MUERDE MUERTOS es una editorial de autores contemporáneos, abocados a la literatura fantástica, el terror, lo erótico y aquellas obras que apuestan a estimular la imaginación.

Con Lai hasta el fin del mundo

Escribe: Julieta Heredia (*). Publicado el 22 de diciembre de 2018 a dos años de la partida de Alberto Laiseca (1941-2016).

Hace unos días soñé con un muerto... Soñé con Lai. Alberto Laiseca, el señor grandote de bigote que salía en plano contrapicado en I-Sat leyendo sus terribles cuentos de terror. No sé por qué soñé con él, traté de encontrar el resto diurno que lo puso en mi cabeza pero no lo encontré. A la mañana siguiente me enteré que estábamos en vísperas de su muerte. Se ve que ya había bajado (o subido) a festejar. Tenía su pulóver bordó, su cara en sonrisa fresca y alegre, y la liviandad del que ya no anda con los pesos de esta tierra.
A Lai mucho no lo conocí, pero me gusta decirle como le dicen sus amigos. Digo mucho, pero capaz que lo conocí un montón. Con él hice un viaje. Un viaje en tren. Hacia el fin del mundo. Así decían. Poetas, escritores, artistas, periodistas, docentes, estudiantes, algunos vagones: dos pullman, un camarote, el vagón cine proyectando sin parar, el comedor y uno turista sin butacas que exhibía dibujos, comics o historietas en medio de una nube de polvo que se filtraba por los agujeritos sin tornillos que otrora sostenían los asientos. Era un tren para nosotros. Fueron dos días, o tres. Íbamos a asistir, estábamos asistiendo al momento creativo. Un viaje fantástico con cierta fascinación por la Patagonia. La idea era escribir, conversar, contarse cuentos y escribir. Encontrarse viajando. Creo, aunque estoy segura, que en ese viaje se me dio la maldición de Letras. O el hechizo. Y creo, aunque estoy segura, que la atadura se me cortó hace no mucho, capaz con alguno de estos que viajaron cerca, pero no me enteré.
De lo que más me acuerdo de ese viaje era de Laiseca. Había más famosos —para mí él sí lo era—, pero yo no los conocía. O sí, y quedaron totalmente eclipsados por la presencia del gigante. Era grandote en serio y a mí me parecía inquietante. En Jacobacci lo recuerdo sentado en medio de las gradas después de un cordero, siempre con un vaso a la mano para refrescar la garganta, mirando en silencio, sentado al lado de su amor, una joven capitalina que conoció en el trance de las vías. Donde estábamos, yo lo buscaba con la mirada a ver qué hacía. Quería ver qué hacía el escritor, el gigante.
Tuve la suerte, tiempo después, de conocer a uno de sus amigos entrañables, de esos a los que el tiempo los hace familia —Juan, tan presente para Lai— y de asistir a la presentación de la versión reeditada que sacó Muerde Muertos de su Manual sadomasoporno (ex tractat). Más suerte tuve aún, de ir a comer después con ellos y de estar ahí, así como miraba al monstruo en las gradas, rodeada de los afectos e historias del queridísimo Lai que iban de una punta a la otra de la mesa junto al plato de fainá. Hoy se cumplen dos años de su muerte.
Te han querido bien en esta tierra, dulce Lai. Doy fe.

(*) Investigadora y docente de Letras de la Universidad Nacional del Comahue, coordinadora y editora de Malvinas en el aula. Una propuesta desde la literatura, en el marco del CONICET.