MUERDE MUERTOS es una editorial de autores contemporáneos, abocados a la literatura fantástica, el terror, lo erótico y aquellas obras que apuestan a estimular la imaginación.

Entre Vidas | Mil veces metí la pata

Reseña de Mil veces metí la pata (Muerde Muertos, 2019) de Martín Etchandy | Por Lucas Berruezo para Entre Vidas.

“¡Qué bien escribe este pibe!”, no dejé de repetir, ante la mirada atónita de mis hijos, mientras duró mi lectura de Mil veces metí la pata, de Martín Etchandy, uno de los últimos títulos publicados por la editorial Muerde Muertos. Los once cuentos que componen este libro me dejaron atónito. Martín Etchandy combina dos virtudes narrativas que por separado funcionan muy bien, pero que juntas son una verdadera e inusual bomba. Por un lado, las historias divierten hasta el punto de producir constantes risas y carcajadas (algo extraño en un libro), y por el otro, generan un estado tal de nerviosismo que más de una vez el lector se verá inclinado a detenerse por temor a una trágica resolución. Si tuviera que clasificar cuentos como “El hombre de los descuentos”, “Bianca y yo”, “Una noche con amigos” o “El rescate” (mis favoritos), diría que estamos frente a thrillers delirantes. Humor y suspenso unidos por la maestría de un escritor que, se nota, sabe lo que hace. Mil veces metí la pata, de Martín Etchandy, una joya con todas las letras.

Cuartel Literario 451 | Mondo cane | Libro y entrevista

“MONDO CANE” EN CUARTEL LITERARIO 451. En este episodio hablamos del libro Mondo cane, de Pablo Martínez Burkett, quien nos responde algunas de las preguntas que le hemos formulado. Sumérgete en una serie de cuentos que harán que se achicharren los pelos del julete que te podes pegar. Por Ger Saucedo Gauna. +Info

Ciclo Autores en Cuarentena | “Los secretos de Romina Lucas” | Lee Ercole Lissardi



Compartimos la lectura de Ércole Lissardi de su novela “Los secretos de Romina Paula”. Ciclo Autores en Cuarentena | La Voz de los que Escriben. Especial: Desafío Creativo Covid-19. Organiza: Casa Editorial HUM. Edición de sonido: Beto Ponce. ► www.instagram.com/casaeditorialhum/  | ► twitter.com/HUM_Estuario ► facebook.com/hum.estuario

Ciclo de Narraciones 2020 | Lecturas de María Sola, Fabián García, Fernando Figueras y Patricio Chaija

Los autores dialogaron con Juan Diego Bellocchio y Pablo Martínez Burkett.

Con lecturas de María Sola, Fabián García, Fernando Figueras y Patricio Chaija se llevó a cabo el segundo encuentro del Ciclo de Narraciones 2020 | 4 Lecturas de Terror, organizado por la Dirección General de Asuntos Culturales y Patrimoniales de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, a través del Departamento de Acción Cultural. La fecha se transmitió en vivo el viernes 12 de junio de 2020 por el Canal de Youtube de la Legislatura. La presentación estuvo a cargo de Juan Diego Bellocchio, director general de Asuntos Culturales y Patrimoniales de la Legislatura de la CABA, y en el cierre, los autores mantuvieron un interesante diálogo con Pablo Martínez Burkett, coordinador del Ciclo de Narraciones 2020.

Ciclo Autores en Cuarentena | La Voz de los que Escriben: “Entre la Gloria y la Chiquita” de Ana Grynbaum



Compartimos la lectura de Ana Grynbaum del cuento “Entre la Gloria y la Chiquita”, que forma parte de la antología Hombrecitos improvisados de apuro. Cuentos de mujeres rioplantes (Colección Libros del Inquisidor/Editorial Muerde Muertos). Ciclo Autores en Cuarentena | La Voz de los que Escriben. Especial: Desafío Creativo Covid-19. Organiza: Casa Editorial HUM. Edición de sonido: Beto Ponce. ► www.instagram.com/casaeditorialhum/  | ► twitter.com/HUM_Estuario
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Ercole Lissardi y Ana Grynbaum en Tiempo Argentino | Los lugares del deseo y el sexo en el arte

Ercole Lissardi y Ana Grynbaum escribieron a cuatro manos, Erotopías. Las estrategias del deseo (Editorial Muerde Muertos). En este libro trazan un ambicioso itinerario artístico que va desde los sueños sexuales de las Antigüedades griega y romana, pasando por Casanova y Oscar Wilde hasta Lewis Carroll, Buñuel y Diego Rivera entre otros.

Por Adrián Melo | Tiempo Argentino | Miércoles 10 de junio de 2020

Ercole Lissardi es autor de múltiples novelas eróticas y de un ensayo sobre el deseo, La pasión erótica. Del sátiro griego a la pornografía en internet. Ana Grynbaum es psicoanalista, novelista y a partir de un trabajo de campo que le hizo adentrarse en los recovecos porteños donde se practica esa forma de goce sexual que Michel Foucault celebró en sus últimos años escribió el ensayo La cultura sadomasoquista (2011). Juntos elaboraron el concepto que da título y contenido al libro.
—¿Qué es la erotopía?
Ana Grynbaum: —La erotopía es un lugar que se genera para realizar el deseo. La noción remite a las nociones de Eros, de Deseo y de Otro, de la que depende y a la que completa. Para Roland Barthes ese otro a partir del cual se constituye nuestro objeto de deseo carece de lugar, es atópico. La erotopía es ese lugar situado entre la imaginación y la realidad en el que finalmente sería posible el encuentro con ese otro atópico en el que encarna nuestro Deseo.
Ercole Lissardi: —Se trata de lugares quiméricos algo inaccesibles pero con un referente real y que por una u otra razón quedaron grabados en la mentalidad colectiva. Son constructos culturales colectivos o privados mediante los cuales la experiencia erótica se inventa un lugar privilegiado para el encuentro entre el sujeto y aquello que causa su deseo.
AG: —Es necesario resaltar que es un lugar imaginario pero con consecuencias reales. En la cuestión de la erótica, la fantasía es central. La fantasía tiene sus efectos en la realidad, en la manera en que la gente vive, cómo se vincula, cómo se decepciona. Es la imaginación, sí, pero la fantasía no es lo contrario a la vida real. Las vidas de las personas están llenas de fantasías.
—¿Cuáles serían las fantasías que concreta la erotopía?
EL: —Las fantasías pueden ser privadas o colectivas. Un rasgo común de las erotopías es que abren espacios de libertad para el deseo y para el placer que contrastan con la moral sexual de la sociedad de origen. Las fantasías erotópicas suelen tener algo de orgiástico, de pansexualismo, de intercambio de cuerpos sin distinción de géneros. En todo caso supone la concreción más o menos real de un deseo básicamente transgresor. Una especie de “todo vale” en materia erótica.
AG: —Las erotopías son escenarios que se construyen para concretar fantasías sensuales. Incluso para una cita amorosa se suelen generar escenografías que pueden tener remitir a expresiones artísticas o culturales erotópicas, con esos grandes o medianos paraísos eróticos. Yo creo que la idea de paraíso terrenal está muy presente en todas las erotopías. Es el Edén, transformado en las fiestas galantes del siglo XVIII: las formas geométricas de los jardines de Versalles no obedecen tanto a un criterio estético como práctico para el encuentro sexual de las parejas. Siempre hay un costado utópico en los lugares donde se concretan las fantasías.
—¿Cómo llegaron a la noción? 
 AG: —El punto de partida es el concepto de herotopía en Foucault y el concepto de utopía en Platón, en Moro. Y tenía entre bastidores, el cuadro de Rubens El jardín del amor. Entre el cuadro de Rubens y los libros de Lissardi encontré una relación. En ambos me aparecía básicamente lo mismo: una puesta en escena del deseo. Mezclé el cóctel con el concepto de utopía y eso es lo que quedó (risas).
EL: —El objeto de mi literatura no es el sexo. Es el deseo lo que me interesa atrapar. Cuando Ana apareció con este concepto me permitió salir de un atasco intelectual. El deseo tiene un espacio imaginario con consecuencias reales. Al escribir erótica el problema que hay es que no hay una teoría de la erótica. Yo creo que el libro más importante sobre el erotismo se escribió en 1957 (George Bataille).
AG: —Lo mismo me pasó con mi trabajo sobre la mujer sadomasoquista. Falta información sobre prácticas sadomasoquistas actuales. Están Las sombras de Grey. Prolifera el mandato de probar algo nuevo como si fuera una especie de Pepsi sexual. Parece que se habla de todo, pero no hay un discurso analítico.
—¿Qué ejemplos de erotopías encontraron en la Historia?
EL: —Artefactos culturales como las fiestas galantes del Ancien Régime, la utopía del viaje a Citera (la isla mítica donde nació Venus), las islas paradisíacas de los Mares del Sur, el harén, la Arcadia y el gimnasio de la Grecia clásica recreados en las fotografías del Barón Von Gloeden en la Sicilia de fines del siglo XIX. Inclusive el paraíso de niñas de las fotos de Lewis Carroll.
AG: —Cada escenario erotópico se corresponde con una forma particular del deseo y tiene medios para vehiculizarlo. Ya las primeras elaboraciones freudianas privilegian el carácter alucinatorio del deseo. La fórmula del fantasma (o de la fantasía) que Lacan empleó para esquematizar el encuentro del sujeto con el objeto de su deseo halla en el arte realizaciones diversas que son el sustento y la esencia de la erotopía.
—¿Cuáles son algunos de los referentes culturales que les parecen imprescindibles a la hora de pensar las erotopías?
EL: —Casanova es el gran referente literario de las fiestas galantes. Es imposible de encasillar: andrógino, travestido, amante de hombres y mujeres. El pintor Paul Gauguin deja a su mujer en Europa, se marcha a la Polinesia a vivir libremente su sexualidad y nos lega una obra sensual. Von Gloeden se instala en Sicilia y fotografía niños y adolescentes frecuentemente desnudos, con referencias a la Antigüedad a través de los escenarios, la postura corporal y la gestualidad de los modelos o los accesorios.
AG: —En cuanto a obras me interesa citar El baño turco de Ingress en donde aparece la fantasía erotópica del harén y las dos esposas que tuvo el pintor. El artista reúne en el lienzo a todas las mujeres que amó como el protagonista de la película 8 y medio de Fellini que en una escena imagina un lugar donde su esposa y su amante conviven y no deja afuera a ninguna de las mujeres que deseó.
—Casanova y Gauguin quedaron en la memoria colectiva como los prototipos del mujeriego. Se suelen silenciar las aventuras homosexuales de Casanova y el deseo por el andrógino de Gauguin
EL: —Queda claro desde la historia con Bellino, Ismail u otros chicos que para Casanova el deseo es independiente del género o de la identidad sexual. Por su parte Gauguin, en su pintura Manao tupapau (1892) inmortalizó su deseo por el andrógino.
—A las fiestas galantes de la nobleza francesa le sigue la orgía de sangre de la guillotina. Gauguin murió enfermo de sífilis en su paraíso polinesio. A la libertina República de Weimar le sucedió el nazismo. Al auge sexual post Stonewall, el sida. ¿Hay en las erotopías una relación entre el Eros y el Tánatos?
EL: —En las erotopías no hay lugar para el Tánatos. Como tal es un espacio fuera del tiempo.
AG: —Es la negación de la muerte. Es otro tiempo. Puede ser que algo del plano del inconsciente colectivo afirme que “¡A coger que se termina el mundo!”. Sin embargo, hay negación, hay una exacerbación rococó de lo vital. Los nobles de las fiestas galantes viven artificiosamente, emperifollándose todas y todos de manera aparatosa. Desarrollan una avidez del cuerpo del otro dentro de un marco de protocolos extraordinariamente elaborados. Por supuesto detrás del rococó está la muerte, el pavor. A Von Gloeden la erotopía no sólo le hizo cumplir sus fantasías, sino que en cierta forma le permitió sobrevivir. Mientras él gozaba en Taormina de esos jovencitos con tierrita en las uñas y de la desnudez al sol, por esos mismos años Oscar Wilde era condenado a trabajos forzados por la misma erótica. Wilde se autoinmoló. Von Gloeden inventa ese arte artificioso que le permite gozar sin ser reprimido. Con las mismas preferencias sexuales y gracias al aceitado funcionamiento de la máquina erotópica, Gloeden se salva de la condena, vive su deseo. El problema es que Wilde no solo quiere hacerlo sino decirlo.
—¿Qué relación guardan las erotopías con el mundo actual?
EL: —Pienso en los cortesanos del Ancien Régime que viven en una burbuja y los burgueses que lo ven desde afuera. Para éstos esa era una erotopía. Como hoy el fenómeno Punta del Este: la gente mira la burbuja del jet set que tiene una vida demente a través de las páginas de Hola. Es un fenómeno similar. Los privilegios y la obscenidad son idénticos. La fascinación por la casa y la vida amorosa del empresario o del artista es idéntica. Mientras ellos viven con glamour, los “negritos” miran desde afuera y votan fascinados por la derecha.
AG: —Muchas de las erotopías fueron convertidas en objeto de consumo. En Taormina, abundan los hoteles exclusivamente gay que pretenden evocar el universo creativo de Gloeden. Asimismo, hoy en día, por unos 5.700 dólares, la línea de cruceros “Paul Gauguin” nos pasea siete días por las Polinesias.

Coronavirus | En primera persona: de cómo sobreviví en cuarentena (y fui padre en el medio)

La Nueva Provincia | Miércoles 10 de junio de 2020 | Personalidades de distintos ámbitos de Bahía Blanca hablan de su vida en tiempos de pandemia. Hoy: el escritor Martín Etchandy
Martín Etchandy y su hijo Benicio.
16/3/2020

Con mi señora nos levantamos muy temprano y nos dirigimos a pie al hospital. Es un día muy especial para nosotros, quizás el más especial de nuestras vidas: vamos a ser padres. Al llegar, nos informan que a partir de la fecha se suspenden las visitas a las habitaciones y nos embarga la desazón: habrá que informar a abuela y tías que no podrán conocer al bebé esa tarde. En todo el hospital se vive un clima de exasperación, se divide una parte de otra con un muro de durlock, se extreman las medidas de prevención, no quieren que nadie circule por el interior. La cesárea programada está por comenzar y el médico que traerá a nuestro bebé al mundo, unos minutos antes se comunica con su hijo, que está varado en Chile y teme no poder regresar al país. Finalmente, consigue un vuelo de emergencia con pasaje a precio exorbitante. Mi señora entra al quirófano y veo cómo las enfermeras acomodan la ropita del bebé para recibirlo. Me emociono. Un rato después me llaman para que presencie el nacimiento. Benicio sale llorando, lo dan vuelta y al ver su rostro descubro cuánto se me parece. Digo, en voz alta, mientras lloro: “¡Es hermoso!”. Lo colocan sobre el pecho de su mamá y ella llora. Lo sostengo por primera vez en mis brazos. Todo es felicidad. Al tercer día, finalmente nos dan el alta. Queremos huir del hospital porque a nuestra habitación ha llegado otra parturienta junto a su marido, hablan con voz engripada, nos invade la paranoia, a casa urgente. Llegamos y al día siguiente comienza la cuarentena. Ya nada será igual.

7/4/2020

Benicio tiene tres semanas de vida y con su mamá hemos aprendido la rutina típica del bebé: cambio de pañal - teta - duerme - cambio de pañal - teta, y así sucesivamente en un raid que parece interminable. El bebé se despierta dos o tres veces en la madrugada y con su mamá empezamos a dormir de a ratos, cuando él lo permite. Todo pasa a suceder “cuando el bebé lo permite”. Solamente salgo de casa para comprar alimentos y alguna medicación. En la calle la cuarentena se hace sentir, se ve muy poca gente, la mayoría con tapabocas, paranoia y desconfianza por quien está a un metro de distancia. Todas las noches, a las 21 horas, escuchamos los aplausos que llegan desde nuestra ventana. La abuela de Benicio lo extraña horrores, solamente pudo verlo un par de veces. También sus tías lo extrañan, apenas pudieron conocerlo y pasar con él unas horas. La cuarentena tiene algo de protección y mucho de cruel.

17/4/2020

Salgo de casa para ir a una farmacia del barrio. Allí todos están demasiado alterados. Las vendedoras tienen barbijo, máscaras, guantes, me pregunto si la próxima semana no atenderán envueltas en una cortina de baño. Entra una señora de unos setenta años y la tratan como si fuera culpable del genocidio armenio. Le piden que no circule, que se quede quieta al lado del mostrador, que ya la van a atender, le dicen "señora" con un tono de voz molesto. La mujer lleva barbijo y si ha ido a la farmacia supongo será porque necesitará un medicamento pero, insisto, no es bien tratada. Pido el remedio que fui a comprar y pregunto por un chupete para el bebé. No quieren acercarse a mostrármelos, me señalan en una dirección y allí veo unos 50 o 60 chupetes distintos que dicen "día/noche", "noche" y otras palabras que no entiendo. Tienen dinosaurios, osos, dibujos japoneses y cuando me entero el precio agradezco no tener problemas de presión: entre $ 350 y $ 900 cualquier chupete. Elijo uno simpático de valor intermedio y en la caja también están como escondidos, me agarran la tarjeta con guantes y luego echan un chorro de alcohol o vaya a saber qué cosa en el lugar en el cual la tarjeta estuvo apoyada. Para completarla, se me ocurre pesarme y veo que engordé tres kilos y medio con respecto al verano. Supongo que se deberá a estar comiendo como el hombre de Neandhertal y caminando menos que un sereno con reuma. Me voy y miro por si alguien quiere tirarme con un balde de lavandina para desinfectarme antes de salir y ruego que nunca me pique la garganta allí adentro y se me dé por toser un segundo porque probablemente sería crucificado contra un cartel de Bayer con todos los termómetros que tienen a mano.

7/5/2020

Llevamos a Benicio al pediatra, que atiende con turnos espaciados para que no se amontone gente en la sala de espera. Está creciendo muy bien, por suerte. Esa tarde se me ocurre improvisar un tapabocas con un bóxer medio agujereado que tengo. Ruego que en algún momento vuelvan a abrir los locales de venta de indumentaria: me estoy quedando sin ropa interior y al bebé ya casi no hay bodies que le entren. Nunca imaginamos estar tantos días sin comercios abiertos. A la noche, me inspiro y escribo en Facebook: “Ya acabarán las épocas de distanciamiento social y volverán la de acercamiento sensual”.

21/5/2020

Van dos meses de cuarentena y comienzan algunas flexibilizaciones. Un abuelo del barrio me pide que vaya a cobrarle su jubilación al cajero porque tiene miedo de salir. Me alivia saber que se ha habilitado la atención de los psicólogos y podré ver a la mía. Una parejita de novios se da besos en el hall de mi edificio, una niña pequeña juega en la vereda, se ve más gente en la calle, da la sensación de que el aislamiento va flexibilizándose o que la gente ya no puede cumplirlo.

El presente

Miro a mi bebé y soy tan feliz como un ser humano puede serlo. Lo mismo le sucede a mi señora. Benicio empieza a sonreír, a balbucear algunos sonidos, a conectarse con el mundo. Me pregunto entonces qué mundo le tocará en el futuro, palabra que hoy cuesta pronunciar. Cuándo lograremos vencer o dominar a este virus. Cuándo volveremos a compartir un café en un bar con amigos. Cuándo dejaremos de tener miedo a despidos y cierres de comercios y emprendimientos. Cuándo volveremos a darnos un abrazo. Vuelvo a ver la sonrisa de mi hijo, su rostro que es pura inocencia, y me aferro a esa ternura, a esa humanidad que, junto con el amor de mi señora, me ayudaron a sobrevivir en esta cuarentena.

“Mujer deshabitada” en Perfil | Fantástico pero real

Fantástico pero real | Reseña de Mujer deshabitada (Muerde Muertos, 2019), de María Sola | Por Mariano Buscaglia | Suplemento Cultura de Perfil

María Sola proviene de la larga y fecunda escuela de discípulos del taller literario de Alberto Laiseca. Su debut narrativo puede calificarse como brillante. Los más de cincuenta cuentos que conforman el volumen lo confirman. Lo que vuelve tan llamativo a este libro es la originalidad de sus temáticas. Los cuentos bordan la pesadilla, el surrealismo, el fantástico y hasta el realismo, sin desentonar entre sí, como si se tratase de las notas de una misma partitura. El libro posee una unidad que aúna todos los relatos con una misma atmósfera onírica. Algunos de esos cuentos, como “Año sabático” o “Cuestión de piel” (una especia de pesadilla que se asume como normal) pueden encabezar cualquier antología de grandes relatos. O también “El jardín” o “Las manos”, que son absolutamente perfectos en sus construcciones y desarrollo.
Lo único que puede reprochársele a la autora es la ausencia de énfasis en los títulos (que a veces impide diferenciar con facilidad un cuento de otro) o el hecho de haber mechado, entre tanto cuento bueno, algunos pocos que se huelen como primerizos.
Las diferentes secciones de los cuentos son acompañadas por los óleos de la autora, que están en perfecta sintonía con el material literario y juegan en equipo con la narrativa. Las narraciones de Mujer deshabitada no parecen ser cuentos fantásticos (a pesar de que la mayoría lo son), porque el fantástico se percibe como algo real, como algo rutinario. Y cuando la autora recurre al realismo (verbigracia: “Sin voz ni voto”), el realismo tiene aroma a fantasía. No es frecuente que los libros tengan la rara particularidad que acabamos de señalar, la de ser redondos, o sea, la ser casi perfectos.

Ana Grynbaum | Ante el coronavirus: mascotas de peluche

Escribe Ana Grynbaum | Blog de Cultura Lissardi & Grynbaum

Hace un par de días la Agencia Efe divulgó un hecho llamativo dentro del concierto de noticias sobre el coronavirus que nos invade como un virus en sí mismo. En la ciudad española de Palencia la policía sorprendió a un hombre paseando un perro de peluche, y lo llamó al orden por infringir la orden de confinamiento, que, aunque no lo especifica, permite pasear solo a perros de carne y hueso. (A saber si los peluches no resultan menos nocivos…, nada está del todo claro respecto del Covid- 19). 
El encuentro entre el hombre del perrito de peluche y la policía fue filmado, publicado y viralizado (contando con un importante poder de contagio). En torno al videíto proliferaron las risas y también los reproches. ¿Se trata de un vivo o de un loco? En todo caso, en época de peste, ningún sano o insano de juicio tiene derecho a violar la cuarentena. De acuerdo. Sin embargo, algunos de los comentarios en la cola del video rezuman un mal humor específicamente dirigido al acto cómico en su calidad de tal. El propio hecho de reírse del suceso parece constituir una violación a la seriedad mortal que envuelve al flagelo.
La risa es subversiva, transgrede el tabú que constriñe al miedo. La risa suspende, durante el instante de su producción, el miedo; rellena el vacío infernal de la angustia con cierto contenido jocoso. La risa funciona como acto, está preñada de consecuencias, agujerea el pesado telón del horror transportándonos a otro lado. Dado que este trascender la opresiva realidad tiene una duración limitada su repetición es aconsejada.
El hombre del perrito de peluche, en broma o en serio, realizó su proeza. No solo salió a la calle, sino que provocó la risa de miles de espectadores a través de internet —es decir, ese escenario que hoy como nunca es el mundo—. El acto cómico, poderoso acto sagrado, se viralizó, actuando cual antivirus, si no del Covid-19, al menos de la angustia insalubre que su amenaza produce.
En la Era del Coronavirus las redes sociales brindan la advertencia profiláctica al tiempo que propagan el miedo (en buena medida inevitable, es cierto), pero también se abocan al humor. Hacer humor a partir del terror conduce sin atajos al humor negro. Esta variedad del humor, a menudo cuestionada desde la perspectiva del gusto, resulta vital (subráyese el adjetivo, en época de muertes). Hay temas que no admiten un trato delicado. Lo que importa respecto del humor es su eficacia, que provoque esa relajación placentera, del orden del orgasmo, con valiosas consecuencias anti-estrés y por ello inmuno-enriquecedoras, que tanto estamos necesitando. 

VOLUNTAD DE HUMOR VERSUS HUMOR INVOLUNTARIO 

Paralizada en mi inspiración literaria por la llegada del Corona a mi terruño, pasé los primeros días de libremente elegida cuarentena preventiva absorbiendo y procesando información sobre el Covid y aplicándola en reglas de conducta y limpieza de mi casa.
Las Noticias me causan —desde siempre— un rechazo visceral, las tareas domésticas otro tanto. El tiempo que vengo invirtiendo en la ingurgitación informativa combinada con la ejecución de medidas higiénicas amenaza con hacer peligrar la salud de mi juicio. A pesar de ello, la profilaxis viene funcionando. Si dependiera exclusivamente de la observación de las normas de prevención por parte de mi grupo de resistencia —aparte de mí, mi marido y mi hijo— y no tuviera sorpresivamente lugar algo así como el descenso de un helicóptero con infectados prófugos en el techo de casa, podríamos salvarnos.
¿Estoy exagerando? No lo sé. Están pasando demasiadas cosas raras… Y no escuché ni a Chomsky ni a Zizek salir a explicarlas. El humor propositivo —llamémosle, por oposición al involuntario— tiene todas las de perder ante el humor macabro de la fuerza de los acontecimientos. Tómese por ejemplo el pequeño país en el sur de las Américas donde cumplo mi cuarentena. La prensa internacional se hizo eco de la espectacular entrada y esparcimiento del Corona en Uruguay —¡y después dicen que en este país nunca pasa nada!—. Me refiero a la diseñadora de modas, que a poco de regresar de los países más afectados de Europa, aun padeciendo síntomas, va a un casamiento de 500 invitados. O al rugbier argentino que, proveniente de Europa y habiendo presentado síntomas, se hace un test de diagnóstico en Punta del Este, pero en vez de esperar el resultado en su apartamento viaja en ómnibus a Montevideo, después a Colonia y luego sube a un barco con más de cuatrocientos pasajeros para regresar a Buenos Aires... En un país anclado en los tres millones de habitantes, con población añosa y de tendencia suicida, ¿no se escucha acaso la risa maldita de la Parca montada sobre la criminal estupidez de los imprudentes?

TÚ ERES TU ARMA MORTAL, Y LA DE LOS OTROS…

En lo que a mí concierne, solo salgo a la calle a comprar víveres, a primera hora de la mañana. Mantengo una distancia ejemplar con los escasos humanos que me cruzo. No llego a sospechar nada de ninguno porque me concentro por completo en mi tarea a fin de realizarla con el mayor éxito al menor riesgo, lo que incluye reducir la exposición al mínimo. Nunca en mi vida me había expresado con una economía de palabras comparable. Charlar hace perder tiempo, y en el momento en que se sale al mundo empieza a correr una especie de cuenta regresiva, como la del astronauta que lleva en la espalda una cantidad limitada de oxígeno. No me detengo a discutir asunto alguno, ni siquiera presento quejas; estoy irreconocible. Es que no dejo de pensar ni por un momento que cualquier exceso en los intercambios puede llegar a resultar nefasto…
De regreso pongo los zapatos y la compra al lado de la puerta de calle, rocío todo con antiviral, incluyendo las llaves, el picaporte, el dinero y la tarjeta de débito. Avanzo hacia el baño, durita y derecha, sin tocar nada ni a nadie, respirando lo menos posible —por las dudas—. Todavía no me ducho con desinfectante, pero me saco toda la ropa y la coloco en el lavarropa, que inmediatamente pongo a funcionar, y paso toallitas desinfectantes por el pasamanos de la mampara de la ducha, el botón de la cisterna del wáter, el pomo de la puerta del baño, el interruptor de la luz y cualquier otro elemento que se me cruce. El último operativo compras me tomó casi dos horas, sin contar las otras dos horas que me llevó lavar con hipoclorito cada pieza de fruta y verdura, incluyendo papas, cebollas, bananas y tantas otras que de ordinario simplemente se pelan antes de usar.
Cuando finalmente llego a la computadora, es decir a mi ámbito natural, tengo la conciencia satisfecha de un Jason Bourne al final de cada episodio, incluso si —como le pasa a él— el peligro continúa y puede caer sobre uno en cualquier momento y hasta en el pliegue más íntimo del hogar (pese a todas las precauciones). Cuando llego a mi lugar —si es que llego— a menudo estoy tan contracturada que no soporto permanecer sentada. ¡Tanta tensión y nadie que me dé un masaje! Tras una semana de confinamiento, aun si voluntario y preventivo, mantener la cabeza sobre los hombros ya constituye un desafío.
Oscilo permanentemente entre el heroísmo y el pánico, anverso y reverso de esta pesadilla de alcance mundial —sin posibilidades de despertar—. Más allá del esfuerzo por cumplir con el rol de enlace que me he adjudicado, mi conciencia no ignora ni un minuto que la exposición al mundo me convierte en una bomba humana a punto de explotar —lamentablemente, mi mal humor lo expresa—. Y ni que hablar del mal humor en que me sume la realización de las tareas domésticas, a las que me resisto en una especie de lucha de género, pero que en el fondo me desespera por el hecho de que, ante la ubicuidad del Corona, la higiene no parece nunca suficiente, ni el esfuerzo. El tiempo de escribir se convierte en terreno ganado a un mar enloquecido, un lujo imprescindible (valga la contradicción).
Sin embargo, lo que más me está costando no es tanto soportar la angustia y su prima paranoica, ni la suspensión por tiempo indeterminado de todas mis actividades mundanas, sino la falta de contacto físico. Creo que cuando se acabe este virus voy a salir a prodigar abrazos —quedan avisados, cada uno ve si se pone en el camino o se esconde—. Me conmuevo con lo poco que tengo a la vista desde la ventana, hasta con la gata de mi vecina, paladín de la indiferencia. Cuando la observo paseando por la azotea de su casa me vienen unas ganas locas de apretujarla y la extraño como si alguna vez se hubiera dejado tomar en brazos.
Inspirada por el hermano palenciano —el hombre del perrito— agarré uno de los pocos peluches que sobrevivieron al crecimiento de mi hijo, un cocodrilo azul y naranja de unos ochenta centímetros de largo, y lo puse sobre mi mesa de trabajo. Lo miro, se podría decir que me inspira, pero evito tocarlo; luego habría que desinfectarlo y quedaría descolorido.
Continuará…