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IluSORIAS en Biblioteca Nacional

Agradecemos a todos los que nos acompañaron durante la presentación de iluSORIAS en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, el sábado 8 de junio de 2013. Este homenaje al maestro Alberto Laiseca fue posible merced al compromiso de una enorme cantidad de talentosos y generosos amigos.

Alberto Laiseca, Carlos Marcos, Julieta Laiseca
y Mica Hernández, en la presentación de iluSORIAS,
en Biblioteca Nacional, el 8 de junio de 2013.
Aquí las palabras de Mica Hernández, Julieta Laiseca y Carlos Marcos, y el cuento narrado por el Mostro: La balada del falso Mesías.
El anfiteatro Borges recibió la visita de casi trescientos fans.
Alberto Laiseca junto a su hija Julieta y los
editores Mica Hernández y los hermanos
Carlos y José María Marcos.

Imágenes ilusorias

Fotos: Cecilia Cafiero, Raquel Buela y José María Marcos.

Arte de flyer: Mica Hernández.

Lo colectivo, lo inclasificable y el homenaje

Palabras de Carlos Marcos durante la presentación de iluSORIAS, el sábado 8 de junio de 2013, en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno.

Buenas tardes. La editorial Muerde Muertos les da la bienvenida a todos los artistas ilusorios, al público en general y a los fanáticos de Lai en particular. Hoy nos acompañan para este homenaje: Julieta Laiseca, hija de Alberto Laiseca y artista ilusoria 165; Mica Hernández co-editora de iluSORIAS y artista ilusoria 33; y por supuesto, Alberto Laiseca, maestro de escritores y narradores, artista ilusorio 32. Mi nombre es Carlos Marcos, editor de iluSORIAS, artista ilusorio 69 y codirector de la editorial con mi hermano José María. Esto es como una especie de convención ultrasecreta del recontraespionaje, creo que también están el 86, la 99 y en cualquier momento nos sorprende el agente 13 saliendo del lugar menos pensado.

VINIERON A ESCUCHAR AL MAESTRO, PERO...

Seguramente, ustedes vinieron a escuchar al maestro Alberto Laiseca hoy. Pero, hecho lamentable, tendrán que escucharnos previa y brevemente a nosotros.  Un poco para no aburrir a quienes participaron de la presentación de iluSORIAS en Mar del Plata y otro poco para no aburrirme a mí mismo, voy a intentar decir lo mismo que en aquella ocasión pero de alguno otra manera. Me cansa repetirme, entonces, trataré de repetirme novedosamente. Parafraseando una vieja frase: lo que ocurrió en Mar del Plata queda en Mar del Plata. Aquella noche intenté llamarles la atención sobre tres cuestiones en relación a iluSORIAS. Lo colectivo del hecho, el carácter de lo inclasificable y la condición de homenaje de este libro. Algunas de las cuestiones se desgranan del prólogo de la obra, no en ese orden necesariamente, pero cuestiones fundamentales al momento de pensar y compartir iluSORIAS.

LO COLECTIVO

El día que fuimos a pedirle su colaboración para iluSORIAS a Carlos Regazzoni en su taller de Retiro, él arrojó dos frases, sin mucha conciencia creo, una que consta en el índice de artistas, al final del libro: “¡Esto es arte, las viejas de mierda no entienden nada!”. Y una previa que guardé para esta tarde. Parte del equipo editorial (Cecilia Cafiero, Raquel Buela, mi hermano y yo) nos presentamos en el taller “El gato viejo” a comer un locro ferroviario cocinado por el artista en persona, ese era el plan. En el momento que juzgamos adecuado, me presento con Regazzoni y comienzo a presentar la editorial, como una editorial pequeña, etcétera, etcétera, e inmediatamente me corta el slogan publicitario diciendo —y esta es la segunda frase—: “¡No hay editoriales chicas ni grandes, hay ideas buenas o malas! Vamos, nene, contá”, y me cerró el espacio para explicaciones más o menos banales.
¡No hay editoriales chicas ni grandes, hay ideas buenas o malas! Cuando uno tiene una buena idea, cuando uno cree que tiene una buena idea, lo cree imaginariamente por supuesto, cree también que posee la sabiduría, la fuerza y la madurez para llevarla adelante. Muchas veces ocurre que te bajan de un hondazo y la buena idea que parecía muy requetebuenísima queda ahí aleteando en el piso. Ahora que iluSORIAS está en marcha, que ustedes lo tienen en las manos y estamos presentándolo, es sencillo decir que quienes me alentaron en un principio (José María, Mica, Cafiero, los nombro a ellos, porque ellos mismos lo confesaron a posteriori), creyeron que estaba completamente loco, que era una idea irrealizable, que era imposible, que la idea era desaforada... ellos mismos en principio alentaron, pero confesaron después por supuesto, luego de que llegaran los primeros cincuenta dibujos más o menos, y ahí, sí, se hallaron más entusiasmados que yo mismo y empujaron y empujan como todos y cada uno de los que se han sumado. Ahí entendí: todos comprendimos que la fuerza de lo colectivo nos pasó por encima, en tiempos donde la energía colectiva se ve constantemente malograda o es fugazmente evanescente, encontramos –y esto no es novedoso, sino simplemente que a veces no nos damos cuenta... y quería reafirmarlo esta tarde... encontramos que la sabiduría, la fuerza y la madurez para llevar adelante una idea, justamente, está en lo colectivo, ahí prospera, ahí está la papa. A veces somos tan arrogantes que creemos que las buenas ideas se sostienen solitas y esta tarde es el claro ejemplo de lo que decía antes. Hay mucha gente, tanta gente, a quienes debemos agradecer que esperemos no nos olvidemos de nadie.

LO INCLASIFICABLE

Vamos con lo inclasificable. Clasificar es pensar, pensar en categorías, claro. Lo hacemos todos, a cualquier edad, sin distinción de sexo, a diario y constantemente. Justo en la Biblioteca Nacional vengo hablar de esto y espero no me excomulguen del colegio de bibliotecarios por hablar de bibliotecología, casi para niños... clasificar es pensar y pensar es clasificar, pero hay un cierto límite en esto. Cuando la clasificación nos ahorra la tarea de pensar, ya no clasificamos ni pensamos, el sujeto queda cautivo de un sistema vacío, alienado, perdido. Yo ponía el ejemplo en Mar del Plata de un par de zapatos que bien podría guardarse en un placard y un sachet de leche en la heladera, es lo que hacemos habitualmente. Pero cuando nos enfrentamos a un zapato dentro de la heladera, estamos en problemas o estamos obligados a pensar mínimamente como llegó eso ahí.
Las bibliotecas, las librerías, las editoriales, etcétera, siempre compartieron y comparten estos derroteros, aunque ahora es obligatorio el uso de la ficha catalográfica y eso facilita un poco las cosas. Yo trabajé en una biblioteca (no voy a nombrar cuál) donde caían libros que no encajaban en ciertas categorías y volaban; eso lo complicaba todo... te encontrabas con obras que alteraban cierta placidez diagnóstica... como decir: puse las sábanas en su jaula y al loro en el lavarropas. Ese tipo de libros han creado maravillosas categorías: misceláneas, varios, otros, etcétera (en los listados yo siempre miro el “misceláneas”, no sé ustedes). Categorías maravillosas por cierto y que plantean un más allá, un paso más, eso que nos permite pensar, dudar, interrogarnos, llegando a forjar nuevas categorías, como el “realismo delirante” para definir una obra.
La obra de Lai, Los sorias y la persona misma de Lai se han ganado este apelativo de inclasificable que es lo que permite, a mi entender, avanzar un poco más allá. Esta es su función, la función de lo inclasificable. Esa es una de sus riquezas.

EL HOMENAJE

Esto nos mete de lleno en el último punto: el homenaje. Cuando se concibe un homenaje, cualquier homenaje, se debe asumir y nosotros lo estamos haciendo hoy, que estamos intentando poner de manifiesto cierta generosidad de parte del homenajeado e intentando, en un mismo acto, retribuir algo de esa perseverancia brindada.
IluSORIAS es varias cosas. Es un libro, claramente. Y un homenaje a su vez.
—Es un libro-homenaje a la generosidad de una obra, la de Alberto Laiseca, una obra riquísima que nos ha alimentado y nos alimenta cada vez que tenemos la valentía de arrimamos a ella.
—Es un libro-homenaje a la generosidad en la transmisión. Alberto ha sido formador de escritores y narradores a lo largo de los años, muchos de los cuales sin ser artistas plásticos han dibujado.
—Es un libro-homenaje finalmente, creado por esta fuerza colectiva que hablaba al comienzo, y quizá por la misma razón de la generosidad antes mencionada, a los 15 años de la primera edición de Los sorias por la editorial Simurg. Regresa hoy en imágenes. Como bien decía Gustavo Nielsen en la presentación en Mar del Plata, iluSORIAS es una especie de sidecar de Los sorias, tan extraño y contundente como su inspiración.
Seleccionamos y contactamos, con insistencia por supuesto, artista por artista, capítulo a capítulo, invitando a uno por uno los artistas visuales que queríamos tener.
La selección de los artistas visuales que participan fue hecha en relación a un universo imaginario alrededor de Los sorias puntualmente y la obra de Alberto Laiseca en general; un universo imaginario creado por nosotros, claro. Entre todos los integrantes de la editorial, estrujando las artes plásticas, tomamos pintores, grabadores, ilustradores, fotógrafos, diseñadores, dibujantes, grafiteros, comiqueros, cineastas... incluso, escritores, alumnos de Lai o no, que pusieron su empeño y su deseo en la tarea como les decía antes. Artistas visuales españoles, franceses, italianos, alemanes, mexicanos, chilenos, uruguayos, paraguayos, argentinos, por supuesto, y uribelarrenses, desde ya.
Es un honor para nosotros haber reunido semejante equipo de artistas visuales. Que transformaron amorosa y generosamente a Los sorias en iluSORIAS.
Nos divertimos muchísimo en el proceso. Hay testigos en esta sala, no voy a dar nombres, que algunos dibujos los reunimos en verdaderos operativos tipo comando. Tomá el teléfono o el mail de tal, conseguí a este, a este otro, que a aquel lo llame una de las chicas que le va a dar más bola. Mirá que Fulano va a estar en aquella presentación, vamos todos y lo apretamos. Mengano está en aquella fiesta, entretenelo que en veinte minutos estoy allá. Aquella se resiste, hay que hablandarla un poco, etcétera. En una de esas maniobras, por ejemplo, con mi hermano, le volcamos una copa completita de champagne en el escote a una conocida editora mientras que en el acto, quedábamos condenados para siempre. Son muchas las anécdotas que matizaron todo un año de trabajo.

PARA FINALIZAR

Hay una línea de un poema de Paul Valery, una línea que dice: “Entramos en el porvenir vueltos hacia atrás”. Es una bonita línea, sí, siempre me gustó, pero encontré una vieja traducción del mismo poema que dice: “Entramos en el porvenir reculando”. Esta traducción supuestamente superada por la primera que les indiqué, menos poética, más rústica, que trata de evitar la referencia al culo seguramente, es quizá, a mi gusto, más asertiva que su versión mejorada. Entramos en el porvenir reculando. Entramos en el porvenir con el culo, como el culo, sin mirarlo completamente de frente, al porvenir no al culo, pero, por sobre todo, sin darles la espalda a los maestros.

AGRADECIMIENTOS

Ha sido un esfuerzo colectivo, un esfuerzo, como se dice, faraónico. Así que agradecer va a ser como nombrar a todos los esclavos que participaron de la construcción de las pirámides. Y así lo queremos hacer.
En primer lugar una mención especialísima. A Juan Carlos Espeche Gil (el gran dibujante de un solo trazo, a quien agradecemos en nombre de Mónica Gilardoni) y Clorindo Testa (arquitecto que diseñó la BNA, etcétera) que compartieron la picardía de un espíritu juvenil increíble. Ellos se fueron hace muy poco. Gracias a Juan Batlle Planas, gran pintor argentino, que estuvo con nosotros por medio de la generosidad de su hija Giselda Batlle. Como dice Lai: “En el otro mundo no hay tetas ni cerveza”. Pero en este momento hay tres artistas ilusorios redecorando los cielos.
Gracias a los que no dibujaron pero empujaron: Damián Blas Vives (Biblioteca Nacional), Leandro Ávalos Blacha (corte, confección y correción), Leo Oyola, Ale Zina, Raquel Buela, Francisco y Salvador Marcos, el colorado Martignone, Julián Velazquez, Andrea del Giorgio y Julián López.
¡Gracias a todos a todos los que nos acompañan esta tarde!

La traducción de “Los sorias” al lenguaje visual

Palabras de Mica Hernández durante la presentación de iluSORIAS, el sábado 8 de junio de 2013, en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno.

iluSORIAS es un libro de homenaje a toda una obra y a toda una vida dedicada a la literatura. Es, además de un homenaje a Laiseca, la primera traducción de Los sorias a 15 años de su primera edición. Con este libro hemos traducido Los sorias al lenguaje visual.
En un punto los artistas que participan se convirtieron en escritores visuales y juntamos 165 interpretaciones de los 165 capítulos de Los sorias. Si bien los que participan de este libro vienen de profesiones diversas, todos se han transformado en escritores visuales: la literatura recorre las páginas de iluSORIAS a través de imágenes ancladas por los nombres de los capítulos.
Los dibujos se hilvanan en el libro narrando visualmente la historia. Y como en Los sorias, acá también hay varias historias paralelas, donde cada capítulo es único y se puede leer como una obra autónoma. IluSORIAS es un libro ecléctico donde se concentran muchas ilustraciones diferentes, y a la vez es una obra colectiva.
La obra de Laiseca atraviesa todas las ilustraciones: escenas oscuras, erotismo, esoterismo, monstruos, Monitores, conchazas, escritores y hasta el mismo Laiseca, son algunos de los elementos que se repiten en las páginas y que van tejiendo la trama de iluSORIAS, que es una historia laisequeana.
Es que una vez reunidos todos los dibujos sorprende ver cómo se plasma en ellos el mundo de Laiseca y los personajes de Los sorias.
En el proceso compartimos la curaduría del proyecto con Carlos Marcos, convocando a todos aquellos que nos gusta lo que hacen. Participan en iluSORIAS artistas plásticos, historietistas, fotógrafos, grabadores, dibujantes, vestuaristas y hasta escritores. Arrancamos el proyecto hace más de un año y durante unos meses nos fuimos contactando con artistas sumándolos a la propuesta. Fue una ardua tarea seleccionar a 168 artistas que entendieran de qué iba iluSORIAS y aceptaran ilustrar un capítulo.
En la mayoría de los casos seleccionamos los capítulos que de alguna manera se vincularan con la obra o la personalidad de los artistas.
En cuanto a las ilustraciones, dejamos que cada artista usara su propio estilo y técnica. De hecho, hay dibujos a tinta, grafito, marcador, imágenes digitales, fotografías, collages y grabados entre otras técnicas. La única limitación de la consigna fue que la imagen fuera pensada en blanco y negro y escalas de grises.
Por último, como directora de arte de la editorial Muerde Muertos tuve a mi cargo la realización del maquetado del interior del libro y también el diseño de la tapa. En ella reprodujimos el primer párrafo del primer capítulo de la novela Los sorias con la tipografía a mano alzada de Laiseca. Y también, claro, a pedido específico de Alberto y de Carlos incluimos un guiño erótico que entre otros temas forma parte de la trama de Los sorias.
Para finalizar, Laiseca contagia un modo de creatividad: un juego que nos tomamos muy en serio. Abordar el comienzo de una obra a través de la investigación, imponerse reglas rígidas que pueden quebrarse en cualquier momento para finalmente sentarse y laburar mucho. En el mundo laisequeano jugar con la imaginación es algo mucho más que importante, es verdadero, y por lo tanto lo imaginario se transforma en realidad. Y aunque parezca absurdo en un comienzo, basta dar un vistazo a lo que nos rodea para darnos cuenta que todo es superlativamente delirante.

Una obra construida desde el amor

Palabras de Julieta Laiseca durante la presentación de iluSORIAS, el sábado 8 de junio de 2013, en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno.

Cuando Carlos Marcos me invitó a participar de este proyecto, me dije: “No, de ninguna manera, no sos artista plástica, no tenés escuela”, etcétera. Pero mi boca dijo: “Buenísimo, sí, dale”.
Es la primera vez que participo de una obra literaria y de este tipo de eventos. 
Releí mi capítulo (el último) porque lo había leído hacía muchos años. 
Se me ocurrieron muchas ideas, pero cuando quise plasmarlas en el papel empezaron las dificultades, pues nada se parecía a lo que imaginaba, hasta que finalmente salió el dibujo que integra el libro. Ahí también noté la desconexión entre lo que uno piensa y lo que finalmente plasma.
Rescato de la experiencia que, aunque no logré lo que mi mente imaginaba, sí plasmé todo mi corazón, como noto que lo han hecho todos los artistas que participaron, muchos de los cuales seguramente tienen una mejor conexión entre su imaginación y el procedimiento técnico, entre mente y mano.
Por eso repito: aquí hay mucho amor en los artistas invitados, los editores y de todos los que estuvieron en cada instancia del proceso. Eso hizo que fuera una experiencia muy enriquecedora y, sin duda, inolvidable.

UNO DE LOS CUENTOS DE PAPÁ LAI

Cuando era muy chiquita, papá me contaba cuentos de terror. Por eso, los cuentos de terror me gustan mucho; no porque me den miedo, sino porque son para mí la infancia. Uno que recuerdo se llamaba “La momia y el cocodrilo”. Sucedía en Egipto. Un mago le tenía pica a otro mago, porque al parecer le robó la mujer. Ese mago fabricó una momia cocodrilo para que atacara al otro. El amante de la mujer hizo otra momia humana, para que lo defendiera y lo salvara. La noche anterior hicieron una ceremonia, donde comieron y bebieron cerveza. La momia sólo tomó un dedal de cerveza, porque ya se sabe que las momias comen y beben muy poco.Al encontrarse, la momia cocodrilo y la otra comenzaron a pelear. Pero, claro, como las momias son inmortales —porque han muerto— aún hoy están peleándose.

La balada del falso Mesías

Cuento del brasileño Moacyr Scliar (1937-2011), narrado por Alberto Laiseca en la Biblioteca Nacional el 8 de junio de 2013 en ocasión de la presentación iluSORIAS (Muerde Muertos, 2013). 

Va a poner vino en el vaso. Sus manos ahora esta arrugadas y tiemblan. Pero todavía impresionan, esas manos grandes y fuertes. Las comparo con las mías, de dedos cortos y gruesos, y admito que nunca lo comprendí y nunca llegaré a comprenderlo.
Lo encontré la primera vez a bordo del Zemlia. En ese viejo navío, nosotros, judíos, estábamos dejando Rusia; temíamos los pogroms. Nos atraían con la promesa de América y para allá viajábamos, comprimidos en la tercera clase. Llorábamos y vomitábamos, en aquel año de 1906.
Ellos ya estaban en el navío cuando embarcamos. Shabtai Zvi y Natan de Gaza. Nosotros los evitábamos. Sabíamos que eran judíos, pero nosotros, los de Rusia, somos desconfiados. No nos gusta nada quien es más oriental que nosotros todavía. Y Shabtai Zvi era de Smirna, Asia Menor —lo que se le notaba en la piel morena y en los ojos oscuros. El capitán nos contó que era de una familia muy rica. De hecho, él y Natan de Gaza ocupaban el único camarote decente del barco. Entonces, ¿por qué se iban a América? ¿Por qué huían? Preguntas sin respuesta.
Natan de Gaza, un hombre pequeño y trigueño, nos despertaba particularmente la curiosidad. Nunca habíamos visto un judío de Palestina, de Eretz Israel —una tierra que para muchos de nosotros sólo existía en los sueños. Natan, un orador elocuente, le hablaba a un público atento sobre las suaves colinas de Galilea, el hermoso lago Kineret, la histórica ciudad de Gaza, donde él había nacido, y cuyas puertas Sansón había arrancado. Cuando estaba borracho maldecía la tierra natal: “Piedras y arena, camellos, árabes ladrones...” A lo largo de las Islas Canarias, Shabtai Zvi lo sorprendió maldiciendo Eretz Israel. Le dio una paliza hasta dejarlo caído en el piso, sangrando; cuando Natan osó protestar, lo derribó con un último puntapié.
Después se pasó días trancado en el camarote, sin hablar con nadie. Cuando pasábamos por allí oíamos gemidos... y suspiros... y suaves canciones.
Una madrugada nos despertamos con los gritos de los marineros. Corrimos a cubierta y allí estaba Shabtai Zvi nadando en el mar helado. Estaba completamente desnudo y así pasó a nuestro lado, de cabeza erguida, sin mirarnos —y se encerró en el camarote. Natan de Gaza dijo que el baño había sido una penitencia, pero nuestra conclusión fue diferente: “Es loco el turco”.
Llegamos a la Isla de las Flores, en Río de Janeiro, y desde ahí viajamos hacia Erexim, desde donde fuimos llevados en carretas a nuestros nuevos hogares, en la colonia denominada Barón Franck, en homenaje al filántropo austríaco que había patrocinado nuestra venida. Nos sentíamos muy agradecidos a este hombre al que nunca llegamos a conocer. Algunos decían que en las tierras en que estábamos siendo instalados, más tarde pasaría el ferrocarril, cuyas acciones el barón tenía interés en valorizar. No lo creo. Más bien creo que era un buen hombre, nada más. Le dio a cada familia un lote de tierra, una casa de madera, instrumentos agrícolas, animales.
Shabtai Zvi y Natan de Gaza continuaban con nosotros. Recibieron una casa, aunque al representante del barón no le agradó nada la idea de ver a los dos juntos bajo el mismo techo.
—Necesitamos familias —dijo con tono incisivo— y no gente rara.
Shabtai Zvi lo miró. Era tal la fuerza de su mirada que nos quedamos paralizados.
El agente del barón se estremeció, se despidió de nosotros y se fue apresuradamente. Nos abocamos al trabajo.
¡Cómo era dura la vida rural! Talar árboles. Labrar. Sembrar. Las manos se nos llenaban de callos de sangre.
Durante meses no vimos a Shabtai Zvi. Estaba enclaustrado en su casa. Aparentemente el dinero se le había terminado, porque Natan de Gaza deambulaba por la villa pidiendo ropa y comida. Anunciaba que en breve Shabtai Zvi resurgiría trayendo buenas nuevas para toda la población.
—Pero, ¿qué andará haciendo? —preguntábamos.
¿Qué hacía? Estudiaba. Estudiaba la Cabala, la obra maestra del misticismo judaico: el Libro de la Creación, el Libro del Brillo, el Libro del Esplendor. El ocultismo. La metempsicosis. La demonología. El poder de los nombres (los nombres pueden exorcizar demonios; quien conoce el poder de los nombres puede caminar sobre el agua sin mojarse los pies; y eso sin hablar de la fuerza del nombre secreto, inefable e impronunciable de Dios). La ciencia misteriosa de las letras y de los números (las letras son números y los números son letras; los números tienen poderes mágicos; y las letras son los escalones de la sabiduría).
Es entonces que surge en Barón Franck, el bandido Chico Diablo. Viene de la frontera con sus feroces secuaces. Huyendo de los “Alas Anchas”, se esconde cerca de la colonia. Y roba, y destruye, y se burla. Riéndose, nos mata los toros, les arranca los testículos y se los come casi crudos. Y amenaza matarnos a todos si lo denunciamos a las autoridades. Como si no bastase ese infortunio, cae una lluvia de granizo que arrasa las plantaciones de trigo.
Estamos inmersos en la más profunda desesperación cuando Shabtai Zvi reaparece.
Está transfigurado. El ayuno le devastó el cuerpo robusto, los hombros están caídos. La barba, ahora extrañamente gris le llega a la mitad del pecho. La santidad lo envuelve, brilla en su mirada.
Camina lentamente hasta el final de la calle principal. Nosotros dejamos nuestras herramientas, nosotros salimos de nuestras casas, nosotros lo seguimos. De pie sobre un montículo de tierra, Shabtai Zvi nos habla.
—¡Que el castigo divino caiga sobre vosotros!
Se refería a Chico Diablo y al granizo. Habíamos atraído la ira de Dios. ¿Y qué podíamos hacer para expiar nuestros pecados?
—Debemos abandonar todo: las casas; la labranza; la escuela; la sinagoga; construiremos, nosotros mismos, un navío, el casco con la madera de nuestras casas, las velas con nuestros chales de oración. Cruzaremos el mar. Llegaremos a Palestina, a Eretz Israel; y allá, en la santa antigua ciudad de Sfat, construiremos un gran templo.
—¿Y  esperaremos allá  la  llegada  del  Mesías? —preguntó alguien con voz trémula.
—¡El Mesías ya llegó! —gritó Natan de Gaza—. ¡El Mesías está aquí! ¡El Mesías es nuestro Shabtai Zvi!
Shabtai Zvi abrió el manto en que se enrollaba. Reculamos, horrorizados. Veíamos un cuerpo desnudo, cubierto de cicatrices; en el vientre, un cinturón erizado de clavos, cuyas puntas se le enterraban en la carne.
Desde aquel día no trabajamos más. Que el tal bandido destruyera las plantaciones. Que Chico Diablo robase los animales, total nosotros nos íbamos de allí. Derribábamos las casas, jubilosos. Las mujeres cosían telas para hacer las velas del barco. Los chicos recogían frutas silvestres para hacer conservas. Natan de Gaza recogía dinero para, según decía, sobornar a los potentados turcos que dominaban la Tierra Santa.
¿Qué les está pasando a los judíos? —se preguntaban los colonos de la región. Tan intrigados estaban, que le pidieron al Padre Batistella que investigara. El cura vino a vemos; conocía nuestras dificultades, estaba dispuesto a ayudarnos.
—No necesitamos nada, padre —respondimos con toda sinceridad—. Nuestro Mesías llegó; él nos libertará, nos
hará felices.
—¿El Mesías? —el cura estaba asombrado—. El Mesías ya pasó por la tierra. Fue Nuestro Señor Jesucristo, que transformó el agua en vino y murió en la cruz por nuestros pecados.
—¡Cállese, padre! —gritó Sarita—. ¡El Mesías es Shabtai Zvi!
Sarita, hija adoptiva del gordo Leib Rubin, había perdido a los padres en un pogrom. Desde entonces tenía la mente obnubilada. Seguía a Shabtai Zvi por todos lados, convencida de que era la esposa reservada para el Ungido del Señor. Y para nuestra sorpresa Shabtai Zvi la aceptó; se casaron el día en que terminamos el casco del barco. La embarcación quedó muy bien; pretendíamos llevarla al mar, como Bento Goncalves había transportado su navío, sobre una gran carreta tirada por bueyes.
De éstos ya quedaban pocos. Chico Diablo aparecía ahora todas las semanas, robando dos o tres cabezas cada vez. Algunos hablaban de enfrentar a los bandidos. Shabtai Zvi no aprobaba la idea. “Nuestro reino está del otro lado del mar. Y Dios vela por nosotros. Él proveerá.”
Así fue: Chico Diablo desapareció. Durante dos semanas trabajamos en paz, ultimando los preparativos para la partida. Un buen día, un sábado por la mañana, un jinete entró al galope a la villa. Era Gumercindo, lugarteniente de Chico Diablo.
—¡Chico Diablo está enfermo! —gritó, sin bajarse del caballo—. Está muy mal. El doctor no acierta el tratamiento. Chico Diablo me mandó a llevarle el santo de ustedes para que lo cure.
Nosotros lo rodeábamos en silencio.
—Y si él no quiere ir —continuó Gumercindo— vamos a quemar la villa entera. ¿Oyeron?
—Yo voy —gritó una voz fuerte.
Era Shabtai Zvi. Le abrimos camino. Se aproximó lentamente, encarando al bandolero.
—Apéate.
Gumercindo se bajó del caballo. Shabtai Zvi montó.
—Anda adelante, corriendo.
Se fueron los tres; primero Gumercindo, corriendo; después Shabtai Zvi a caballo; y cerrando el cortejo, Natan de Gaza montado en un jumento. Sarita también quiso ir pero Leib Rubín no la dejó.
Nos quedamos reunidos en la escuela todo el día. No hablábamos; nuestra angustia era enorme. Cuando cayó la noche oímos el trote de un caballo. Corrimos a la puerta. Era Natan de Gaza, sin aliento:
—Cuando llegamos —contó— encontramos a Chico Diablo acostado en el piso. Cerca de él, un curandero hacía brujerías. Shabtai Zvi se sentó cerca del bandido. No dijo nada, no hizo nada, no tocó al hombre, sólo se lo quedó mirando. Chico Diablo levantó la cabeza, miró a Shabtai Zvi, dio un grito y murió. Al curandero lo mataron allí mismo. De Shabtai Zvi no sé nada. Vine aquí a avisar: ¡Corran, huyan!
Nos metimos en las carretas y huimos a Erexim. Sarita tuvo que ir a la fuerza.
Al día siguiente, Leib Rubín nos reunió.
—No sé lo que están pensando hacer ustedes —dijo —pero lo que es yo ya estoy harto de todas estas historias: Barón Franck, Palestina, Sfat... Lo que voy a hacer es irme a Porto Alegre. ¿Quieren ir conmigo?
—¿Y Shabtai Zvi? —preguntó Natan de Gaza con voz trémula (¿era remordimiento lo que sentía?).
—¡Qué se vaya al diablo, ese loco! —gritó Leib Rubín—. ¡No nos trajo más que desgracias!
—¡No diga eso, papá! —gritó Sarita—. Es el Mesías.
—¡Qué Mesías ni ocho cuartos. Termina de una vez con esa historia, esto va a provocar a los antisemitas. ¿No oíste lo que dijo el cura? El Mesías ya vino, ¿está claro? Transformó el agua en vino y todo eso. Y nosotros nos vamos. Tu marido, si está vivo, y si está bien de la cabeza, que nos siga. Yo tengo la obligación de cuidarte y voy a cuidarte ¡con marido o sin marido!
Viajamos a Porto Alegre. Judíos bondadosos nos hospedaron. Y para nuestra sorpresa, Shabtai Zvi apareció unos días después. Nos lo trajeron los “Alas Anchas”, que habían prendido todo el bando de Chico Diablo.
Uno de los soldados nos contó que habían encontrado a Shabtai Zvi sentado en una piedra, mirando el cuerpo de Chico Diablo. Desparramados por el piso —los bandidos, borrachos, roncando. Había vacas carneadas por todas partes. Y vino. “¡Nunca vi tanto vino!” Todo lo que antes tenía agua, ahora tenía vino. Botellas, cantimploras, baldes, palanganas, barricas. Las aguas de un charco estaban rojas. No sé si era sangre de las reses o vino. Pero creo que era vino.
Ayudado por un pariente rico, Leib Rubin se estableció con un negocio de haciendas. Después pasó al ramo de inmuebles y posteriormente abrió una financiera, y reunió gran fortuna. Shabtai Zvi trabajaba en una de sus firmas, de la cual yo también era empleado. Natan de Gaza se mezcló con contrabando, tuvo que huir y nunca más fue visto.
Desde la muerte de Sarita, Shabtai Zvi y yo solemos encontrarnos en un bar para tomar vino. Y ahí nos quedamos toda la noche. Él habla poco y yo también; él sirve vino y tomamos en silencio. Cerca de la medianoche él cierra los ojos, extiende las manos sobre el vaso y murmura palabras en hebraico (o en arameo, o en ladino). El vino se transforma en agua. El dueño del bar opina que es nada más un truco. De mi parte, tengo mis dudas.

Trailer de iluSORIAS


Arte: Matías Berneman.