MUERDE MUERTOS es una editorial de autores contemporáneos, abocados a la literatura fantástica, el terror, lo erótico y aquellas obras que apuestan a estimular la imaginación.

Una serie de cuentos que mantendrá al espectador atado a su butaca hasta el final

Reseña de Los fantasmas siempre tienen hambre, de José María Marcos (Muerde Muertos, 2010). Escribe: Julián Barsky para Gardel Buenos Aires y Reseñas Literarias.

Muerde Muertos es una editorial nueva. Comandada por los hermanos Marcos —José María y Carlos—, fue creada para darle espacio a los autores nóveles.
Sin embargo, la editorial no se dedica a cualquier género, sino que se especializa en tres categorías:
Muerde: una colección que abarca libros de características eróticas;
Muertos: apuntada hacia el terror;
Y finalmente Ni Muerde ni Muertos, una tercera colección orientada simplemente por el gusto y entusiasmo de los dueños de la editorial.
En esta ocasión vamos a analizar Los fantasmas siempre tienen hambre, perteneciente a la segunda colección.
El libro —que cuenta con una maravillosa portada llevada a cabo por la ingeniosa Mica Hernández— es una serie de cuentos cortos recopilados que rondan alrededor de lo sobrenatural, la muerte y, por supuesto, el terror.
La pluma de José María Marcos —con experiencia en el “rubro”— se luce en algunos cuentos con más eficacia que en otros. Pareciera haber una cierta inspiración kafkiana en algunos de sus enfoques (por ejemplo, en “Ceguera”), y algo de Maupassant rondando el ambiente.
Coincidimos con Alejandra Zina, encargada de la contratapa que funciona a modo de prólogo. El cuento que más aterra es aquel que trata de un hombre común (al menos en apariencia). Nos referimos a “El Gordo”, tremendo y valiente retrato de un niño obeso y su progenitor —llamarlo padre parece demasiado—, obsesionado con el desorden alimentario de su retoño.
En el mismo, lo primero que llama la atención es que los protagonistas sean varones, cuando en el imaginario habitual esta parece ser una batalla “femenina”. La narración nos lleva a empatizar con el pequeño, a quien su progenitor culpa de todas sus desgracias, incluyendo la huída de la esposa. El final, un poco apresurado, no empaña un cuento que aborda una problemática compleja sobre el cuerpo y el control familiar del mismo, fusionándolo con la nefasta imagen de autoritarismo que cubre como un guante al policía argentino, especialmente el del Conurbano Bonaerense.
Otros cuentos, como “El ventanal” por ejemplo, nos presentan un clima de sobrenaturalidad en un ambiente aparentemente natural. La estructura y el desenlace del mismo nos recuerda a Lovecraft (y disculpas al autor si no fue esa su intención), con su chapoteo en el barro incluido. El clima está mejor creado que el remate, pero no obstante, la presencia de la anciana y su ponchito para Marcelito no deja de ser perturbador.
En resumen, Los fantasmas siempre tienen hambre navega en aguas poco recorridas por la literatura argentina: el terror y nosotros, nosotros y el terror. Una serie de cuentos de distintas características, con muchos aciertos, que mantendrá, como se decía antes, “al espectador atado a su butaca hasta el final”.
Consejo: un libro para llevarse a la cama y leer a la noche tarde, a la luz de una velita…