MUERDE MUERTOS es una editorial de autores contemporáneos, abocados a la literatura fantástica, el terror, lo erótico y aquellas obras que apuestan a estimular la imaginación.

Se viene Literatura en el Río 2018

El sábado 7 de abril, de 12 a 21, y el domingo 8, de 12 a 20, se llevará a cabo la primera edición del Festival Literatura en el Río (Leer), organizado por la Municipalidad de San Isidro. El evento tendrá lugar en el Centro Municipal de Exposiciones, ubicado en Del Barco Centenera y el río, y en caso de lluvia pasará al fin de semana siguiente. Editorial Muerde Muertos estará presente con un stand y con actividades. Se trata de “una cita gratuita con un centenar de editoriales, clases magistrales, mesas redondas, espacios para los más chicos, gastronomía, música en vivo y mucho más”, anunció el equipo organizador compuesto por Fernando Pérez Morales, Pablo Méndez, Mariano Morello, Milagros Pérez Morales, Eleonora Jaureguiberri, Mariano Donadío y Camila Fabbri. +InfoNotaClarín
Equipo organizador del festival LEER 2018.

“Strip-tease”: mientras hay deseo hay esperanza

Strip-tease: traducción visual, de Enrique Medina (Editorial Muerde Muertos, Buenos Aires, 2017, 144 páginas)

Reseña de Germán Cáceres (germanc4@yahoo.com.ar) para Letras Uruguay / Espacio Latino

El libro lleva el subtitulo de “Traducción visual” porque está acompañado por cuarenta hermosas imágenes de artistas que interpretaron según su óptica los distintos capítulos. Varias responden a la gráfica (alejada del realismo) de los jóvenes dibujantes de historietas de la actualidad. La magnífica edición ayuda a disfrutar las diferentes poéticas.
Se encuentran epígrafes de escritores de la talla de Georges Bataille, François Rabelais, Philip Roth, Marqués de Sade, James Joyce, Henry Miller, Louis-Ferdinand Céline, William Bourroughs. Uno es regocijante: la artista de cine y stripper Gypsy Rose Lee, ante un individuo que la reconoce y le pregunta si es ella, contesta: “¡Qué ocurrencia! ¿Parezco yo una de esas sinvergüenzas que se desvisten ante el público?”.
La prosa de Enrique Medina se compone de párrafos cortos, mínimos (estilo agenda), con muchos puntos suspensivos, expresiones lunfardas y las llamadas malas palabras. La obra reúne capítulos breves, como apuntes sobre las vivencias del Pichón, un muchacho del interior que frecuenta —conducido por el Maestro— ámbitos y locales de bajísima categoría en los cuales se bebe sin control y se ofrece strip-tease, a la vez que se producen horrendos actos de extrema violencia. Los señalan como los sótanos, en donde también se encuentran revistas pornográficas tipo Playboy. El erotismo está dirigido al acto de la masturbación, que practican algunos hombres frente a ese espectáculo o viendo cine porno.
No obstante el tono burlón y chispeante de estas crónicas y de sus escenas de violencia (que parecen aludir a una sociedad represiva), en algunas asoma la idea del suicidio como salvación y se agradece al asesino su acción: “Aprieto el gatillo y presta sale la bala (…). Me sonríe agradecido…”. El espanto y el horror terminan por ser determinantes: “En una esquina habían hecho una fogata hermosa con una pila de cadáveres; algunos todavía no poseían el certificado que los acreditaba como tales…”. Un eco de disparos funciona con insistencia como música de fondo.
Los textos destilan humor y sexo, pero hacia el final el Pichón le dice al Maestro: “Que muy en el fondo de mi almita sé, claramente sé, inteligentemente sé... que nos vamos a ir de este mundo de mierda sin haber agarrado ni una sola vez la sortija...”.
En el erudito y agudo prólogo (“Strip-nacional”), Carlos Marcos y José María Marcos citan a prestigiosos científicos que trataron seriamente el tema de la masturbación y a grandes escritores que lo incluyeron en sus ficciones, y afirman que “Enrique Medina construye con Strip-tease una novela que organiza posiciones y tensiones sociales en una historia que expresa implícitamente un punto de vista político”. Y citan los elogios que emitió acerca de esta obra el eminente investigador de la cultura urbana David William Foster.

Ilustradores: Antonio Seguí, Juan Carlos Virgilio (Carpincho), Geraldine Guterman, Darío Lavia, Gustavo Nemirovsky, Ana Vargas, Naty Menstrual, Christian Mallea, Lara Silisque, Alejandro Kaplanski, Esteban Serrano, Balaoo, Roly Schere, Demián Rugna, Dr. Mateo, Diego Axel Lazcano, Milio, Nicolás Prego, Renée Cuellar, Claudio Mangifesta, Arturo Desimone, Paloma Grillo, Esteban Sterle, Gisela Aguilar, Jorge Capristo, Hernán Conde De Boeck, Patricia Benedicto, Carolina Krupnik, Leo Batic, Maru Ceballos, Martín Klein, Karen Pacheco Echeverry, María Ibarra, Mauro Gentile, Antonio Barragán, Jorge Mallo, Lautaro Dores, Laura Ojeda Bär, Ezequiel Dellutri y Alejandro Marcos.

“El manual sadomasoporno” en Letras Uruguay

Manual sadomasoporno (ex tractat), de Alberto Laiseca (Editorial Muerde Muertos, Buenos Aires, 2017, 104 páginas)

Reseña de Germán Cáceres (germanc4@yahoo.com.ar) para Letras Uruguay / Espacio Latino

Ricardo Piglia aseveró sobre Los sorias, de Alberto Laiseca (1941-2016): “la mejor novela que se ha escrito en la Argentina desde Los siete locos, de Roberto Arlt”. Laiseca incursionó, además, en el cuento, el ensayo y la poesía. En el prólogo titulado “Ese agujero no soy yo”, que es una inteligente introducción a unos textos difíciles de apreciar, Carlos Marcos y José María Marcos comentan que este libro es “...un breviario donde la descripción de técnicas sádicas y masoquistas conviven sin empujarse con aforismos, la comedia negrísima, el humor esquizofrénico, la reescritura creativa, opiniones científicas...”. A su vez, Selva Almada, a quien está dedicado el Manual y que en su momento fue alumna del autor, comenta que “una noche llegamos al taller y nos dijo que iba a leernos un decálogo sadomasoquista que se le había ocurrido (...) y le dije: podría escribir un libro con esos textos...”.
Muchos de los comentarios del autor podrán escandalizar a algunos lectores y hacer reír a otros, pero algunos resultan sin duda ingeniosos: “El sádico es un representante del sexo débil. La masoquista es un representante del sexo fuerte. Tú me representas, yo te represento. Sé perfectamente, amor mío, que tú tienes todo el poder. Úsalo con discreción y amor o vas a destruirme”. Asimismo, se encuentran algunas ocurrencias desopilantes: “Detrás de todo gran hombre hay una gran víctima”, como también lo son las audaces “Paráfrasis martinfierristas” o sentencias inesperadas: “El paraíso es hoy. El mañana siempre será el infierno. Lo sabemos pero ¿qué podemos hacer? El hoy pasa. El mañana queda”. Todas estas frases calan hondo en este tipo de relación perturbadora que es frecuentemente volcada en filmes de cineastas consagrados (por ejemplo: Lars von Trier) o en exposiciones fotográficas contemporáneas.
Hay dieciséis opiniones sobre física, matemática, arqueología y economía. Se trata de brillantes humoradas que revelan que el escritor posee conocimientos científicos. Y dado la variedad de temas que se abordan con prosa concisa, de párrafos cortos y bien elaborados, puede también entenderse que el libro pertenece a la categoría literaria llamada miscelánea.
Laiseca suele curarse en salud: “Al que pretenda que las minas tienen la culpa de todo, le digo: usted está equivocado (y esto por ser suave). Ellas han sido más castigadas que nosotros. No nos podemos quejar si nos hemos quedado sin compañera”. Y pese a su desparpajo destila permanentemente un amargo escepticismo.
Logrados y acertados los dibujos de Carlos Marcos. Se luce aplicando pinceladas negras sobre figuras blancas o rodeándolas. Profesional y de excelente composición y equilibrio el diseño de tapa e interior de Mica Hernández.
Groucho Marx —si pudiera leer Manual sadomasoporno— lo calificaría como una chispeante boutade.

Marcelo Guerrieri en Audiocuento

Audiocuento incluyó el texto “El repartidor de diarios”, de Marcelo Guerrieri, que forma parte de su libro Árboles de tronco rojo (Muerde Muertos, 2012), con locución de Natalia Arenas y una ilustración de Fernando Sawa. Oír aquí.

El repartidor de diarios
Marcelo Guerrieri
Ilustración: Fernando Sawa.
Toma unos mates bien calientes, casi hervidos, y sale con su bicicleta hacia la calle. Alza la vista. Mira el cielo. El amanecer anaranjado, con pocas nubes, anuncia un día agradable.
Aunque se lo han explicado mil veces —que el eje de la tierra, que el verano nórdico— no termina de entender cómo puede ser que haya sol a las tres de la mañana. En invierno va a ser al revés, le dijeron, todo de noche; pero le cuesta imaginarlo.
Ya el aire fresco en la cara le espanta la modorra. Entra en el sendero que atraviesa el bosque. Ese pedalear entre los árboles, el olor a pasto mojado por el rocío, la luz tenue, todo eso le hace sentir que está de paseo y que todo puede ser hermoso y limpio, como había soñado al dejar Buenos Aires; un conejo blanco se espanta cuando sale del sendero hacia la calle: corre en zigzags nerviosos y desaparece tras un matorral de flores amarillas.
Mientras avanza despacio por las calles vacías en dirección al centro lo invade una angustia repentina porque sabe que después del trabajo, después de la siesta, la tarde se le hará interminable. Aunque está contento con esa ciudad preciosa y su trabajo, a pesar de que la gente allí es amable, aún no ha encontrado la forma de intimar y hacer amigos.
Pedalea más fuerte y se da envión para cruzar el puentecito de madera. Del otro lado del río, un chico rubio que viste una remera manchada bajo las axilas lo espera de brazos cruzados.
Después de las presentaciones caminan hacia un garaje de baldosas rojas. En silencio cargan el carrito de los diarios —el periódico local al frente, el de tirada nacional detrás— y anotan en el libro de clientes los cambios que llegaron en la hoja de novedades.
—Es un buen distrito —le anuncia su compañero (primero en sueco; después, al notarle el desconcierto, en inglés)—: Con práctica lo terminarás en hora y media. Todos edificios. Todos con ascensores.
Entonces recuerda con nostalgia su distrito anterior. Casas bajas, amplios jardines, largas caminatas silenciosas en la mañana desierta. Asiente, sonriendo a su compañero, y empuja el carrito ya cargado a través de la calle paralela al río.
—Me olvidaba —le dice el rubio—. Algunos códigos no funcionan a esta hora de la madrugada —y sacude un manojo de llaves que él recibe al tiempo que comenta que prefiere no hablar en inglés y practicar el idioma. El otro dice ok y marca el código en el panel de la puerta del primer edificio.
Durante el recorrido caminan despacio. Hablan poco. Como si algún ser diminuto le dictara al oído, su compañero va metiendo los diarios en los buzones sin consultar el libro de clientes.
A la hora, el rubio le desea buena suerte y se despiden con un correcto apretón de manos. Entonces comienza su deambular solitario por pasillos y escaleras.
Frente a cada puerta, lee el apellido en la placa de metal y consulta el libro de clientes: si el nombre coincide, mete el diario en el buzón; si no, sigue de largo.
Pero a medida que avanza la mañana, en ese encierro gris, lo va invadiendo el recuerdo de otro pasillo: cuadrados de mármol blanco, cuadrículas de bronce, el cementerio de la Chacarita, el nicho donde descansan los restos de su padre… se sacude, espantado por una presencia a su costado: un arbolito artificial dentro de una maceta enorme. Y cada nuevo edificio lo recibe con su aséptico silencio, la gente dormida detrás de las puertas, los quejidos del ascensor amplificados por la quietud. Después, subir encerrado, hasta el último piso, bajar las escaleras, atento a las placas de metal; meter un diario en la ranura, una puerta abriéndose detrás —quizá alguien se haya despertado—; el piso de abajo huele a desinfectante de hospital, el ascensor chilla cuando llega a planta baja. Se mira en el espejo y limpia el sudor de su frente. No le gusta para nada lo que ve. La remera transpirada y sucia.
En el siguiente edificio, cuando sale desde el ascensor hacia el pasillo, lo sorprende la puerta de un departamento abierta, la habitación a oscuras.
Deja el diario sobre el piso y va bajando la escalera cuando siente un portazo a sus espaldas. Se asusta, tropieza, quiere tomarse de la baranda pero tiene la mano ocupada con los diarios y todo se desparrama sobre la escalera; la frente le pega de canto contra la baranda y lo último que oye son las hojas de los diarios sacudiéndose en el aire.
Después, una humedad en la mejilla, el sabor amargo en la boca. Un conejo blanco le olfatea la frente. Los dos retroceden, asustados. El conejo se resbala y cae por el hueco de la escalera. Lo ve sacudiéndose, en caída libre. Después el golpe sordo.
Se toca la cabeza: no hay sangre pero sí un chichón y ese dolor agudo. Recoge los diarios y baja la escalera hasta planta baja. El conejo no está por ningún lado pero hay manchas de sangre sobre los escalones que bajan hacia el sótano.
Sale a la calle. Empuja el carrito hacia el siguiente edificio. A mitad de camino se detiene a masajearse la cabeza: el dolor va bajando, por suerte, se dice, mientras estudia la vidriera del negocio que tiene enfrente.
Al principio no le queda claro qué es lo que venden allí. Hay muebles más bien antiguos, largas mesas con vajilla fina; sobre un estante espejado, una multitud de animales de porcelana.
Los tamaños no guardan proporción y esto hace que la colección de porcelana tenga algo de monstruoso. Hay dos elefantes rojos del mismo tamaño que una ardilla que sonríe; detrás, un caballo recostado sobre el vidrio mucho más grande que una jirafa rodeada de monos; un alce de largos cuernos vidriados, peces, una foca… Pero lo que más le llama la atención es un enorme conejo blanco, erguido sobre las patas de atrás. Sobre la panza reposan las patas delanteras entre las que asoma un cuchillo sin empuñadura, más bien un escalpelo o un bisturí.
Desde el río le llega un ruido acuoso entremezclado con un chillido, un chapoteo. Sobre la baranda del puente, reposando en las maderas barnizadas, una paloma se picotea las alas. Frente a ella un pato aletea sobre el agua del río; alzando el cogote, alardeando de sus plumas, lanza graznidos cortos hasta que se sumerge de golpe.
A seguir, se dice, y empuja el carro hasta el siguiente edificio.
Entra con los diarios apilados sobre el antebrazo y sube en ascensor hasta el último piso. Desde la ventana del pasillo mira hacia fuera: en el corazón de la manzana, rodeado de sauces, distingue un edificio antiguo con una gran cúpula vidriada. Se pregunta quién será el encargado de repartir allí, le extraña que no forme parte de su recorrido; mejor, se dice, y fantasea mientras baja la escalera: capaz que ahí no leen el diario —cuatro periódicos en el tercer piso—, o es un edificio abandonado —tres en el segundo—, o de analfabetos —ninguno en el primero— o un edificio de ciegos; final del recorrido.
Empuja el carrito vacío hasta el garaje de las baldosas rojas. Lo estaciona en un rincón, entre bicicletas y coches de bebé. Cuando se agacha para ajustar el candado a la reja, lo sorprende un diario sobre el piso.
Si de algo está seguro es de que ese diario no estaba allí cuando empezó su recorrido. Lo recoge, maldiciendo este último encargo que no hace más que retrasarle la hora de la siesta. Lo desenrolla. Estudia la portada: Animalia dicen las letras rojas sobre la imagen de un perro labrador. En una esquina, fotos de aves, con un titular que alcanza a traducir como: ¿Pueden los animales entender lo que decimos?
Un trozo de papel, adosado al diario con un clip, tiene una dirección impresa y la palabra källaren —subsuelo— en lugar del nombre del cliente.
Se dirige al edificio, cargando sólo el diario. Ya dentro del ascensor, recorre con los dedos las teclas de metal; pero en el lugar del botón del subsuelo hay una cerradura plateada. Saca el manojo de llaves y prueba más de la mitad hasta que da con la que calza.
La hace girar.
El ascensor se sacude.
Y desciende.
Ha bajado tres pisos cuando la puerta se abre y sale hacia un pasillo angosto. El ascensor se cierra a sus espaldas. Todo es oscuridad mientras los ojos se van acostumbrando a la penumbra bordó que surge desde las lucecitas de los interruptores.
Aprieta el botón que tiene más cerca. Los focos del techo se encienden de golpe. El pasillo es larguísimo, de paredes blancas. Ya está bien, se dice; no piensa atravesar ese pasillo.
Acaba de dejar el diario sobre el piso cuando lo sorprende el ruido del sistema de apagado automático de la luz. Es un tac-tac repetitivo y seco. La frecuencia de los golpecitos eléctricos se acelera a medida que se acerca el momento de la oscuridad. Y el golpeteo resuena en contrapunto con su respiración, que se agita, mientras busca el botón para abrir el ascensor y no está por ningún lado. Patea la puerta, intenta forzarla. El ritmo acelerado se acalla de golpe. La luz se apaga.
Se dice que seguro al final del pasillo, la salida de emergencia… arrastra los dedos por el piso rugoso, algo suave y caliente le toca el revés de la mano. Pega un salto y se repliega contra la puerta del ascensor; un murmullo, algo le toca la pierna. Salta hacia el interruptor y enciende la luz de un golpe.
Parados sobre las patas traseras, una multitud de conejos blancos lo mira con ojos rojos; congelados, fruncen nerviosamente las narices, se rascan los bigotes. El tac-tac se calla. La luz desaparece. De pie pero detenido como un cuerpo muerto siente el refriegue en los tobillos. Aprieta el botón rojo. Entre esa masa blanca y movediza que no para de crecer sólo quedan unas pocas manchas de suelo gris. El tambor calla de golpe. La luz vuelve a apagarse. La enciende. Conejos blancos sobre conejos blancos, se pisotean, escalan, inundan el pasillo. La luz se apaga. El aire es un cuchicheo sordo. La oscuridad amplifica el murmullo algodonado.

Alejandra Tenaglia y su “Viaje al principio de la noche”

Por Sebastián Abdala | Maculaturas | 14 de febrero de 2018

Me pasa muchas madrugadas, mientras rebusco apuntes y tomo notas para entrevistar a alguien, que suelo preguntarme cuál es el objetivo final de las preguntas. Me inquiero, con profundidad, mientras las horas me pasan de largo haciendo de la noche una confidente, qué rescatarán las personas que entren a leer “otro-blog-de-literatura”, qué se quedará en sus vidas. Luego recibo las respuestas de alguien como Alejandra Tenaglia y sonrío satisfecho, sabiendo que vale la pena ser independiente y estar envuelto en brumas, algunos al final, otros en el comienzo de la noche en sí. Próxima a salir a la luz su primera novela Viaje al principio de la noche, la experimentada editora y escritora regala a Maculaturas una soberana dosis de su compromiso literario, narrativo y creativo. Conversamos de actualidad, procesos de creatividad y conceptos relacionados con ser y con escribir que, como diría alguien por ahí, “no es lo mismo, pero es igual”. Desde Sevilla, miles de gracias por darnos un rato antes de la muy próxima salida en Argentina de una novela que, prometen los que saben, va a situarse entre esos libros que debemos leer. Buen viaje por estas noches que nos acompañan.
—Hablanos un poco de qué va tu ópera prima Viaje al principio de la noche.
Viaje al principio de la noche narra el regreso de una profesora de Historia, Victoria Tell, a su pueblo natal, debido a que su madre está algo enferma. Ese regreso implicará un verdadero viaje a su pasado. Como capas de cebolla, irán cayendo los recuerdos que permiten entender un poco a este personaje, a su versión actual que es la que el lector tendrá al alcance de su vista, pudiendo ver todo: sus fortalezas, sus debilidades, sus imposibilidades, sus heridas, sus intentos por sanar, es decir, esa trama íntima que todos desarrollamos, en esta epopeya personal que implica el vivir y el intentar ser feliz. De todo eso, y de una utilización de la palabra como herramienta de lucha diaria, es de lo que va esta novela. Hay también un final inesperado, un latido que implosiona y vuelve nítido lo borroso, dejando al lector, creo, ante cuestionamientos de todo tipo...
—Imagino que por el título, alguna arista de Celine se tocará, ¿verdad?
—La novela está dividida en cinco partes, una de ellas abre con una frase de Cèline: “Quizás en nosotros y en la tierra y en el cielo, sólo es terrible lo que no se ha dicho. No estaremos tranquilos hasta que todo sea dicho”. La cita es de su Viaje al fin de la noche y contiene sintética y certeramente, la idea de mi novela. Por otro lado, la presencia de una oscuridad que hay que atravesar... En el caso de mi Viaje... el lector, atravesando esa oscuridad, llegará hasta el principio de ella, es decir, hasta su causa primigenia...
—¿Cómo ha sido el proceso de creación de la novela? Tanto de la idea como los detalles que la compongan, sus personajes, la situación social.
—El proceso ha sido largo. Primero fui tomando notas, sin saber siquiera lo que iba a hacer con ellas. Luego vi la posibilidad de construcción de un personaje que se pusiera varias mochilas, repletas de elementos, y encontré también la posibilidad de tratar ciertos temas muy ligados a nuestra vulnerabilidad humana, y de hacer hincapié fundamentalmente en uno de ellos. Ese momento —por lo menos así me sucedió a mí— en el que uno encuentra el modo de señalar con el dedo y con determinación, un tema que lo preocupa o enoja o está convencido que merece atención, es cuando siente que la historia se justifica. Después, sinceramente no sabemos qué puede pasar con y en los lectores, pero la idea de poner en tensión algunos conceptos y situaciones y valoraciones, me ha mantenido muy atenta durante la construcción de esta novela.
—Me imagino que prologada por el maestro Enrique Medina, debe tener una buena carga de realismo.
—Sí, es una novela realista aunque eso no implica, incluso en la obra de Medina, que el idealismo no aparezca. Muchas veces es justamente el contraste entre el idealismo de algunos personajes y su rutina, marcadamente pegada al suelo, lo que hace sobresalir aún más ese espejo inmisericordioso que conlleva el realismo, ¿no?
—¿Cómo ves el panorama actual de Argentina a nivel literario?
—Comentar sobre el panorama actual en materia de producción literaria es un tanto difícil porque uno sabe que no todo lo que aparece en vidrieras, es lo que se produce. Es más, probablemente haya mucho material del bueno, entre las sombras... De todos modos sí puedo decirte que hay nombres que considero que han ganado con justeza el lugar destacado que tienen hoy en el panorama nacional, como el de Claudia Piñeiro o Eduardo Sacheri.
—¿Y a nivel social? Hace poco hablamos con Sandra Russo y nos ha contado del vaciamiento que está sufriendo de nuevo el país.
—Argentina navega entre sus crisis desde que tengo uso de razón, yendo desde un extremo al otro según el gobierno de turno, destruyendo en ese camino ciertas conquistas pero también, no tocando ninguno de ellos, determinados privilegios y problemas. Hay grupos económicos que se han beneficiado con todos, intocables. Y hay grupos vulnerables que no han salido de su vulnerabilidad con nadie, también intocables, hasta parecería que son igualmente “necesarios” para los gobernantes. Es entonces, creo, hasta ingenuo hacer análisis parciales. Quizás alejando más la óptica y ampliando el campo de visión, es posible entender un poco más estas repeticiones y grietas y otros asuntos locales que roban toda la atención, pero no son, tal vez, lo importante.
—¿Ha influido en tu obra esta situación social?
—El contexto en el cual vivimos, no nos es indiferente en nuestra construcción personal. Y esa construcción personal se pone en juego al escribir, ya sea de un modo explícito, como telón de fondo de una obra; o implícitamente, como un elemento más que le permite al autor, apoyándose en ellos, imaginar otros mundos, pongamos como ejemplo extremo a Verne. Es decir, resumiendo, siempre estamos influidos. Si eso se hace evidente o no en la novela, ustedes lo dirán...
—Si tuvieras que nombrarnos alguna influencia en tu estilo, ¿Quiénes nombrarías?
—Es muy difícil hablar de uno mismo en este sentido, lo dejo en manos de los lectores. Sí puedo hablarte de mis lecturas, que son variadas. Mucha literatura argentina y europea, aunque también de otros parajes. De todos, trato de ir aprendiendo, incluso detectando qué es lo que no quiero en mis páginas. Debo empezar citando a Enrique Medina, hace diez años que estoy al cuidado de sus ediciones y reediciones, y nunca dejo de aprender de él; ojalá haya logrado volcar en mis textos, algo de ese aprendizaje. También debo citar a Marcel Proust, cuando lo descubrí, sentí que ahí residía verdaderamente la prosa exquisita, evocativa, casi un homenaje a la misma literatura en toda su extensión. Hay quienes me han marcado por el contrario, como maestros de la simpleza narrativa, dotados de picardía y hondura a la vez, como nuestro Osvaldo Soriano. Los griegos con sus tragedias cargadas de subtexto. El coraje de la Fallaci. Ese monumento a la cordura y la locura que es El Quijote de Cervantes. La poesía ferviente de César Vallejo. Mujeres que han abierto camino como Alfonsina Storni, Simone de Beauvior, Virginia Woolf, Emily Dickinson, Violette Leduc, Emily Brönte… La cadencia de Antonio Di Benedetto. El encriptado estilo de Faulkner. Doistoievski y los rusos en general, con su singular temperatura ambiente. Kafka, con su elegante ironía. El Marqués de Sade, situando al placer en el centro de escena. Miller y Bukowski, despojados de lo pacato y de unas cuantas cositas más. La lista podría seguir largo rato y aun así, sería injusta con muchos… Pero para hacer honor a mi país y a mi género, me gustaría cerrar nombrando a la profundísima Alejandra Pizarnik y a la gran Liliana Bodoc, a quien perdimos en estos últimos días.
—Por último, ¿qué le recomendarías a los escritores que están comenzando su andadura por este camino de la literatura?
—Recuerdo haber llorado leyendo Cartas a un joven poeta de Rainer María Rilke, con las preguntas que le recomienda hacerse, al muchacho que quiere ser escritor. Allí encontré una de las mejores explicaciones, sobre esta necesidad que implica el escribir. Una necesidad que nada tiene que ver con el entretenimiento ni la catarsis ni una simple vocación por la palabra escrita ni mucho menos con la pretensión de alguna fama o de eso que suele denominarse “éxito”. Va mucho más allá, hundiendo su raíz en eso misterioso que hemos dado en llamar “alma”, con todas las tormentas y efervescencias que suceden en su interior. La literatura siempre es escrita con sangre y sepia, dice Victoria Tell, personaje principal de mi novela; y en eso estoy de acuerdo con ella. Es un oficio con el que se sufre, se combate, se resiste. Considero que aún la más escéptica de las páginas literarias, encarna esperanza. Por eso se escribe, a pesar de todo. Se escribe buscando el cénit, como se persigue al mismo orgasmo, lográndolo sólo a veces; sabiendo en otros casos, que no hay más que volver a empezar. Una y otra vez. Una y otra vez. Como ese personaje de La peste, de Albert Camus, que corrige un mismo verso a lo largo de toda la novela y en medio de la despiadada realidad plagada de muerte, que le es impuesta. Si uno siente todo esto que describo, entonces creo que podría tomarme el atrevimiento de recomendar tres cosas: leer mucho, olvidar el pudor, trabajar con tesón.

Revista Viva: “El manual sadomasoporno”

Revista Viva Clarín | Domingo 11 de febrero de 2018



El erotismo en la literatura argentina

Los hermanos Carlos y José María Marcos visitaron el programa “Campeones del ocio”, que se emite los domingos de 16 a 17 por La Once Diez (Radio Ciudad. AM 1110). Allí estuvieron conversando con los conductores Miguel Frías y Horacio Convertini sobre el erotismo en la literatura argentina, a partir de la salida de Manual sadomasoporno (ex tractat) de Alberto Laiseca y Strip-tease: traducción visual de Enrique Medina, con la participación de 40 artistas plásticos. Aquí subimos algunas imágenes. ¡Muy agradecidos con todo el equipo de “Campeones del ocio”! Fue el domingo 11 de febrero de 2018.

Página/12: Viaje al principio de la noche

Por Enrique Medina, Página/12, 8 de febrero de 2018

Henry Miller, Alfonsina Storni y Jorge Luis Borges.
Batifonderos, ingresan a la confitería Las Violetas. Festejan a Alejandra Tenaglia, una fiel lectora de ellos que, con la publicación de su primer libro: Viaje al principio de la noche, dejará de ser sólo lectora para convertirse en escritora. Alborotados, derrochan júbilo. Juntan mesas. Allan Poe, continúa el tema que venían abordando: ¿conviene casarse o no, es mejor vivir juntos o no, hay que ser fiel o no?... El mozo, en el cruzamiento de voces logra desenmarañar el pedido de cada uno. Marta Lynch la abraza y besa augurándole un éxito impetuoso. Hemingway comenta el programa de televisión de la noche anterior. Dostoievski, algo desubicado con cara tan dramática, cree que la posición del sexólogo fue demasiado formal, poco jugado. Se alarma Marcel Proust de cómo se le ha pasado el tiempo: “Volando, volando, ¿viste?, qué cosa, che...”. Cargándolo, Victoria Ocampo le aconseja ir a un gimnasio y hacer pilates, así arrancás con el octavo tomo. No pudiendo con su genio militante, Juana Manuela Gorriti baja línea sin rubor: “Es innegable que el país está colonizado, mentalmente estamos colonizados ¿entienden?, y los servicios de inteligencia complotan recibiendo órdenes de la Banca Mundial...”. El mozo deposita el pedido disimulando a la insistente Oriana Fallaci, que lo mira y se relame. Shakespeare no pierde la oportunidad y bromea con la insistencia de Violette Leduc también mirando al atractivo mozo. Las damas se arrebollan secretas y evalúan gustos y medidas sobre el pene del mozo. Virginia Woolf es contundente: “Cortita, como giro de laucha”. Ríen. Alfonsina Storni cuenta que “estas navidades los malditos cohetes y las cañitas voladoras explotaron tan fuerte que los perros se metieron bajo la cama, y Horacio Quiroga me dice: che, ¿y la “vieji”?, le decimos vieji a la perrita, por lo viejita, le digo: no sé, entonces él va al balcón, y vuelve con la cara violeta y me dice: ¿dónde está la vieji?, y le digo, en su casita del balcón, me dice, no está, y vamos al balcón, nada, se me ocurre mirar abajo y ahí estaba estampillada en la vereda, la pobre se había suicidado por los ruidos de los ¡cohetes de mierda!, podés creer... Anaïs Nin, levanta los hombros, como que fue simplemente un año más; “salvo que me puse a hacer huevos duros y suena el teléfono, era Henry Miller, y hablando y hablando se nos fueron las horas porque hablando el pelado me calienta, y empiezo a sentir olor a quemado, ¡estaban los huevos saltando hasta el techo!, se me llenó de humo la casa, no sabés, los huevos ¡negros! pegados en la cacerolita, tuve que abrir puertas y ventanas pero ¡todavía hay olor a hiena muerta!”. Emily Dickinson también tiene experiencias hogareñas: “Escucho ruidos en el ventanal del dormitorio. Me di cuenta de que un pájaro desvelado había perdido el rumbo y se chocaba en el vidrio. Me acerqué para verlo golpearse, y ¡paf!, el bicho da contra el vidrio, pero no era que chocaba desde afuera, ¡chocaba desde adentro del dormitorio!, quería salir el pobrecito, había entrado cuando abrimos por el calor, y en el rincón veo un bultito iluminado por la luna, es un pichón de gorrión, dije, y prendo la luz para que saliera, ¡era un vampiro!”..., bah, un murciélago, el miedo que me agarró ni te cuento, lo despierto a Cervantes y me dice, estás loca, y yo me voy a la cocina y traje todos los aerosoles y baygones, y él abrió el ventanal y los dos inundamos la pieza con esos cucarachicidas, miramos bajo la cama, dimos vuelta todo, sacudimos las cortinas, pero el vampirito no apareció, y quedamos convencidos de que cuando Cervantes abrió el ventanal el bichito se había escapado sin que lo viéramos, así que cerramos y fuimos a tomar unos mates hasta que no hubiera olor; Cervantes puso un ventilador y se tiró a dormir, entonces cuando la habitación estuvo algo respirable también me acosté, eso sí, por si el bichito hubiera quedado adentro, me puse la bombacha porque estos animalitos acostumbran esconderse en cualquier escondrijo, viste, y no quería tener sorpresas...”. Carcajadas cacofónicas. Emily continúa el relato: “¿Saben?, en la noche, me levanto a orinar, de un tirón, saltando al parquet, y salté, y con el talón, paf, reviento algo y pego tal grito que Cervantes, que justo estaba escribiendo sobre el pedo que se tira el León enjaulado, casi tira el velador, yo había reventado al vampirito, Cervantes se puso loco, me desinfectó el pie, la pierna, me obligó a meterme bajo la ducha, con bolsitas de plástico fue levantando al bichito como si fuera caca de perro y lo tiró al inodoro, ¡y me arruinó el parquet porque mientras me bañaba él limpió con lavandina, ¿pueden creer?...”. Hablan de sexo y Erica Jong cuenta que cuando tuvo un roce con Freud, él le explicó que Dios había inventado el sexo para tenernos agarrados de las pelotas y los ovarios... Gabriela Mistral señala que ése es un pensamiento machista, y justamente del enfermo de Freud, qué se puede esperar... Balzac astilla el silencio: “Otro año, no puedo creer lo rápido que se me pasó”. Todos coinciden y se miran emocionados. María Esther de Miguel se hace la dura: “Este año no lloro, lo juro”. Victoria Tell, protagonista de Viaje al principio de la noche, recuerda el motivo que los convoca y reclama que Tenaglia, su autora, hable. Ésta, conmovida, agradece a la Editorial Muerde Muertos por jugarse al publicar su primer libro y jura su afiliación irrestricta al ejercicio de la literatura por el resto de su vida. Aplauden, silban, entonan cantos de tribuna. Tenaglia levanta la copa: “brindo por la amistad, el placer, y por los tantos años de lectura. Más aplausos. Borges se pone dos dedos dentro de la boca y chifla como el mejor barrabrava. Hacen el brindis final, se besan, se abrazan. Una copa vuelca sobre la mesa. Ríen y gritan. ¡Alegría, alegría! Apoyan el dedo en la bebida derramada y se hacen la cruz sobre la frente. ¡Alegría, alegría! ¡Será un best-seller tu novela!, lo sé, Dios me lo dijo, le asegura Sor Juana Inés de la Cruz. Y aparece un viejo con chaleco de oveja, con estos calores, gritando: “¡carcamanes engreídos, se olvidaron de mí, que soy el que prestó el título!”... Tenaglia corre, lo estrecha y le agradece. Céline le da un beso. Ella abre los brazos: “¡Los llevo en el alma!, ¡los amo!”, y se pone a llorar.

Otra apuesta por el goce

Reseña de Strip-tease: traducción visual de Enrique Medina (Muerde Muertos, 2017) Por Mariano Vespa | Perfil | Suplemento Cultura | Domingo 4 de febrero de 2018

Strip-tease, de Enrique Medina (1937), tuvo la mala espina de haber salido de imprenta en los albores de 1976. No puede dejar de leerse su prohibición sin tomar en cuenta dos referencias, una contextual y otra diegética, ambas de un decenio precedente. En 1968 había sido censurada Nanina, de Germán García, tildada como una novela soez. Ese mismo año, Carlos Marcucci publicó Cuentos pornográficos. En la biografía de Osvaldo Lamborghini puede leerse la apuesta de Marcucci: “Ocurre que antes de publicarlo se lo he hecho leer a un psicoanalista y él opina que en mi ingenuidad hay cometida una gran reserva de picardía, en mi picardía una gran reserva de degeneración, en mi degeneración una gran reserva de pornografía y en mi pornografía una pequeña dosis de literatura”. Pese a que está velado el escenario, la historia de Strip-tease se sitúa en el mismo contexto marcial, con unas sutiles menciones a distintos decretos que anulaban la participación política y las actividades culturales públicas. El Pichón, un joven del interior que junta recortes de distintos cabarets, viaja a Bueno Aires y conoce al Maestro, un diletante que lo guía por los recovecos de la noche porteña. Así como lo hicieron con la adaptación de Los sorias y con la reedición del Manual sadomasoporno de su maestro Alberto Laiseca, Muerde Muertos pone a disposición una “traducción visual” de Strip-tease, una edición con cuarenta ilustraciones, acompañadas con fragmentos de cada capítulo, más los epígrafes que Medina eligió en cada caso, citas con tintes eróticos y no tanto, como las de Rabelais, Sade o Joyce, entre otros. Forman parte de esta obra colectiva artistas contemporáneos de distintas disciplinas y estilos, como Laura Ojeda Bär, Naty Menstrual, Esteban Serrano, el reconocido Antonio Seguí y la mítica Renée Cuellar. Strip-tease surge como una respuesta a las críticas que recibió Medina en relación con sus primeros libros. Frente al hiperrealismo, se mueve desde lo urbano-degenerado a un territorio fantástico y aún más pueril. Una lectura a tono con el presente podría desacreditarla fácilmente, pero esta intervención no se olvida del goce.
Suplemento Cultura. Perfil. Domingo 4 de febrero de 2018.

Muerde Muertos en “El simple arte de escuchar”

El sábado 27 de enero de 2018, los hermanos Carlos y José María Marcos visitaron el programa “El simple arte de escuchar”, que se emite los sábados de 23 a 24 por La Once Diez (Radio Ciudad. AM 1110), con la conducción de Marcos Caruso. Así lo informó José María en su blog: “En la ocasión, hablamos de las novedades de la editorial Muerde Muertos, en especial: Manual sadomasoporno (ex tractat) de Alberto Laiseca y Strip-tease: traducción visual de Enrique Medina, con la participación de 40 artistas plásticos, y del próximo lanzamiento: Viaje al principio de la noche de Alejandra Tenaglia. También conversamos de otras aventuras como la Feria del Libro Heavy, el festival de cine Buenos Aires Rojo Sangre y los proyectos editoriales de Cinefanía y Cineficción. ¡Gracias, Marcos Caruso y equipo, por este grato momento compartido!”.