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“Manual sadomasoporno” de Alberto Laiseca

Palabras de Ana Grymbaum en la presentación de la reedición de Manual sadomasoporno (ex tractat) de Alberto Laiseca (Muerde Muertos, 2017). Escuela Freudiana de Buenos Aires, 12 de julio de 2018. Publicado en Lissardi&Grymbaum


Lo primero que debo decir sobre el Manual sadomasoporno (ex tractat), de Alberto Laiseca, es que no es un manual. Mucho menos un tratado. En segundo lugar conviene aclarar que —en sentido estricto— no es una obra sadomasoquista. Corresponde establecer, en tercer lugar, que tampoco se trata de un objeto pornográfico.
El Manual constituye una obra literaria, con eso ya es suficiente. Pero además es una obra que, por derecho propio, forma parte del legado de Laiseca. En nada la desmerece el hecho de estar formada por una serie de textos heterogéneos. Los papeles sueltos que están en su origen, con la espontaneidad que implican, le dan un carácter especialmente personal a este libro.

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En honor a la verdad, debo reconocer que el libro tampoco deja de ser un manual sadomasoporno. Como dijo Oscar Wilde —ese autor al que todo intelectual gusta citar, Laiseca incluido—, una verdad artística es aquella cuyo contrario también es cierto. Por eso, el Manual sadomasoporno es y no es, al mismo tiempo, un manual sadomasoporno.
Desafiar al principio de no contradicción permite al narrador el despliegue de las fantasías sexuales más incorrectas que le vienen a la mente. Esta osadía es repetidamente justificada a través de la locura que Laiseca se auto adjudica.
En este punto conviene aclarar que cuando me refiero a Laiseca lo hago en tanto narrador y protagonista, no como persona real en cuya biografía pretendería excavar. A los efectos de esta presentación para nada me interesa la vida del hombre real, sino el personaje que él construyó, y al cual él mismo bautizó Laiseca. Personaje que, además, coincide con la persona del narrador.
Volviendo al tema de la locura —locura tan insistentemente confesada, o pseudoconfesada, a lo largo del libro— aclaremos que no debe confundirse con locura verdadera. El Manual no es producto de ningún desvarío, sino de una forma de escribir conscientemente elaborada. La estética de ese proyecto de escritura fue denominada por su autor como “realismo delirante”.

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Analicemos ahora las paradojas antes enunciadas. Para explicar por qué este libro no es un manual basta con echar un vistazo a cualquier manual BDSM, este por ejemplo. Se titula “Las reglas del juego” y presenta un extenso catálogo de prácticas usuales entre los adeptos a esta erótica. Sobrevolemos el índice: “El arte del spanking —azotar—, uso y tipos de varas, el arte del bondage —restricción del movimiento—, bondage oriental —encordado—, técnicas de autobondage, pinzas, cera caliente, agujas, etc., etc.”.
El libro de Laiseca, en cambio, es un texto absolutamente personal, no contiene recetas excepto en forma paródica, y expresa una sensibilidad cargada de deseo y de angustia.
Pero el Manual no es un manual, fundamentalmente, porque no es un texto instructivo sino literario. De todos modos, puesto que también es un manual, no faltan en él los consejos y las enseñanzas. Por ejemplo: “Un verdadero maestro es aquel que hace trabajar las fuerzas oscuras de una mujer para el placer de ambos” (p. 85). No faltan tampoco, en tono coloquial y arrabalero, los consejos para la vida cotidiana: “La mujer ideal existe. Es la mina que te da bola” (p. 55). O: “En el otro mundo no hay ni tetas ni cerveza. Así que ya lo ves: te conviene conseguirlo todo aquí”. (p. 73).

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Por cierto que el libro está recorrido por una erótica de corte sadomasoquista o —en términos actuales— BDSM. Abundan las referencias al “falso dolor que libera” (p. 85) y a la “falsa humillación” como “teatro del placer” (p. 25). Al igual que la erótica BDSM, el texto de Laiseca ronda en torno a un goce que se define por estar más allá de las formas —supuestamente— habituales de tratar los cuerpos en la escena erótica. Y propone modos de relacionamiento contrarios a la normatividad-heterosexual-androcéntrica-vainilla, por decirlo rápidamente —normatividad mucho más hegemónica una década atrás, cuando el libro vio la luz.
Pero, conjugada con la invocación sadomaso, lo que prevalece en los diferentes textos del Manual es una ética de la incorrección. La forma directa, cruda, de narrar las prácticas sexuales debe su condición de posibilidad a los caminos abiertos por la pornografía. Solo que al calificativo “porno” del título es más adecuado entenderlo en la perspectiva actual, no como “pornográfico”, sino como “pornológico” o “post-pornográfico”.
Laiseca habla de sexo sin tapujos. ¿Por qué cederle tal privilegio al negocio de la pornografía? En el mismo sentido se encuentran las reivindicaciones del actual movimiento posporno, con sus performances provocadoras y la fabricación de pornografía casera.
La post-pornografía apunta a legitimar diverso tipo de prácticas eróticas y promueve la erotización de todo tipo de cuerpos, partes del cuerpo y almas. Se busca el protagonismo de los marginados del deseo mainstream: gordos, discapacitados, viejos, etc. El libro de Laiseca está próximo a este enfoque, especialmente en lo que hace a la edad; iremos hacia esto.

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En el Manual de Laiseca todo el discurso SM y porno desde el principio se tambalea hasta que, sobre el final, el narrador confiesa abiertamente lo que ya había estado adelantando. Cito: “La mayor parte del libro aparenta ser la narración de un tipo que se las sabe todas, hasta que al final vemos que es una historia de amor” (p. 99).
El “tipo que se las sabe todas” da algunas recetas para condimentar, humorísticamente, la imaginación erótica. Pero, siguiendo las pistas ¿podemos leer este libro como el disfraz que permite una confesión…?
¿Cuál es la corriente que da su fuerza y consistencia a esta peculiar obra? Entre variadas referencias literarias, en clave de angustia travestida de humor, asoman algunas sentencias que suenan a verdad subjetiva y dolorosa. Por ejemplo: “El sadomasoquismo es el último refugio de los románticos” (p. 27).
La conmovedora historia de amor del sexagenario protagonista con la joven Florencia se impone más allá de las máscaras monstruosas que visten el texto. Cito: “El nuestro era un encuentro mágico que abarcaba la posibilidad de la mutua redención” (p. 94). Sobre el final del libro el narrador, a cara descubierta, habrá de llorar la pérdida de aquel amor. De esa pérdida culpa a la moral convencional; moral perversa, encarnada en celos y envidias.
A esta altura, debo señalar que el Manual no sólo no es pornográfico, sino que, además, su tema medular no es el erotismo sino el amor. La máscara del monstruo vehiculiza una verdad que se exhibe primero bajo el disfraz del sádico para terminar por revelarse, impúdicamente, como herida sangrante, en una postura “masoquista”. Estamos ante la abertura de esa antigua y eterna herida del amor.
Recuérdese que Laiseca gustaba de llamarse a sí mismo “monstruo”, y en lo posible que también así lo llamaran los otros. Tal vez en consonancia con aquella máxima de El príncipe, de Maquiavelo —también un manual— que aconseja al soberano, cuando no logra ser amado, que busque ser temido —otra forma del respeto.
La escritura del Manual de Laiseca constituye una suerte de venganza. Acto por el cual se reivindica al amor contra aquellas fuerzas que lo ahogaron, ellas sí verdaderamente malignas y destructivas, no de mentirita como la parodia sadomasoquista, que remeda las relaciones de poder a efectos del placer.
Ya poniéndole fin a la relación Florencia había dicho: “Mis amigos me bardean con vos. ‘¿Cómo una chica joven y linda va a salir con un viejo?’” (p. 90). Este rechazo por parte de su amada, producto del sometimiento al orden instituido, es convertido por el narrador en una cuestión de sex pol, o política sexual. El libro muestra lo fascista —término que aparece reiteradamente— de la discriminación que sufrió la relación amorosa por ser diferente.
El enamorado, que fuera rechazado por viejo, se viste con los colores fuertes de su pasión y, apelando a la erótica transgresora del sadomasoquismo, se convierte a sí mismo en un monstruo sádico, pero sólo para mostrar, parodia mediante, que los verdaderos monstruos son los otros, aquellos que en el nombre de la corrección sabotearon su genuina relación de amor. De esos monstruos nos debemos cuidar, aconseja Laiseca.
Es en el sentido de esta inversión de los valores que hay que leer el Manual desde sus primeras aseveraciones: “1. Sadismo es amor., 2. Masoquismo es ternura., 3. Vampirismo es protección”. (p. 15)
El proyecto del libro consiste precisamente en desafiar la moral sexual tradicional, a través de una burla que muestra su hipocresía y su jodidez, al mismo tiempo que la inocencia de aquel amor que esa ideología devastó, con su maldad realmente peligrosa. La ideología del puritanismo sexual es el monstruo al que verdaderamente hay que temer, no a las prácticas sexuales diferentes pero satisfactorias que usan disfraces de fantasía.

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Dando un paso más, podemos entender este libro como una forma de duelo. Una parodia polimorfa (polimorfa como la sexualidad infantil en términos freudianos, mismos que Laiseca menciona), parodia que encubre y a su vez habilita la realización del duelo.
Se trata del duelo por el amor de Florencia, que a su vez reactiva el duelo por cada una de las mujeres que abandonaron al narrador sin rescatar de él nada. Cito: “Mi tragedia no es que me hayan abandonado. El horror recién comienza ahí donde ves que ellas, todas, salieron intactas de vos. Sin modificaciones”. (p. 94). Y extremando aún la dimensión trágica se nos dice: “¿Sabés por qué Alberto Laiseca tiene una manera tan rara de proceder con las mujeres y con todo? Porque quiere una compañera aquí, en esta tierra, y también allá, en la eternidad. Si no pudiste conseguir compañera perdurable aquí, menos la vas a tener en el submundo. Vas a estar eternamente solo, ¿sabías eso?”. (p. 93).
Disculpen lo chirriantemente freudiano del asunto, pero no lo digo yo, está acá. La madre abandónica, prototipo de todas las mujeres que plantaron al narrador causándole suprema infelicidad, se apuntala en la madre muerta durante su infancia, la cual no cesa de permanecer como fuente de desolación en el centro de su ser. Cito: “Maldición teológica: no tocarás la teta de una mujer. Si acaso desobedecieses este decreto, podrás tocar pechos femeninos pero por corto tiempo y pagarás un precio horrible por haber desobedecido. ¿Ustedes no leyeron La Dama Gris, de Hermann Sudermann? / Cómo me identifico con el personaje. La Dama Gris —o Dama Solícita— es un hada diabólica que está constantemente a tu lado, desde la infancia, para proveerte de todo lo que sea escasez, soledad, abandono y ruinas. Desde los tres años, cuando murió mi pobre mamá, no he conocido otra cosa que el abandono de las mujeres. ‘Que las mujeres lo marquen pero que lo dejen solo’, dice el decreto. / Hasta los seres más viles tienen a una mina colgada del brazo. Estoy harto de vivir en una tela de arañas. Araña se escribe sin ‘hache’. Chiste esquizofrénico” (pp. 94-95). La supuesta esquizofrenia es esgrimida para despistar respecto de lo dicho. Pero lo escrito, escrito está. Se puede releer y cortar un poco antes. Quedémonos con: “Estoy harto de vivir en una tela de arañas”. La tela de arañas parece cumplir el mismo papel que el alambrado de púas en el cual el protagonista queda pataleando inútilmente tras cada abandono femenino; escena que se reitera en varios de los textos del Manual.
El monstruo sádico ha fallado en su ilusión de curarse azotando, como era de prever. La práctica del sadomasoquismo no cura ni enferma. Pero lo que no ha faltado a la cita es el despliegue de una potente voz fantástico-hilarante. El texto literario se ha producido. El escritor vence.

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Acaso en la intimidad esta colección de textos pudo haberse titulado “Confesión de añoranza por el amor perdido”... No, no. Mejor Manual sadomasoporno.