya, antes de que todo sea sólo sangre y agua, agua que moja la calle y disimula el llanto, que le explique ¿por qué esa puta película… Un letal olor y una distraída entereza, se destruyen recíprocamente. La suave invasión disolvente llena el espacio…

Oro en el viento | Novela de Fernando Figueras


El escritor Fernando Figueras presentó —a través de un vivo en Facebook, el viernes 13 de agosto de 2021— su novela Oro en el viento (2021) dedicada al público juvenil, cuya lectura está en YouTube. Se trata de 32 capítulos a cargo de Pamela Terlizzi Prina, Fernando Veríssimo, Patricia Maidana, Juan José Dimilta, Pablo Martínez Burkett, Graciela Mabel Ceballo, Sandra Gasparini, Nora Albalat del Buono, Carolina Lazarte, Pablo Méndez, Juan Guinot, José María Marcos, Raquel Buela, Marcelo Rubio, Patricio Chaija, Cecilia Cafiero, Carlos Marcos, María Agustina Bazterrica, Valentina Vidal, Juan Carrá, Mariano De Nucci, Susana Anahí Vidal, Lucas Berruezo, Marcelo Guerrieri, Ignacio Román González, Giselle Aronson, Lucía Gonçalves, Martín Sancia Kawamichi, Pablo Elicegui y Falco Figueras Damico. Oro en el viento es una aventura audiovisual que cuenta una historia de denuncia, problemas ambientales, amores y la lucha por no perder nuestra humanidad.

ÍNDICE | ORO EN EL VIENTO
Presentación | Fernando Figueras: 0:00
Capítulo 1 | Pamela Terlizzi Prina: 3:18
Capítulo 2 (1° parte) | Fernando Veríssimo: 8:32
Capítulo 2 (2° parte) | Patricia Maidana: 14:24
Capítulo 3 | Juan José Dimilta: 19:14
Capítulo 4 | Pablo Martínez Burkett: 24:23
Capítulo 5 | Graciela Mabel Ceballo: 29:56
Capítulo 6 | Sandra Gasparini: 34:11
Capítulo 7 | Nora Albalat del Buono: 40:46
Capítulo 8 | Carolina Lazarte: 42:46
Capítulo 9 | Pablo Méndez: 48:58
Capítulo 10 | Juan Guinot: 52:44
Capítulo 11 | José María Marcos: 55:28
Capítulo 12 | Raquel Buela: 59:11
Capítulo 13 | Marcelo Rubio: 1:05:50
Capítulo 14 | Patricio Chaija: 1:09:32
Capítulo 15 | Cecilia Cafiero: 1:13:58
Capítulo 16 | Carlos Marcos: 1:14:55
Capítulo 17 | Cecilia Cafiero: 1:19:51
Capítulo 18 | María Agustina Bazterrica: 1:22:03
Capítulo 19 | Valentina Vidal: 1:30:39
Capítulo 20 (1° parte) | Juan Carrá: 1:33:26
Capítulo 20 (2° parte) | Mariano De Nucci: 1:38:39
Capítulo 21 | Susana Anahí Vidal: 1:42:56
Capítulo 22 | Lucas Berruezo: 1:46:45
Capítulo 23 | Lucas Berruezo: 1:50:28
Capítulo 24 | Marcelo Guerrieri: 1:51:50
Capítulo 25 | Ignacio Román González: 1:57:33
Capítulo 26 | Giselle Aronson: 2:00:46
Capítulo 27 | Lucía Gonçalves: 2:06:30
Capítulo 28 | Lucía Gonçalves: 2:07:24
Capítulo 29 | Martín Sancia Kawamichi: 2:09:23
Capítulo 30 | Pablo Elicegui: 2:10:52
Capítulo 31 | Falco Figueras Damico: 2:13:48
Capítulo 32 | Falco Figueras Damico: 2:14:55