MUERDE MUERTOS es una editorial de autores contemporáneos, abocados a la literatura fantástica, el terror, lo erótico y aquellas obras que apuestan a estimular la imaginación.

Preparándonos para la 6° Feria del Libro Heavy


  • Sábado 10 de noviembre. 6º Feria del Libro Heavy. Centro Cultural El Quetzal (Guatemala 4516, CABA). Desde las 15 horas.

Revista Viva recomendó “Viaje al principio de la noche”

Revista Viva | Clarín | Sección Plan V Libros | Domingo 14 de octubre de 2018
Viaje al principio de la noche de Alejandra Tenaglia. Muerde Muertos, 2018. Novela. Es el pasado que vuelve. Una profesora de Historia vuelve a su pueblo, tras diez años, para cuidar a su madre enferma. Con los reencuentros, resurgen dolores, el pasado como acechanza y antiguos anhelos. Así como también la chance de concretarlos. Thriller psicológico que pone de manifiesto el modo en que las convenciones sociales pueden transformarse en una telaraña que nos mantiene inmóviles.

“Hay que matarlos a todos” de Pablo Tolosa en el 4° Congreso Regional de Arte, Literatura y Sociedad

El Centro de Estudios Literarios (CELI), el Departamento de Lengua, Literatura y Comunicación del CURZA, la Escuela de Arte Alcides Biagetti y la Secretaría de Cultura de Río Negro organizan el 4° Congreso Regional de Arte, Literatura y Sociedad (CORALIS). Se desarrollará entre el jueves 18 y domingo 21 de octubre, en el Centro Municipal de Cultura de Gallardo 550, en el marco de la Feria del Libro de Viedma. En las ponencias del viernes, Gabriela Carranza (UNCO) presentará “La narración del modo gótico en Hay que matarlos a todos (Muerde Muertos, 2017). Una novela de Pablo Tolosa”.

“Árboles de tronco rojo” en Solo Tempestad

Reseña de Arboles de tronco rojo (Muerde Muertos, 2012) de Marcelo Guerrieri. 

Por Juanci Laborda Claverie | Solo Tempestad

Las buenas críticas de su novela Farmacia han llamado la atención sobre los trabajos anteriores de Marcelo Guerrieri.
Conocí el nombre de Guerrieri en la antología 12 rounds, donde su cuento “El Cacique” resaltaba por su potencia narrativa entre una docena de excelentes cuentos de reconocidos escritores.
Como si el buen antecedente de su relato no fuera suficiente, pude conocerlo en persona y enterarme de que fue pupilo de Laiseca. Tengo debilidad por todos los escritores formados con el conde Lai: Oyola, Almada, Zina, Cabezón Cámara, Guinot, etcétera.
Con sólo googlearlo uno puede encontrarse con un puñado de relatos que permiten vislumbrar de qué raza de escritor se trata.
Árboles de tronco rojo es un volumen de 14 cuentos publicado por editorial Muerde Muertos en el año 2012.
Qué se puede decir al respecto. Pecaré de redundante, pero cada relato destaca por el peso de su historia. Las tramas tienen una densidad —sin caer nunca en una atmósfera pesada— donde lo cotidiano que acontence tiene más importancia que a quiénes les sucede.
Todos los relatos son de fácil lectura, y aunque el lector es un espectador privilegiado, la cercanía de la prosa de Guerrieri hace que en más de una ocasión deseará timonear las acciones de los protagonistas como en los viejos Elige tu propia aventura. Los cuentos recorren distintos géneros donde los registros del policial, lo estremecedor y lo delirante se acomodan en un compilado de pesadillas que explotan cuando menos se lo espera. Clave de que lo siniestro está detrás de cualquier árbol, no importa su follaje o su color.
Aunque todos los relatos son buenos, y cualquiera de ellos podría integrar una antología de los mejores cuentos de escritores de su generación, destacan (y eso es siempre subjetivo) “La Telesita”, “La inundación”, “Cada tanto Normita”, “Dano no ve nada”, “El Cacique” y “Solo en la escuela”.
“El ciclista serial”, relato lúdico para un público adolescente, integró la antología Bajo sospecha del Ministerio de Cultura de la Nación en 2015.

El “Manual” de Lai en El País de la Bruma

Reseña de Manual sadomasoporno (ex tractat) (Muerde Muertos, 2017) de Alberto Laiseca. Prólogo: Carlos Marcos y José María Marcos. Ilustraciones: Carlos Marcos. Diseño: Mica Hernández

Por Ayleén Julio Díaz | El País de la Bruma

Es cosa segura de que si uno quiere a una mujer no la mata. Ni por dentro ni por fuera. (Alberto Laiseca).

Publicado por primera vez en 2007 bajo el sello Carne Argentina; y ahora por Muerde Muertos, Manual sadomasoporno (ex tractat) podría considerarse como un libro en el que Alberto Laiseca, mediante el uso de un lenguaje que conjuga humor, ironía y sarcasmo, construye una suerte de  breviario donde conviven descripciones de técnicas sádicas y masoquistas, aforismos, opiniones científicas y algún que otro consejo sexual para jóvenes y viejos.
Ya desde la primera página, este libro —como señalan los prologuistas Carlos Marcos y José María Marcos— contiene una promesa y una advertencia: “Sadismo es amor. Masoquismo es ternura. Vampirismo es protección. Por el culo no es incesto. Una sola vez no preña (licencia poética)”; lo que podría traducirse en un llamado del autor para que el lector abandone todo prejuicio antes de adentrarse en un universo donde el orden no encuentra lugar; y del cual no sabemos adónde va a llegar hasta que —valga la redundancia— leemos el final.
Y tras la advertencia y el despojo, lo que queda al lector es disfrutar primero de la irreverencia y el ingenio de una escritura que busca jugar a invertir el mundo así sea por un rato: “El sádico es un representante del sexo débil. La masoquista es un representante del sexo fuerte. Tú me representas, yo te represento. Sé perfectamente, amor mío, que tú tienes todo el poder. Úsalo con discreción y amor o vas a destruirme”. Y más adelante, del modo en que Laiseca interviene la lengua de la sabiduría popular, presente tanto en la transformación de algunos refranes —“Detrás de todo gran hombre hay una gran víctima”— como en la formulación de las “Paráfrasis martinfierristas”, en las que el autor, siendo una suerte de Viejo Vizcacha, aconseja a su lector en materia de sexo. Como remate, el autor ofrece también sus “Reflexiones sobre la tumba de Napoleón”, “Dos posibles finales para Berenice de Edgar Allan Poe”, entre otras cosas.
Asimismo, cabe resaltar de esta edición la originalidad de su diagramación: los textos destacan o se esconden mediante el uso de distintos tipos de letras; a lo que se suman las ilustraciones de Carlos Marcos con grandes pinceladas negras sobre figuras blancas o redondeándolas, donde el texto se entrecruza con la imagen.
En términos de ritmo, y pese a la complejidad que entraña leer un texto sin ningún tipo de secuencia, podría decirse que ésta es una obra de lectura fluida, tanto por la presencia de una prosa concisa, de párrafos cortos y bien elaborados que se fijan en la mente del lector, así como por la franqueza de un narrador que se presenta no en su función tradicional; sino como un sujeto que se abre a otro en un diálogo; lo que a la larga, nos deja al final de la lectura con la plena seguridad de habernos acercado al otro en su más pura humanidad.
Para concluir, queda por decir que Manual sadomasoporno (ex tractat) no es un libro para el lector que busca tranquilidad y entretenimiento, pero s{i una posible puerta de entrada para iniciarse en la producción de Alberto Laiseca, al mismo tiempo que constituye una muestra de los distintos modos en que puede manifestarse la literatura en un momento en que todo parece estar dicho.

“El fantasma del rosario” en Pardon mi Spanglish

Reseña de El fantasma del rosario (Muerde Muertos, 2014) de Marisa Vicentini | Por Natalia Tórtora para Pardon mi Spanglish desde Nueva York

En la búsqueda de sobreponerse a la muerte de su hijo, Micaela se encontrará con un fantasma que le mostrará que, quizá, la única manera de superar la desdicha sea develar la trama oculta de sus días. Con la sutileza de Daphne Du Maurier y la potencia de Patricia Highsmith, la autora nos sorprende con un policial fantástico donde la realidad nunca es lo que parece.

GENERALIDADES 

Hace algún tiempo, una colega (escritora y lectora argentina) reseñó esta novela en su Facebook y sus palabras llamaron mi atención, así que lo busqué, pero solo estaba en Amazon a un precio absurdo.
Dejé un comentario en la reseña y la autora se comunicó conmigo para ofrecerme el ebook que, vale aclarar, me tomó un buen tiempo leer porque me resulta muy incómoda la lectura digital en las pantallas.
Pronto descubrí que El fantasma del rosario era justo lo que buscaba para mi selección de octubre de este año y me propuse terminarlo. Me senté frente a la PC un día y lo leí entero de un tirón porque no lo podía soltar aunque los ojos me dolieran.
¡Ah! Por si no leyeron mis entradas pasadas, les cuento que me propuse reseñar libros que son buenas opciones halloweenenses para gente miedosa que no toleraría el terror puro, pero que busca lecturas paranormales para este mes. Además, intento que estas recomendaciones sean bien variadas.
Es por todo ello que hoy traigo la reseña de un misterio paranormal que transcurre en Buenos Aires y que utiliza voseo.

LA HISTORIA

Después de enfrentarse a la trágica muerte de su hijo, Micaela se muda a una vieja casona que le perteneció a su padre.
Está abatida, es casi que una muerta en vida; con pésimo humor y sin ganas de nada, busca ahogarse en su soledad.
Durante su estadía en su nuevo hogar, comienza a percibir cosas extrañas; en especial, el misterioso movimiento de un viejo rosario que encontró su gata entre las rendijas del piso.
Lo que ocurrió en esta casa se relaciona, de alguna manera, con ella y con su vida. Y la presencia que habita en la casa quiere mostrarle cuál es esa relación. Necesita de su ayuda.

OPINIÓN 

Vayamos por partes. Esta es una novela sobre una casa embrujada. A primera vista, un lector promedio pensaría que se parece a otros libros del género. Después de todo, gran parte de las historias sobre fantasmas en casas viejas son medianamente similares.
Por fortuna, la autora pronto nos demuestra que su texto no es así, que rompe el esquema usual.
Sí, ya sé, hay muchas historias sobre fantasmas en viejas casonas, pero, lejos de amoldarse a esta generalidad, la autora toma el concepto como eje conductor para un misterio y no como elemento para darnos un susto.
La trama en un inicio pareciera predecible, pero poco a poco se aleja de los estándares y toca temas delicados de los que no les puedo hablar porque sería un spoiler.
Me agradó también el manejo de los saltos temporales que no son bruscos y que ayudan a evitar escenas de tedioso relleno. Por momentos me tomaba un par de párrafos hasta que entendía dónde y cuándo me encontraba, pero atribuyo esto a mi propia distracción y no al libro. Sumo también un dato: hay giros muy interesantes que van ayudando a que la historia tome forma de a poco y con buen ritmo; es imposible decir “de qué se trata la novela” sin haberla leído y/o sin contarles sorpresas que no deberían saber. Por ahora, deberán conformarse con la noción de que no es una novela repetitiva en sus conceptos y que los sorprenderá.
Admito que hay algunas cosas de la trama que siento que podrían haberse cerrado mejor, pero eso ya es mi gusto personal. Pasa que me quedó una gran incógnita que no sé si yo no la entendí o que no se explicó bien. Tendría que releer el libro para estar segura.
El final me gustó, no solo las escenas en sí, sino la crítica social que se hace y de la que no les puedo hablar. Creo que me pareció interesante que comencé a leer el libro pensando que sería una novela de terror más y terminó por mostrarme muchísimo más que eso.
Los personajes me parecieron tangibles en su gran mayoría, algunos se me hicieron absurdos o demasiado exagerados, pero la protagonista en particular está muy bien lograda. Sus emociones y acciones son coherentes al punto de que el lector desea no tener que estar nunca en sus zapatos. La idea de una madre soltera que perdió a su único hijo está muy bien transmitida en la cansina desesperación del personaje.
La narrativa es buena. No diría que hay algo en la prosa que se destaque demasiado, aunque admito que se lee rápido porque engancha sin necesidad de ir a lo extremadamente simple. El vocabulario es amplio y se ve un juego constante (pero no abrumador) de recursos narrativos. Quizá, lo que más me gustó fue el voseo rioplatense en los diálogos; casi no hay modismos, pero muestran la conjugación propia de los porteños. Me encanta cuando los autores no tienen miedo de llevar cualquier género literario a sus ciudades.
El libro está contado desde una tercera persona que no llega a ser omnisciente. Esto ayuda a mantener cierto nivel de misterio sin cerrarnos la posibilidad de ver qué ocurre en distintos sitios. Creo que es un narrador muy adecuado para la historia.
Eso sí, el texto no tiene una corrección perfecta, pero sí muy cuidada. Le vi dos o tres errores bobos y un par de diálogos  de “tú” en el medio que me descolocaron. Además, los pensamientos no están marcados según la recomendación de la RAE y eso me confundió un poco al inicio. Creo que esta es mi única queja real.
En resumen, recomiendo el libro. Tiene algunas referencias católicas, pero no es ficción religiosa. Lo paranormal está siempre presente aunque como un elemento de guía más que como algo que debería asustarnos.  Esta es una historia sobre pérdidas, sobre las vueltas del destino y sobre la vida. Hay una casa embrujada, pero ni los lectores tan miedosos como yo se asustarán.
Si son de Argentina, la autora puede decirles dónde se consigue. Si son de otro lado, pueden buscar el libro en Amazon o hablar con la autora por sus redes sociales. Yo voy a esperar a viajar al país algún día para comprar una copia impresa y releerlo con mayor comodidad. Además, intentaré convencer a la autora de que participe con alguna copia del libro en mi Xmas Festival.

“Gemelas que Muerden Muertos” en Jacobacci

Pablo Tolosa —autor de Hay que matarlos a todos (Muerde Muertos)— e Ignacio Román González —autor de La analogía del cielo (La Otra Gemela)— visitaron la ciudad de Ingeniero Jacobacci, departamento Veinticinco de Mayo, de la provincia de Río Negro, en el marco de la Feria Provincial Itinerante del Libro y Semana de las Artes “Crear para ver”. Estuvieron el miércoles 26 de septiembre  de 2018 en el Gimnasio Municipal Jacobacci hablando sobre literatura fantástica titulada “Gemelas que Muerden Muertos”. Entre otros, siguió la charla con sumo interés el escritor Elías Chucair, 92 años, prócer de las letras rionegrinas.

Alejandra Tenaglia visitó la Escuela 222

Alejandra Tenaglia, autora de Viaje al principio de la noche (Muerde Muertos, 2018), visitó la Escuela Nº 222 de Chabás y conversó con sus alumnos sobre literatura. “¡Muchas gracias a docentes y directivos, por la invitación para hablar de escritura y lectura, y a los alumnos del turno mañana y turno tarde, por su atención y su calidez! Fue un gusto enorme para mí compartir este encuentro con ustedes”, señaló la autora.

Perfil: Rincones ocultos de la literatura argentina

Imagen: Juan Salatino (Perdil).
Cultura, esoterismo y discurso literario: rincones ocultos de la literatura argentina. Desde los primeros tanteos esotéricos en los climas góticos y lóbregos de la literatura antirrosista, pasando por la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, los cultos religiosos, las ciencias ocultas y las creencias alternativas alimentaron la fantasía de los escritores nacionales, fundando un subgénero inadvertido, fructífero y enloquecedor que aún trastorna las mentes de los lectores que se atreven a descender esos abismos.

Por Mariano Buscaglia | Suplemento Cultura | Diario Perfil | Domingo 23 de septiembre de 2018

La literatura argentina es frondosa en el culto de géneros y subgéneros, a pesar de que este fenómeno, por regla general, pase desapercibido para muchos aficionados o, incluso, buenos investigadores. El mal que padecemos es el de una memoria demasiado selectiva y corta de miras. Eso impide que ahondemos en la exhumación de textos exóticos y de autores de escasa difusión o fama. Cuando se habla del fantástico en la Argentina, las antologías redundan siempre en los mismos nombres: Borges, Casares, Cortázar, Ocampo, Aira, etcétera. Si bien es cierto que la maestría de estos autores eclipsó la obra de escritores menores, y no tan inspirados, eso no implica que el grueso de nuestros investigadores o los aficionados no profundicen en una bibliografía que es abundante y rica en ejemplos.
Lo interesante en abordar la literatura esotérica, no solo es el aspecto literario del texto (y su peso en la conformación nacional del género fantástico), sino también en observarlo como un eco de los cambios sociológicos que tuvieron lugar en el momento en que los textos se difundieron. Los vaivenes económicos y sociales, a los que siempre estuvo sujeta la Argentina, hicieron del país un terreno fértil para cultos religiosos y creencias alternativas o, más aún, estrafalarias. Ante situaciones desesperadas, el ser humano tiende a buscar soluciones extraordinarias. Otro punto a destacar es que el culto esotérico siempre estuvo acotado por límites legales, a veces claros y otras algo sinuosos, valga como ejemplo la persecución a las medicinas alternativas (encabezadas por la curandería) o al ejercicio de la adivinación, sobre todo durante las tres primeras décadas del siglo XX.
Se pueden buscar rasgos tempranos y tanteos esotéricos en los climas góticos y lóbregos de toda la literatura antirrosista. Detalle que, décadas después, explotó Arturo Capdevila, temprano cultor de disciplinas teosóficas, en su obra Las vísperas de Caseros (1923). En ese volumen de cuentos y pequeños devaneos ensayísticos, el autor de Córdoba del recuerdo intuyó que las fórmulas despectivas usadas por los rosistas para denigrar a los unitarios se trataban, en realidad, de conjuros dirigidos a vencer al enemigo, y que el mismo Juan Manuel de Rosas era un hechicero oscuro, al que llamó: “pontífice brujo de la teocracia bárbara”.
Fue en la segunda mitad del siglo XIX cuando el esoterismo y la ciencia dura compartieron ciertos nichos y filosofías que fueron avaladas por algunos de los grandes sabios de aquel período o por sus más conocidos difusores. Se pueden ver rasgos primitivos de estos saberes reflejados en la obra de Juana Manuela Gorriti, que desarrolló conceptos que luego alcanzaron fama en las disciplinas alternativas como el doble espectral, la telepatía o la predicción.
Enrique Rivarola escribió en 1895 una novelita paródica llamada Mandinga, donde hizo uso de los lugares comunes del espiritismo, para poner en evidencia la farsa de una disciplina en la cual, es evidente, no creía. Sin embargo, en los cuentos de 1886, Narraciones populares (bajo el seudónimo “Santos Vega”) o en el volumen Meñique (1896), los relatos de aparecidos, y sus fórmulas de ciencias ocultas, fueron explotados literariamente con éxito. En la obra teatral Susto tras susto o La casa encantada (1895) de Alonso Lastra la comedia de enredos se construyó explotando las creencias espiritistas difundidas por la prensa europea, a través del filtro porteño, sobre los hogares poblados por duendes. En 1911 Gregorio de Laferrère también utilizó el espiritismo como núcleo de su obra teatral Los invisibles.
Eduardo Holmberg fue el fundador de nuestra literatura fantástica a secas y supo utilizar recursos de las ciencias alternativas para sus cuentos y novelas. El espiritismo y las concepciones de ultramundo de estas disciplinas aparecen en cuentos como “Nelly” (1896), “La casa endiablada” (1896), “La bolsa de huesos” (1896) o el viaje astral en “El maravilloso viaje del señor Nic-Nac” (1873). En la novela A través del porvenir, la estrella del sur (1906) de Enrique Vera y González el viaje al futuro bicentenario de la Argentina se realiza mediante un proceso de desencarnadura astral, en el que el protagonista es guiado por un gurú indostano.
Leopoldo Lugones fue quien encabezó y representó, a principios de siglo, el auge de la literatura esotérica y su explotación literaria. Su libro más representativo fue Las fuerzas extrañas (1906), al que le siguieron algunos relatos dispersos en revistas y Los cuentos fatales (1932). Soledad Quereilhac señaló en su estudio Cuando la ciencia despertaba fantasías (2016) que el descubrimiento de los rayos X le permitió a los ocultistas constatar que lo invisible no era sinónimo de lo irreal. Quereilhac realizó una lectura aguda de la obra de Lugones al comprobar que sus concepciones literarias estaban aunadas a las ideas teosóficas del aquel período. Por lo que esta huella puede percibirse en toda su obra, incluso en ensayos como El payador o Prometeo, un proscripto del sol donde Lugones recurrió a tradiciones y mitos antiguos para realzar nuestra identidad nacional, algo así, sostiene Quereilhac, como una especie de lector médium de nuestra tradición. No tan frecuentada por la crítica fue su novela El ángel de la sombra (1926) donde la metempsicosis se entremezcla con un romance trágico entre un hombre y una mujer de diferentes clases sociales y la tesis de que el ser humano se completa en un ángel cuando conoce a su verdadera media naranja. Más allá del edulcorado y trágico romance entre los jóvenes, la novela posee fuertes imágenes fantásticas que transcriben muy bien la sensación de otredad del submundo espiritual. Su amigo, Horacio Quiroga, también se montó en ese tren literario y fue mechando a lo largo de los años cuentos de trasfondo esotérico. Su último libro se tituló Más allá (1935) y contiene algunos de los mejores relatos de su prolífica producción.
Atilio Chiáppori, a pesar de tener una obra escueta, se hace merecedor de mayor eco crítico dada su calidad literaria; sin embargo, Chiáppori parece ser un eterno desclasado de las monografías. Su libro Borderland (1907) indagó los conceptos teosóficos y ocultistas de los albores del siglo XX, algo en lo que redundó, entremezclando grimorios medievales, en su nouvelle La degollación de los inocentes. Ricardo Rojas también incurrió en estas influencias con sus dos cuentos largos La psiquina (1917), sobre resurrecciones artificiales y vivencias del más allá que anteceden, en sus visiones místico-horrorosas, al imaginario de Lovecraft; y El ucumar (1918) que recupera una creencia del folklore norteño para desarrollar una concepción astral de la depravación humana.
La década del 20 será el punto de partida de algunos autores que más tarde alcanzarán cierta fama y prestigio (y muchos de ellos un olvido temprano). Víctor Juan Guillot publicó Cuentos sin importancia (1921) y El alma en el pozo (1925) cuentos que lo llevarían a partir de 1933 a colaborar en la Revista Multicolor de los Sábados del diario Crítica, dirigido por Jorge Luis Borges y Ulyses Petit de Murat. Gran parte de esas colaboraciones fueron reunidas en su último volumen de cuentos: Terror. Cuentos rojos y negros (1936), pocos años antes de que se quitara la vida. Destacamos la nouvelle El alma en el pozo por tratarse de una crítica feroz a la mediocridad humana, a través de un uso muy irónico y eficaz de algunos principios espiritistas, o la narración “El guardarropa” que, tomando como punto de partida la persistencia de energías de ultratumba en objetos que pertenecen a gente fallecida, Guillot construyó lo que seguramente sea el mejor cuento de horror argentino. También Santiago Dabove escribió en la revista del diario Crítica algunos de sus mejores cuentos (de temática ocultista y fantástica). Estos cuentos, en 1961, con prólogo de Borges, se reunieron en un volumen titulado La muerte y su traje. Su relato “Ser polvo” tiene cierta reminiscencia del cuento “Las cenizas” de Mirela Dávalos (Las babas del diablo, 1924) de Ernesto M. Barreda, en esa concepción singular que describe el extraño pasaje del alma humana a un organismo vegetal. Helvio Botana, hijo del fundador del diario Crítica, publicó en 1947 el libro Cuentos con ángeles y demonios con algunas piezas muy eficaces sobre el más allá de la vida o los castigos del ultramundo.
En 1920 un jovencísimo Roberto Arlt publicó el ensayo Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires en la revista Tribuna Libre. Más que un estudio de estas disciplinas en el país, se trató de una crítica y una llamada de atención a la bonhomía de la población. En 1911, un tal Manuel Quintana (autoproclamado “antiguo funcionario de policía”) había publicado un exordio llamado La adivinación en Buenos Aires (fenómeno social que va contra la familia, siendo ésta la base de la sociedad) que también denunciaba el chantaje de estas materias volubles. La temprana desilusión de Arlt por las ciencias ocultas tal vez impidió que su obra profundizara en el fantástico, como sí lo hizo el trinomio Lugones-Quiroga-Chiáppori, sin embargo, sus mejores trabajos están contaminados por el esoterismo y muchos de sus personajes más memorables son cultores de las disciplinas herméticas. Basta pensar en el Astrólogo y en los dislates metafísicos de Erdosain (Los siete locos, 1929 y Los lanzallamas, 1931) o en la novela corta El traje del fantasma donde el protagonista realiza un viaje a un submundo poblado por esqueletos y espíritus condenados.
Durante las décadas del 20, 30 y 40 tendría lugar el auge de la literatura folklórica y de temática rural, por lo que muchas tradiciones esotéricas, de raíces indígenas, serían utilizadas como combustible de los argumentos literarios desarrollados por los escritores de ese período. Benito Lynch hizo uso del concepto del daño (vincular un objeto con una persona para “dañarlo”) en la novela El inglés de los güesos (1922). Entre los autores más brillantes de esas décadas pueden destacarse a Juan Draghi Lucero, Antonio F. M. Tarnassi, Sara Poggi, Miguel Marseglia, Julio Aramburu, Luis María Albamonte, Ricardo Rojas, Pilar de Lussarreta, Alberto Gerchunoff o Juan  Arribau González.
En 1930, Carlos Alberto Leumann escribió el curioso libro Trasmundo: novela de otra vida que desarrollaba el amorío entre un hombre vivo y una muerta. Como el romance tenía lugar en el plano astral de los sueños y del trance, la necrofilia no alcanza protagonismo. Sin embargo, aunque Leumann por momentos peca de edulcorado, sale airoso en las lúgubres descripciones de las apariciones ultraterrenas, que a veces, en su afán de materialización, se fragmentan y dan la impresión de ser trozos desmembrados de un cuerpo.
Obras menores y sin mayor trascendencia literaria de la década del 30 fueron El milagrero (1936), de Luis María Albamonte, y El laboratorio del doctor Mefistófeles (1937), de Alberto Gerchunoff, un aburrido drama donde se elucubra acerca de la mocedad y decadencia humana y los medios para alcanzar la juventud eterna.
Jorge Luis Borges con Ficciones (1944) y El aleph (1949) cambió para siempre el paradigma fantástico de la literatura mundial. Al igual que Lugones, Borges se sirvió del esoterismo como combustible de muchos de sus cuentos. La diferencia con el autor de La guerra gaucha fue que Borges profundizó en los aspectos más eruditos del ocultismo, sirviéndose de fuentes antiguas, que abrevaban en viejos tratados medievales, en literatura clásica o en textos apócrifos. Valgan como ejemplos los cuentos “Las ruinas circulares”, “El milagro secreto”, “La escritura de Dios” o “El aleph”. Esta búsqueda literaria de Borges lo acompañaría durante toda su obra y pueden encontrarse piezas de interés en sus poesías, en su obra ensayística y en sus cursos orales. El sempiterno rival literario de Borges, el cura Leonardo Castellani, publicó en 1944 el libro Martita Ofelia y otros cuentos de fantasmas bajo el seudónimo de Jerónimo del Rey. El libro consta de extraordinarios relatos de horror que beben de la tradición esotérica y espiritista, en especial “Materialización” o “El misántropo”.
La década del 40 contó con dos piezas esenciales de literatura con rasgos esotéricos: Mala calle de brujos (1942) del autor mendocino Juan Bautista Ramos; y la obra maestra de Leopoldo Marechal, Adán Buenosayres (1948). En Mala calle de brujos, Ramos indagó en la licuación de la superstición pueblerina ante el advenimiento de la modernidad. Lo interesante en la novela es que la realidad mágica encuentra su antídoto en el desarrollo urbano y en la pérdida de las tradiciones seculares que esto conlleva. Con el arribo civilizatorio, la magia no encuentra tierra fértil donde echar raíces. En  Adán Buenosayres, Marechal escribió un ladrillo literario de inmensas ambiciones. El Adán de Marechal es un libro multifacético, plagado de sublecturas y conscientemente esotérico, sobre todo su último libro (el Séptimo), donde el astrólogo Schultze (álter ego de Xul Solar) realiza junto al protagonista un descenso infernal, elíptico y helicoidal, al mundo de Cacodelphia, situado en las entrañas místicas de Saavedra, bajo las raíces de un inmenso ombú.
Dentro del género policial, Lisardo Alonso escribió la novela La vuelta de Oscar Wilde (1948) donde parodió y denunció a los grupos espiritistas que poblaban los barrios porteños de ese período. Un colega de Alonso, Néstor Morales Loza, publicó en 1954 la novela La muerte en el oráculo con reminiscencias del mejor William Irish. Loza dio a luz una sobresaliente novela policial entretejida por los vaticinios fatídicos de una pitonisa de barrio. Otro entusiasta fue el enigmático Variley y su serie de novelas protagonizadas por el insólito detective Mario Walter. La novela Cuatro gotas de curare (1948) tiene un trasfondo de reencarnaciones que se remontan al lejano Egipto. No hay que olvidar tampoco la prolífica obra de J.J. Bernat que, bajo el seudónimo de “John Traben”, escribió para la editorial Tor más de 150 novelas apócrifas del detective Míster Reeder, creado por Edgar Wallace. Allí Bernat se decantó, de tanto en tanto, por algunas novelas con dejos ocultistas como La torre del duende (1948) o Reeder contra los duendes (1949). Otro detective extraño fue Demon Brat del ignoto Mulberry Clay, probable autor hispano argentino, que desarrolló a fines de los 50 veintiocho novelas de gángsteres y espías donde el agente del FBI hacía un uso sutil, pero eficaz, de su “sexto sentido” para resolver sus casos.
Luis María Albamonte y su libro El viajero hechizado (1953) puede representar la década del 50 con un libro que merece una lectura profunda por parte de la crítica especializada. Un autor que supo conseguir un imaginario literario digno de autores fantásticos de la talla de Lord Dunsany. Otros textos del período con rasgos esotéricos fueron Las puertas del purgatorio (1955) de Conrado Nalé Roxlo, El prestidigitador (1956) de Bonifacio Lastra o El centro del infierno (1957) de Héctor Murena. Mención aparte merece Germán Schmersow Marr, un escritor que roza el delirio en obras como Argentina luz, novela fantástica de carácter atómico (1951) y El mago de los bosques de Palermo (1954) donde desarrolla criterios esotéricos que habían sido embanderados por el peronismo de aquel período, como el renacer místico de la era atómica o el concepto estrambótico del hada buena reencarnada en Eva Perón.
La década del 60 se inició con obras esenciales, en primer lugar hay que ubicar a ese novelón (despreciado y exaltado por partes iguales) de Ernesto Sabato, titulado Sobre héroes y tumbas (1961) y su subnovela El informe sobre ciegos. Sabato, que indagó en el esoterismo durante toda su obra, profundizó en el concepto místico del descenso y del pasaje a un ultramundo, donde organizaciones ocultistas conjuran en las sombras. Esa idea del submundo porteño, sumergido en las entrañas de la Capital Federal, sería retomado por Otto Carlos Miller en su novela marelechiana Lluvia de estrellas (1996) y por Ricardo Romero en Los bailarines del fin del mundo (2009).
Eduardo Goligorsky, bajo el seudónimo de James Alistair, escribió en 1962 el volumen de cuentos Pesadillas que tiene el mérito de ser uno de los mejores libros de cuentos de horror escritos en la Argentina y que, desde entonces, nuestra sempiterna desidia crítica lo ha mantenido fuera de la órbita del recuerdo. Durante esta década, el exótico Alejandro Von Der Heyde comenzó a escribir sus cinco volúmenes de cuentos fantásticos en los que desarrolló casi todos los conceptos esotéricos y ocultistas que pueblan la literatura. No hace falta destacar la obra de Adolfo Bioy Casares, por ser muy leída y frecuentada. Extraño accidente (1960), novela de Nalé Roxlo, se adelantó en más de veinte años a las vigilias e inspiraciones angelicales de Wim Wenders. No es un dato menor que en 1962, un desconocido servidor policial llamado José López Rega publicó el libro Astrología Esotérica, secretos revelados.
En 1970, vale la pena destacar a Juan Jacobo Bajarlía, uno de los mayores entusiastas y conocedores del género. Este autor fue un abogado penalista que dio a luz una larga cifra de cuentos ocultistas y dos novelas extraordinarias por su temática y desarrollo. Los números de la muerte (1972) es un policial fantástico donde se entremezcla la brujería vudú y los saberes herméticos, mientras que El endomoniado señor Rosetti (1977) es una novela que indaga, desde los conocimientos esotéricos, la maldición que aqueja a un hombre condenado a ser lobizón. Mezcla con duro realismo conceptos parapsicológicos y saberes mágicos, dando lugar a una de las mejores novelas sobre lobizones escritas en el país. Bajarlía inspiró y apadrinó la obra de autores que recrearon una narrativa esotérica con vestigios eruditos, destacándose Tibor Chaminaud o Juan Carlos Licastro con El paraíso de los caracoles blancos (1984) y El cazador y la muerte (1988). Otro escritor que siguió la senda literaria de Bajarlía (y que puede ser considerado su último discípulo) es Diego Arandojo, autor del libro Negrísimo (2016), Morondanga (2017) o la novela escrita en colaboración con Ramiro San Honorio: Operación Lugones (2016), que desarrolla una guerra esotérica de brujos, entre Argentina e Inglaterra, durante la guerra de Malvinas. Arandojo es también editor del sello Oráculo ediciones que se especializa en literatura ocultista.
En la revista Umbral tiempo futuro y en Cuarta Dimensión, Norberto Comte desarrolló muchos textos acerca del esoterismo nazi, dando piedra libre, muchas veces, a su imaginación. Este subgénero ha sido bautizado como “nazismo mágico” y tuvo en Abel Posse un cultor muy inspirado con la novela El viajero de Agharta (1989).
Mención aparte merece el género poético que, desde sus orígenes, estuvo fusionado con las disciplinas herméticas, y que encontró en la Argentina muy buenos cultores. A Diego Arandojo le debemos el recuerdo de Alejandra Pizarnik y su Condesa Sangrienta (1966) y la memoria de la obra de Beatriz Schaefer Peña, Olga Orozco, Alberto Girri, Federico González Frías, Leonor Calvero, Romilio Ribero, Ruth Fernández o Mario Trejo.
Un autor curioso, aunque menor, de fines de los 70, fue Carlos Castagnini, responsable de dos volúmenes de relatos titulados Cuentos fantásticos y parapsicológicos. Otro loco delirante fue Pedro N. Ciochi con su larga serie de Cuentos del libro Rojo donde desarrollaba literariamente todas las concepciones ocultistas que él mismo difundía en los cursos orales que dictaba en su “Instituto”, situado en algún lugar de Capital Federal. De fines de los 70 fue el autor de culto Eduardo A. Zeballos con su libro Introducción a las ciencias del mal y otros cuentos (1976). De ese mismo año es el volumen Los fantasmas de la escritora y trotamundos argentina Clarisa Muniagurria.
Cerrando el siglo XX es imprescindible mencionar la obra capital que fue Los sorias (1998) de Alberto Laiseca. Auténtico cultor y creyente del esoterismo. En sus libros anteriores, Laiseca había indagado y profundizado en la temática ocultista como en Su turno (1976), La hija de Kehops (1989) o la extraordinaria El jardín de las máquinas parlantes (1993). Esta novela es la que mejor explica los exóticos saberes esotéricos de Laiseca, que conforman una mitología propia y original, poblada por “chichis”, “vurros”, “zapos” o “giles” (todos los ciegos a los planos astrales). Lo maravilloso en Laiseca es su vuelta de tuerca sobre las concepciones fosilizadas de estas filosofías. Laiseca supo renovarlas y utilizarlas en función de sus delirios literarios. En La hija de Kehops se habla de la construcción de la pirámide como un monumento teológico y defensivo contra las fuerzas oscuras, lo mismo sucede con La mujer en la muralla (1990). La enormidad ciclópea de Los sorias, libro monumento en sí mismo, da la impresión de ser un arma esotérica creada ex profeso por Laiseca para vencer, como él decía, la mediocridad pa’siempre.
C.E. Feiling también escudriñó en su obra en conceptos extraños y ocultistas como en El agua electrizada (1992) o El mal menor (1996). Entre los más recientes adeptos, vale la pena destacar la obra, no apta para paladares finos, de Matías Bragagnolo como El brujo (2015) o La balada de Constanza y Valentino (2018), y la de autores como Patricio Chaija, Christián V. Lawson, Gonzalo Ventura, Lucas Berruezo, Ricardo Esquilachi, Pablo Branconi, Marisa Vicentini y José María Marcos que hacen culto de la literatura de horror y uso de muchos conceptos ocultistas para maquillar de verosimilitud sus textos. También Leonardo Oyola en sus novelas policiales como Santería (2008) o Sacrificio (2010) retoma los saberes populares y mágicos para condimentar sus novelas. Lo mismo sucede con Mariana Enriquez y su volumen de cuentos Los peligros de fumar en la cama (2009) con los relatos “El aljibe”, acerca de “daños”, o “Cuando hablábamos con los muertos” sobre desaparecidos y la ouija. Hay que destacar además los rasgos esotéricos y paródicos en la infinitud textual de César Aira que supo explotar literariamente estos temas.
A pesar de no haber nombrado a todos los autores y sin la posibilidad de profundizar en sus argumentos, basta lo dicho para tener un panorama muy completo del influjo de las disciplinas herméticas sobre nuestra literatura y como las mismas permitieron afianzar el desarrollo del género fantástico en nuestro país. Género que muchos necios se empeñan en negar que exista. Percepción que nosotros suplimos, como habrán notado, con dones extrasensitivos.

Fernando Figueras dialogó con Entre Vidas

Fernando Figueras: “Pagar para editar o que te editen gratis no tiene nada que ver con la calidad de tus textos”. Por Mauro Yakimuk
El escritor Fernando Figueras habló con Entre Vidas de su novela Quepobrestán publicada por la editorial Muerde Muertos y planteó la inquietud de si hay que pagar o no para que a un escritor lo editen. Además, contó que terminó un libro de cuentos para público infantil y está terminando tres libros más para diferente público.
—¿Qué rituales tenés al momento previo a escribir?
Mate y silencio. Puede ser cerveza y silencio.
—¿Con qué frecuencia escribís?
Casi todos los días. Puede ser por la mañana o por la tarde. Solo escribo de noche si se trata de un cuento que ya tengo muy encaminado.
—¿Cuál fue la imagen disparadora que dio inicio a la historia de tu novela Quepobrestán?
La página inicial, con la ceguera del protagonista.
—¿Por qué decidiste ponerle ese nombre?
Hace unos años, cuando mi hijo era chiquito, dedicábamos la vida a jugar y a inventar cosas. Un día se nos dio por crear un mundo con países nuevos. Les hicimos las banderas, los dibujamos en un mapa con nuevos continentes, los definimos con una característica y les pusimos un nombre acorde. A él se le ocurrió un país muy pobre, con una bandera que era un trapo todo roto y cuyo nombre era Quepobresán. A mí me gustó la idea y se la afané, pero para no pagarle derechos de autor lo cambié un poquito y quedó Quepobrestán, que además me sonaba más a país, como Afganistán, Pakistán, etc.
—¿Cómo se dio la posibilidad de publicar el libro con la Editorial Muerde Muertos?
Muerde Muertos es una creación de los hermanos José María y Carlos Marcos. Conocí a José María en el taller de Alberto Laiseca. A mí me gustaba lo que escribía él y a él lo que hacía yo, así que cuando empezaron con la editorial decidieron sacar un libro de cada uno de ellos (Los fantasmas siempre tienen hambre, de José; e Inmaculadas, de Carlos), más Ingrávido, mi primer libro de cuentos. Años después escribí Quepobrestán y lo mandé a un concurso de nouvelles en España, y también se lo mandé a José para que me dijera qué le parecía. Le gustó y me ofreció editarlo. De España no tuve noticias, claro. Concretamente, la posibilidad surgió de la amistad. A propósito de ediciones y posibilidades, voy a aprovechar este espacio para dejar plasmada una de mis tantas teorías, en este caso sobre este tema, pero tengo teorías sobre muchas verduras más. La cosa es más o menos así: ¿pagar o no pagar para que te editen? Yo hasta ahora no pagué porque encontré amigos que pusieron la plata por mí, pero eso no hace ni mejor ni peor lo que escribo. En otras ocasiones me editaron porque quedé finalista en concursos, pero eso tampoco me hace ni mejor ni peor. Pagar para editar o que te editen gratis no tiene nada que ver con la calidad de tus textos. ¿Qué se les reconoce a los Redonditos de Ricota? Que son independientes, que no transaron con ninguna discográfica. O sea, que se pagaron sus ediciones. Y se los elogia porque les fue bien, si no hubiesen tenido éxito serían considerados unos hippies boludos que fueron rechazados por todas las discográficas. Como les fue bien, son unos capos. Pero “Ji ji ji” es la misma, pagando o no. La obra la tenés que tener hecha, después se verá. Y también hay que tener cuidado con esto: a veces no te pagás una edición porque no tenés plata, pero otras no lo hacés porque no creés en lo que hacés. No tendría problema en pagar una edición con mis cuentos (¡salvo el problema económico!).
—¿Cómo surge la idea de definirla dentro de un nuevo género de novela divague?
Era una novela corta, lo que se llama una nouvelle. Y por el contenido delirante se me ocurrió lo de divague, jugando un poco con la nouvelle vague (nueva ola) del cine francés de la década del 50, con la cual Quepobrestan no tiene nada que ver, pero no importa.
—Para el que todavía no leyó la novela, ¿con qué se va a encontrar?
Con una historia de amor.
—¿Qué repercusiones tuviste respecto de los lectores de la novela?
De todo un poco. Hay gente a la que le encantó, se divirtió, se cagó de la risa y hasta encontró algunas ideas sobre el amor que le dieron qué pensar. Otros me mandaron a la mierda, directamente, pero “sin violencia”, como diría el impresentable senador Urtubey.
—¿De qué tema que todavía no escribiste tenés pensado hacerlo próximamente?
Sobre contaminación ambiental. Basado en hechos reales que se volverán ficción para no comerme un juicio. Y sobre cualquier tema que vaya surgiendo. Soy de leer de todo un poco y de estar atento a temas nuevos. Aunque uno siempre hable de lo mismo.
—¿Qué objetivos tenés dentro del ambiente literario?
Escribir un buen libro de cuentos después de los 80 años. Y que me lo premien. Y después de recibir el premio ir a comer pizza y a tomar cerveza con amigos y seres queridos. De postre, tarta tibia de manzanas con helado. Después a casa. Al día siguiente, lectura tranquila de algún libro pendiente. Y después ver si se me ocurre algo divertido para escribir.
—¿Qué libros de los que hayas leído últimamente recomendarías?
Cualquier cosa que escriba Martín Sancia Kawamichi, el Manual sadomasoporno, de Alberto Laiseca, reeditado hace poco por Muerde Muertos, Presagio de carnaval, de Liliana Bodoc, Mondo cane de Pablo Martínez Burkett,Yo nena, yo princesa, de Gabriela Mansilla, Conflictos del alma infantil, de Carl Jung, Los extrañamientos, de Martín Blasco, Lo que trae la niebla, de Marcelo Rubio, Koi, de Ezequiel Dellutri, Interdicciones, un libro sobre intersexualidad escrito por varios autores, No cuentes pesadillas en ayunas, de Pamela Terlizzi Prina, Antes del encuentro feroz, de Agustina Bazterrica, Inmaculadas, de Carlos Marcos (cada tanto lo releo), Frikis mortis, de José María Marcos y La danza de la realidad, de Alejandro Jodorowsky. Y dos libros que están por salir pero ya leí en PDF: El destino de las cosas últimas, de Matías Bragagnolo e Inzombio, de Sandra Gasparini y Hernán Bergara. Agrego otro: Contra-pedagogías de la crueldad, de Rita Segato, que todavía no leí pero está basado en charlas que dio en la facultad Libre de Rosario y las escuché en Youtube. Para mí es una de las voces más interesantes sobre feminismo y violencia de género. Tiene una mirada que abarca aspectos que otros y otras dejan de lado. Muy recomendable para hombres que quieran entender el mal que nos ha hecho el machismo.
—¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Terminé un libro breve de cuentos para público infantil entre 9 y 12 años. Estoy terminando otro juvenil para público entre 12 y 14 años. Otro de cuentos para adultos y una novela juvenil relacionada con la contaminación ambiental. Me gustaría hacer historietas con algún dibujante. Tengo algunas ideas, pero primero hay que terminar todo lo otro. Y ya escribí una línea para uno de los cuentos que me van a premiar después de los ochenta años. Dice así: “Que la muerte nos encuentre con las botellas vacías”.