MUERDE MUERTOS es una editorial de autores contemporáneos, abocados a la literatura fantástica, el terror, lo erótico y aquellas obras que apuestan a estimular la imaginación.

Onanismo, dibujo y escritura

Reseña de Strip-tease: traducción visual de Enrique Medina (Muerde Muertos, 2017)

Por Matías Carnevale (*) | Revista Kundra | 4 de enero de 2018

Un libro de reciente edición rescata Strip-tease, de Enrique Medina, uno de los autores más viscerales de la literatura nacional.
La novela es una de las más heterodoxas de su bibliografía, por el giro hacia lo fantástico-hiperbólico del final. Aunque Medina ha sido tradicionalmente asociado con el realismo más crudo, en Strip-tease hay un vuelco a una especie de surrealismo apocalíptico, con un obelisco que eyacula e inunda las calles porteñas con un fluido restaurador (en Pizza, birra, faso, Pablo, el caco asmático del grupo,  hace una alusión más o menos solapada a la novela de Medina, al hablar de “las ondas porongóticas” que emana el obelisco, y comenta que tenía una novia que se calentaba con el icónico monumento fálico).
En la novela hay un tufillo burroughsiano en dos aspectos notorios: unos extraños personajes, llamados “liquidadores”, surgen de entre las sombras urbanas asesinando y secuestrando a quienes consumen shows de strip-tease pero se hallan fuera de la cofradía que aglomera a nuestros antihéroes de turno. Luego, la compulsión viciosa de estos pajerillos, que se reúnen en antros oscuros e infestados por cucarachas, también puede remitir al lector a la adicción heroinómana, tema importante en gran parte de la obra de William Burroughs.
Como en Cabalgando van (publicado por Galerna el mes pasado), donde Medina homenajea a los escritores que admira, él mismo es homenajeado en este inusual ensayo literario-historietístico que recrea episodios de la novela publicada en 1976, año de connotaciones especiales para la censura y la represión erótica y en general. Como señalan los editores en el prólogo del nuevo libro, en Strip-tease “hay una sexualidad sumamente sórdida, sin eufemismos, implacable, una visión descarnada de la búsqueda del placer masturbatorio, del olvido y del encierro”. La masturbación y el voyeurismo, en aquel contexto, sirvieron como declaración de principios.
En cuarenta ilustraciones acompañadas de fragmentos de la novela (¿o fragmentos de la novela ilustrados?), escritores, artistas plásticos, ilustradores y hasta un par de psicoanalistas (¡claro!), dan su versión gráfica de la novela de Medina. Sin ánimo de ofender a los excluidos, quisiera destacar a los que más me interesaron, por no decir gustaron: Antonio Seguí, por su interpretación de los personajes—entre compadritos y monigotes deformes—, Balaoo, por su gaucho medinesco, rebenque en mano y todo, y Hernán Conde de Boeck, por sus tapas de revista con chicas Manara-pin up.
Vaticino que habrá Medina para rato, y que otras generaciones, tal vez fuera de la academia, lo seguirán leyendo, interpretando, emulando y homenajeando.
Bravo por esta valiente apuesta editorial.

(*) Matías Carnevale (Tandil, 1980). Licenciado en lengua inglesa, con orientación en cine y literatura, por la Universidad Nacional de San Martín. Además de publicar artículos y cuentos propios en medios como Leedor.com, Axxón, Lindes, Buenos Aires Herald (Argentina),  Tenso Diagonal (Uruguay) y Penumbria (México), y exponer en jornadas y congresos en España, Uruguay y Chile, ha traducido al español Autogeddon, de Heathcote Williams, publicado por Editorial El Pasquín (2016).