MUERDE MUERTOS es una editorial de autores contemporáneos, abocados a la literatura fantástica, el terror, lo erótico y aquellas obras que apuestan a estimular la imaginación.

“Siempre preferí retratar lo que pasa cuando te cruzás con el horror a la vuelta de la esquina”

Entrevista a Pablo Martínez Burkett en Entre Vidas. Escribe: Mauro Yakimiuk

El escritor Pablo Martínez Burkett —autor de los libros Los ojos de la divinidad y Forjador de penumbras— estuvo hablando con el sitio Entre Vidas acerca de sus comienzos y de los proyectos en los que está trabajando actualmente.
—¿Qué fue lo primero que escribiste?
—No sé. Admiro a los que pueden contar con ajustado detalle sus inicios. Siempre escribí pero nunca tuve autoconciencia de un destino literario. Quizás el primer recuerdo que tenga sea de una (pseudo) poesía que retrataba una intoxicación masiva de todo mi grado en una comunión. Los adultos le echaron la culpa a un jugo de naranja. La gran mayoría tuvo que guardar cama varios días así que a mí se me dio por versear la catástrofe en octosílabos. Todavía me acuerdo de algunas palabras: “…. jugo había… y mucha algarabía”. No debo haber tenido más de 10 años. Después, en talonarios usados de facturas, escribía novelitas de cowboy al estilo Marcial Lafuente y algunas “novelas gráficas completas” (o sea, historietas) en la línea de El Tony, D’Artagnan y Fantasía, que fueron mis primeras lecturas. No hace mucho encontré un diploma que acredita que a los 16 años y representando a mi colegio, había participado del Concurso José Pedroni, que por entonces era muy reconocido en mi Santa Fe natal. Ni me acordaba.
—¿Por qué decidiste volcarte al género fantástico?
—Tampoco tengo claro que haya sido una decisión como tal. De chico leía muchísimo a los clásicos de ciencia ficción y terror y empecé a copiarles: Verne, Wells, Poe, Lovecraft. Cuando ya de más grande leí a Bioy, Mujica Laínez y Borges, descubrí que era posible insertar un elemento anómalo en el Río de la Plata y me sentí muy cómodo torciendo lo cotidiano hasta volverlo aterrador. Contar la vida de la gente, la vida de todos los días, nunca me interesó. Siempre preferí retratar lo que pasa cuando te cruzás con el horror a la vuelta de la esquina.
—¿Cómo nace Forjador de penumbras?
—En 2010 gané el Concurso Mundos en Tinieblas de la fenecida Editorial Galmort. El premio era la edición de un libro. Así que reuní un conjunto de narraciones fantásticas, de terror y ciencia ficción. Aunque yo no vengo del palo de nadie, quiero decir, mis grados académicos son en Derecho y no en Letras y no fui a ningún taller ni frecuenté cenáculo alguno, el libro salió reseñado en diarios y revistas con muy buena crítica y resultó mi plataforma de inmersión en un mundo fascinante. En 2014 me fichó Eriginal Books de Miami y se reeditó para todo el mercado hispanoparlante de USA a través del portal Amazon. Y todavía le va muy pero muy bien. Quizás hoy ya me sienta un poco lejos de esas historias pero es un libro que quiero mucho.
—¿Cuál fue la imagen disparadora que da inicio a la historia del relato Los ojos de la divinidad?
—“Purple rain” de Prince, por supuesto. Desde la primera vez que la escuché en la adolescencia repito lo mismo: “¡Qué polvo, pero qué polvo!”. Una noche venía llegando a casa y justo sonaba en la radio, me bajé y me puse a bailar alrededor del coche como un indio haciendo la danza de la lluvia, mientras dirigía la orquesta y repetía como un mantra: “¡Qué polvo, pero qué polvo!”. Y entonces, como si me pasaran una película, vi toda la historia. Algún día me gustaría poder filmarla porque es muy visual.
—¿Cómo te definirías como escritor?
—Un tahúr de la palabra que le gusta usar todo el ancho del castellano. Escribo orillando la perplejidad y el sarcasmo corrosivo. En este sentido, me encanta reírme de lo absurdo. Como me encantan los finales imprevisibles. Y mezclarlos con tramas donde nunca se sabe si hay poca luz o demasiada sombra. Y porque leí lo que leí, hay historias que son muy pulp pero con un lenguaje prolijo, elegante y contemporáneo. Igual, a esta altura, soy un barroco en rehabilitación y escribo mucho más simple. Decir lo mismo, pero con menos alambicamiento.
—Para los que todavía no leyeron ningún libro tuyo, ¿con qué se van a encontrar?
—Con un buen rato de entretenimiento puro. Una ocasión para identificarse con los personajes que transitan por una montaña rusa de eventos, con raíces que remiten a lo clásico pero fronda que se prolonga en la modernidad. Te podés topar con mayas, celtas, gauchos, mercenarios, centuriones romanos, viajeros del espacio, alienígenas bastantes reos o abogados y médicos contemporáneos. Pero la pesadilla es la misma. Porque se trata siempre de un catálogo de historias que proponen una realidad oscilante. Lo cotidiano se va contaminando poco a poco de lo fantástico y la idea de identidad empieza a tambalear. Situaciones deliberadamente inverosímiles con las que, sin embargo, el lector puede sentirse identificado. Porque prefiero mostrar a describir. Y como nada es lo que parece, es el lector quien completa el relato a partir de sus propias representaciones.
—¿Por qué el género fantástico y el terror no ocupan más espacio dentro del mundo literario nacional?
—Supongo que todavía hay alguna idea de desprestigio o chiquilinada. Además si miramos la cosa en perspectiva el género siempre fue el campo de batalla de una guerra ideológica. Corrido por la derecha ultramontana por no reflejar la realidad y los valores familiares, religiosos y nacionales. Pero también desde la izquierda más obtusa, por ser un escapismo falto de compromiso con la realidad social y el desaprovechamiento de una herramienta para denunciar la opresión y la lucha de los desposeídos. No importa qué idea prevaleciera, siempre se las agarraban con el género y entonces escribir fantástico o terror resulta inadmisible. Porque el género para expresar las ideas es el realismo y siempre que sea sectario. Igual creo que se lee mucho más fantástico y terror de lo que una improbable estadística pudiera demostrar.
—¿Qué libros recomendarías?
Misión Kenobi de Juan Guinot. Muerde muertos, de José María y Carlos Marcos. Quepobrestán, de Fernando Figueras. Los hombres malos usan sombrero, de Lucas Berruezo; El fantasma del rosario. de Marisa Vicentini; La oscuridad que cayó sobre Tornquist, de Patricio Chaija. Los escarabajos, de Macarena Moraña. Si algo está muerto no puede morir, de Hernán Dominguez Nimo. Dos, de Giselle Aronson. Cosmografía general, de Laura Ponce. Diez variaciones sobre el amor, de Teresa Mira de Echeverría. Fábulas del crimen, de Diego Rotondo. El expediente Glasser, de Violeta Balián. Cualquiera de las antologías de terror que viene sacando la Editorial Pelos de Punta. Me podría pasar la noche recomendando, no porque sean amigos sino porque escriben muy bien y no aparecen en la lista de acomodaticios best-sellers.
—¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
—Por un lado, ya mandé a la editorial un libro de 60 relatos bien cortitos de página y media. Es una selección de lo que vine escribiendo los últimos 10 años para la revista miNatura de España así que es terror y ciencia ficción muy a la manera de weird tales. Y estoy terminando de corregir una novela de terror que también va a salir este año.
—¿Qué podes adelantar de la historia?
—La novela sucede un pueblito en medio de la nada, muy del interior profundo, con apego a sus costumbres y tradiciones. Y mitos urbanos muy arraigados. Tanto que cuando empiezan a suscitarse muertes espantosamente extrañas le echan la culpa a la resurrección del temible (y temido) Uñudo. Pero el horror será menos doméstico, más tremendo. Un porteño trasplantado, una chinita del supermercado, el padre Elvis y la bibliotecaria en sillón de ruedas conforman la Armada anómala que tendrá que enfrentar el terror que vino para quedarse.