MUERDE MUERTOS es una editorial de autores contemporáneos, abocados a la literatura fantástica, el terror, lo erótico y aquellas obras que apuestan a estimular la imaginación.

Beber en rojo: una obra capital para reflexionar sobre el valor y la naturaleza del arte

Reseña de Beber en rojo (Drácula), de Alberto Laiseca (Muerde Muertos, 2012). Escribe Hércules para TDM

Recientemente publicada por la editorial Muerde Muertos, Beber en rojo, de Alberto Laiseca, es, a mi ver, una de las obras capitales de la actualidad para reflexionar sobre el valor y la naturaleza del arte (y no sólo del literario).
La novela (que es una reescritura del Drácula, de Bram Stocker) cuenta la historia del encuentro en pleno siglo XXI entre un Jonathan Harker bastante cándido pero reiteradamente inspirado por la Musa, y un Drácula monstruoso pero no abominable. Dividida claramente en tres partes, la primera de ellas relata la llegada del inglés al castillo de Drácula en los Cárpatos; la segunda consiste en un ensayo que Jonathan Harker escribe inspirado por Drácula sobre “La importancia del monstruo en el arte”; y la tercera relata la historia sobre cómo la maldad sólo puede ser redimida por el amor. Un breve epílogo cierra la narración.
Adrede no me he adentrado en el detalle de los hechos para no arruinar al lector el placer de la sorpresa. Y porque lo que más me interesa es, como dije al principio, profundizar sobre lo que esta obra nos aporta para reflexionar sobre el lugar del arte en nuestras vidas.
José María Marcos, en el estudio introductorio a la novela, da una definición sobre la literatura de Laiseca y su “realismo delirante” que destaca por su brillante síntesis y su capacidad para iluminar la comprensión de la obra del “Maestro Lai”: la visión laisequiana de la realidad “nos permitiría combinar el pensamiento lógico con la intuición, brindándonos la posibilidad de expandir nuestra realidad mediante un largo camino de aprendizaje” (p. 7). Una lectura detenida de la obra (y más de una vez) permite apreciar esa combinación entre el pensamiento lógico y la intuición; y cómo es posible eso de “expandir nuestra realidad”.
El mismo Laiseca explicó, en otra oportunidad, cómo su “realismo delirante” “sirve para distorsionar y producir efectos que amplifican o disminuyen determinadas zonas del pensamiento y del sentir para que las cosas se vean mejor”. Eso me recuerda a Juan Bautista Alberdi cuando señalaba que algunas verdades, para que sean comprendidas, deben ser explicadas de forma exagerada.
Desde un punto de vista filosófico, aparece en primer lugar una toma de postura clara por parte de Laiseca: las cosas sólo existen en tanto son “expresadas” (ps. 41 y 61). En la tradición central de occidente ese concepto implica la inseparabilidad de “forma” y “sustancia”. Los entes, las cosas que existen, incluidos los seres humanos, tienen una sustancia, algo que los hace ser lo que son, una esencia, pero esa esencia existe sólo de la forma en que se expresa, en que se hace presente en la realidad.
Cuando Laiseca se explaya sobre “la importancia del monstruo en el arte” no se refiere, en rigor, a lo que habitualmente se entiende por “monstruo”: una criatura de formas horrorosas o exageradas que causa espanto a quienes la ven o entran en contacto con ella; sino a un ser “único en su especie” (p. 63) (un ser “sui generis”, diríamos los abogados). La capital importancia que Laiseca da a estos seres no radica simplemente en que causen miedo, sino en que nos ayudan —en su exageración y desmarco de nuestra cómoda visión cotidiana de la vida— a percibir la —y perdóneseme la redundancia— la verdadera realidad (aunque sea un poco, aunque sea el comienzo de un larguísimo camino que probablemente nunca concluyamos; sea porque no hemos podido seguir adelante con nuestros humildes medios, o porque la parca nos lleve antes de llegar al final). Hay que golpearnos fuerte para que podamos percibir la Realidad detrás del velo de nuestra inclinación hacia dentro de nosotros mismos. Hay que sacarnos de cuadro, tirarnos fuera del marco cotidiano en el que vivimos nuestras vidas sin ver la realidad; mirándola a las apuradas pero no viéndola. Y quien quiera lograr eso a través del arte, sólo puede hacerlo, como se ha dicho, golpeándonos, como una cachetada que se le da a una persona que ha perdido la consciencia o el control de sí mismo. Y los monstruos sirven para eso. Es esa la razón por la cual son tan importantes.
Es cierto que Laiseca juega a lo largo de toda la obra con la ambivalencia que más arriba he advertido sobre la palabra “monstruo”, ¡pero es sólo un juego! (o al menos así lo tomé yo). Precisamente, una de las cosas que se destaca en esta novela y otras narraciones del autor, es la presencia del plano lúdico de la vida. Laiseca no deja de jugar, aún cuando esté escribiendo una historia de horror o de aventuras.
Admito que todo lo anterior es sólo “una” interpretación de la obra. Es la que yo he hecho y aquí comento. Ello no descarta, desde luego, que otros lectores hagan una lectura diferente —e igualmente válida— del libro.
No quiero finalizar sin antes agregar unas palabras sobre la tercera parte de la novela. Porque de allí surge una cosmovisión muy importante del autor; y que es la siguiente: aunque el mal tenga una especie de fuerza de gravedad a la que ninguno de nosotros puede sustraerse, hay un acto de nuestra voluntad, y sólo uno, que nos permite evitar caer en ese “lado oscuro”, o regresar de él: el amor.
Muchas otras cosas deliciosas tiene esta novela, muchas “joyitas”, pero es prudente que me detenga aquí. Para no agobiar al lector y para darle la oportunidad de gozar descubriéndolas por su propia cuenta.