MUERDE MUERTOS es una editorial de autores contemporáneos, abocados a la literatura fantástica, el terror, lo erótico y aquellas obras que apuestan a estimular la imaginación.

Cuentos sin tregua

Marcelo Guerrieri, autor
de Árboles de tronco
rojo
(Muerde
Muertos, 2012).

Catorce cuentos que impactan sin dar tregua. Distintos climas que, con sentido literario, justifican la presencia de cada personaje. Focalizar el conflicto y resolverlo, en todo caso, pone a prueba al cuento y al autor. Aquí, Marcelo Guerrieri apuesta y gana con razón, con entendimiento y sensibilidad. Estos cuentos tienen su tono y su temperatura. El autor, una forma de narrar que es clara y cada trama nos conducen exitosamente a un desenlace que, a veces, en premio a la lectura, se traduce en un final más o menos abierto que interpela al lector, apelando a su imaginación, dejando algún espacio en blanco a su disposición.

—Sos un incansable defensor del cuento, género que muchos consideran menor. ¿Qué es lo que más te interesa de la narrativa breve?
—Es un género que sirve para contar un tipo de experiencia que es imposible contar de otra manera. El cuento implica una actitud frente a la historia. Sobre todo, el trabajo con la condensación, el efecto, la atmósfera y el clima que se desarrollan para ser experimentados de continuo, de una sola vez, sin interrupciones. De la misma manera hay historias que son imposibles de contar si no es mediante una novela. Disfruto escribiendo y leyendo ambos géneros. No tengo una actitud militante con respecto al cuento. Antes que nada, soy respetuoso de la historia que se me presenta. Hay un momento en el que sé si es para cuento o para novela. Cada género tiene su complejidad, sus limitaciones y potencialidades. Para mí, novela y cuento están a la misma altura.
—Un cuento tiene su proceso de maduración; siempre hay una primera versión condenada a ser corregida. ¿Podés contarnos cómo se desarrolla, en tu caso, este proceso, desde la idea original (el borrador) hasta que nace el cuento tal como se lo publica?
—Es muy variado. A veces tengo el clima, pero no tengo idea sobre los personajes ni el ambiente. Me siento a escribir, con esa atmósfera presente, y el laburo entonces es que lo que vaya pasando a través de ese clima. Me voy dejando llevar, pero con la vista puesta en esa atmósfera que quiero hacer crecer y que condensa y sirve de eje. Otras veces parto de un tema. Ahí pienso mejor el escenario y los personajes, y recién entonces arranco; generalmente, con una acción o una frase en la que esté presente ese tema. Algo así como el ADN de la historia que después intento replicar a lo largo del cuento, desplegarlo en distintos niveles. Otras veces es una frase que me gusta por su música; hay un ritmo ahí que después trato de sostener, como un cantito de las palabras que suena por detrás de lo que va pasando. El proceso de corrección es en paralelo al de escritura. Voy frenando cada tanto y corrijo. El tono del texto no lo puedo pensar separado de lo que estoy contando. Por eso freno, corrijo y recién sigo con la historia cuando me suena bien la manera en que se viene dando. Cuando retomo la escritura lo vuelvo a leer. Para la versión final soy de leerla en voz alta y, a veces, la grabo, la escucho y ahí retoco lo último. El laburo con colegas, que leen y comentan, cuando se da la posibilidad, como las recomendaciones de los editores, también son parte del proceso.
—¿Generalmente, agregás o quitás palabras?
—Es más lo que quito. Reescribo para intentar ser fiel a cada texto. El desafío es encontrar esa manera de contar propia para esa historia, que suene natural, que sea orgánico con lo que plantea ese texto en particular.
—¿Cómo aparecen tus personajes?
—Aparecen, no tengo muy claro cómo, y piden atención. Lo que necesito es que haya un lazo emotivo con lo que les está pasando, algo que me conecte y me dé ganas de meterme en ese mundo. Pero no es algo consciente. Cuando escribo, es desde la conexión con la emoción que me mueve el personaje. Supongo que en los personajes se desarrollan distintos aspectos míos, pero no me detengo a pensarlo cuando escribo, ni es desde ahí que los convoco. Los pongo en acción y el texto mismo es mi manera de conocerlos y construirlos.
—Se me ocurre poner el acento en “El ciclista serial”. ¿Cómo nació la idea y cómo fue cobrando fuerza y tomando forma? ¿Qué podés decirnos de Aristóbulo García? ¿Cuándo se presentó ante vos este personaje?
—“El ciclista serial” es un cuento policial, de enigma, en tono paródico y con una vuelta de tuerca por el lado del absurdo. Lo escribí en la época en que participaba del taller de Laiseca, a partir de una de sus consignas. “Lai” se quejaba de los ciclistas que, cuando salía a pasear a sus perros, le pasaban cerca, por la vereda, a lo loco, como asesinos seriales. Entonces se me ocurrió escribir sobre un caso que se llamara “El caso del ciclista serial”. Sin tener idea sobre el argumento, empecé con la voz del personaje principal, el detective Aristóbulo García, que narra el cuento en primera persona. La manera de hablar y su manera de ver el mundo definieron el cuento. La voz de Aristóbulo es un collage de frases y formas de hablar que resonaban en el ambiente en que me crié, en Lomas de Zamora, cuando era chico: las voces de gente más grande que yo, parientes, vecinos, gente del barrio, gente con la que traté en laburos, jugando a la pelota, padres de amigos... Empecé imaginando a un detective de Lomas, de la policía, pero no un personaje realista; más bien un alienado que se cree una versión local de Sherlock Holmes. El cuento empieza rememorando un cine que funcionaba en Temperley, al que mi viejo me contaba iba cuando era chico, en la época en que los cines de barrio eran un lugar de encuentro social importante. El personaje recuerda cuando veía las películas de detectives en ese cine y cómo imaginaba su futuro de detective famoso. Así empecé y me dejé llevar por la mirada y la voz del personaje. Lo que me sirvió como eje para condensar el discurso y trabajar un efecto, es un ida y vuelta alienado que tiene Aristóbulo entre el mundo imaginado y el real, entre sus expectativas y lo que realmente le sucede. En el desenlace intento llevar esta dicotomía a un extremo. La teoría a la que se aferra Aristóbulo junto a su ayudante, Amadeo, para resolver el enigma, es un razonamiento que arriesga fuerte a partir de pequeños indicios. El personaje termina teniendo un tono paródico por esta manera de pensar tan jugada, tan segura del propio pensamiento. Los escenarios del cuento son de la zona donde me crié y del Parque de Lomas, donde iba a hacer gimnasia con el colegio y después nos quedábamos a jugar a la pelota con los compañeros, en la cancha del velódromo.
—Luego de que ganaras el premio Sudaca Border en el año 2004 con el relato “El ciclista serial”, muchos quedamos a la espera de tu primer libro de cuentos. ¿Cuál fue el periplo de este proyecto hasta llegar a Árboles de tronco rojo, publicado recientemente por editorial Muerde Muertos?
—El libro llegó a su forma definitiva como parte de un proceso de búsquedas y experimentaciones en temáticas y estilos variados. Lo fui construyendo con los cuentos que más me gustan de esas búsquedas diversas, por lo que no tiene un tema o un ambiente compartido. Los cuentos más viejos de Árboles de tronco rojo son “La inundación” y “Solo en la escuela” (una imagen de este cuento inspiró el nombre del libro), que escribí por el año 2003. Para el 2004, cuando fue lo del premio Sudaca Border, tenía varios cuentos de tono paródico, donde trabajaba el humor, que transcurrían en el ambiente de la zona sur, donde nací y viví hasta principios de 2001. De aquellos cuentos, en Árboles de tronco rojo sólo quedó “El ciclista serial”; otros se publicaron en revistas y el resto permanecen inéditos. Entre 2005 y 2008 viví en Europa –un año en Uppsala (Suecia) y dos en Barcelona–. Durante ese tiempo escribí mayormente cuentos fantásticos, con ambientes extrañados... De esa época son “El traje de terciopelo” (tras mi descubrimiento de David Lynch, cuando vi en el cine Inland Empire, y después me pasé una semana entera viendo una tras otra todas sus pelis), “El repartidor de diarios” (inspirado en el ambiente de Uppsala), “Cada tanto Normita”, “El cliente 601” (tomado de una nota sobre suicidios asistidos que leí en un diario de allá y que me impactó mucho) y “El zumbido” (surgió inspirado en una foto que le di como consigna de escritura a un grupo de alumnos del taller literario que daba en Barcelona). Después, ya de vuelta en Argentina, entre los años 2008 y 2011, escribí “El Cacique”, “Vos sos Pin”, “La Telesita”, “El alemán” y “Dano no ve nada” (estos últimos dos cuentos surgieron motivados por una reuniones que hacíamos con Marcos Almada, Hernán Brignardello, Nicolás Correa y Patricio Eleisegui; salíamos a lugares medio bizarros y luego escribíamos ficción inspirada en esas salidas; a esos encuentros los llamábamos Fiestorros). “Árboles de tronco rojo”, el cuento que da nombre al libro, es el más nuevo, del año 2011. A mediados de ese año presenté el volumen con los catorce cuentos al concurso de fomento a la creación literaria del Fondo Metropolitano de las Artes. A fines de ese año recibí la noticia de que lo había ganado. A principios de 2012 le acerqué el material a los Muerde Muertos y nos pusimos a laburar en los detalles de la edición. Entonces le propuse a Gaby Cabezón Cámara y Hernán Ronsino, que habían leído algunos de mis textos y les habían gustado, que escribieran algo para la contratapa. Ambos hicieron una lectura muy generosa. Además de que son gente que quiero mucho, me honra que estén en la contratapa porque me parecen escritores geniales. El libro lo presentamos en noviembre de 2012 en la Casa de la Lectura con Selva Almada, Nicolás Correa, José María Marcos y Gaby Cabezón Cámara. Además de El Ciclista serial, publicado por Eloísa Cartonera y la revista Abanico de la Biblioteca Nacional, algunos de estos cuentos ganaron concursos y salieron en antologías y revistas literarias: “La inundación”, segundo premio del Concurso Nuevos Narradores 2008 del Centro Cultural Rojas, publicado en una antología por Libros del rojas, y en la revista Abanico; “El Cacique”, que salió en el libro 12 rounds, cuentos de box; “Vos sos Pin”, publicado en la antología Timbre 2 Velada Gallarda y en la revista No-retornable; “El traje de terciopelo”, en la revista Casquivana; y “Cada tanto Normita”, en La Quetrófila.
—¿Observás e imaginás cómo evoluciona un conflicto, o simplemente lo creás de la nada?
—Nunca me siento a escribir con todo planeado de entrada; no soy de pensar argumentos completos. Lanzo a los personajes a una situación y después veo cómo se las arreglan. Entro a los textos con la mirada puesta en captar algo que me resulte atractivo. Cuando algo así aparece lo tomo e intento hacerlo evolucionar, desde lo argumental y desde la manera en que lo cuento.
—Tus cuentos, si bien coquetean con el universo de lo fantástico, pertenecen más precisamente al territorio de lo extraño. Los personajes habitan paisajes cuasi oníricos sin perder su anclaje con lo cotidiano. ¿Cómo surgen los escenarios de cuentos como “El repartidor de diarios” o “La inundación”?
—“El repartido de diarios” tiene que ver con mi experiencia en Uppsala, donde viví un año. Entre los distintos trabajos que tuve durante ese año –di talleres literarios y conduje un programa de radio para la comunidad latina, pinté casas, trabajé de maestranza, en la puerta de un boliche...– repartí diarios a la madrugada, durante el verano. En esa época vivíamos con mi novia en una habitación en el Centro Cultural donde daba un taller literario en el barrio de los estudiantes, pegado a un bosque. Salía tipo tres de la mañana de mi casa, en bicicleta, hacia el distrito donde repartía los diarios. En verano, a esa hora ya es de día. Así que iba con la bici por ese pueblo, que era medio de postal: bosque, casas bajas con jardines, liebres dando vueltas. Mi tarea era dejar los diarios en los buzones de las casas. En un momento me cambiaron de distrito, al centro. Ahí había otro aire. Eran edificios, subía en ascensor e iba por esos corredores callados, a la madrugada, todos durmiendo... Inspirado en ese ambiente, laburé el clima extrañando del cuento. “La inundación” tiene que ver con imágenes que vi de la inundación de Santa Fé del año 2003; la gente resistiendo en los techos de las casas inundadas. Entonces se me ocurrió contar una historia de amor en medio de esa tragedia, entre un hombre y una mujer que se quedaron ahí, cada uno en el techo de su casa, custodiando sus cosas para que no se las robaran.
—¿Cuándo descubriste tu vocación y cuándo te decidiste a cumplir con el deseo?
—Escribo desde chico, siempre me gustó. No es que en un momento lo decidí, fue algo que se fue dando solo, a partir del ejercicio sostenido de la escritura a lo largo del tiempo. En 2002 empecé a asistir al taller de Laiseca para intentar mejorar. Ahí hubo un cambio en mi manera de relacionarme con la escritura. Empecé a conocer a otros que estaban en el mismo camino, a reconocerme en ese ambiente. Publiqué cuentos a partir de concursos y en revistas literarias. Hice clínicas con Pablo De Santis, Martín Kohan, Juan José Becerra; en la Escuela de Escritores del Rojas, con María Sonia Cristoff, Carolina Sborovsky y otros nueve escritores; laburé mi novela Farmacia, que fue mención especial del jurado del premio Nueva Novela Página/12 el año pasado. En el año 2006 empecé a dar talleres literarios: primero en Uppsala, a la comunidad latina; después en Barcelona, durante los dos años que viví ahí; y sigue siendo mi medio de vida desde que volví a Buenos Aires, en 2008. Haber encontrado esta manera de ganarme la vida potencia mi escritura. Me gusta mucho trabajar con grupos y estoy todo el tiempo reflexionando y charlando sobre herramientas relacionadas con el oficio. Eso vuelve a mi escritura y la enriquece.
—¿Qué podés decirnos de Alberto Laiseca?
“Lai” es un gran maestro, en el sentido de que te impulsa a descubrir las reglas de tu propia escritura, sin imponerte una forma de escribir. Tiene una relación de respeto, vital, de mucho cariño con su oficio. Los dos años durante los que asistí a su taller tuvieron una influencia decisiva en mi formación como escritor. En el taller de Laiseca encontré un espacio para experimentar con total libertad. Fue muy motivador. Aprendí mucho de él como escritor y como docente.
Muerde Muertos es una editorial creada y dirigida por escritores y para escritores. ¿Qué significa ser un muerde muertos? ¿Cuál es la relación de la editorial con el libro?
—Desde el momento en que me junté a charlar con José María y Carlos Marcos acerca sobre la posibilidad de que el libro saliera por Muerde Muertos sentí una sintonía fuerte en cuanto a la manera de entender el libro. Se toman su laburo de editores muy en serio y, a la vez, como un juego. Proponen una manera grupal de entender la editorial, en la que los escritores somos parte activa. El proceso de edición lo trabajé más con José María. Fue un proceso muy cercano, recibí correcciones, lecturas muy atentas, devoluciones que me hicieron confiar. Sentí que el libro estaba en manos de gente que entendía mi material y que se iba a poner la camiseta del libro. Me preguntaron qué ideas tenía para la tapa y con lo que les conté trabajaron con la artista plástica encargada de todo el arte de Muerde Muertos, Mica Hernández. Recibí tres opciones y elegí la que más me gustó. También comparto la idea de entender el libro como un generador de encuentros sociales, de acercarse y salir a buscar a los lectores. En presentaciones, lecturas, vamos los Muerde Muertos como grupo. Tienen una filosofía que comparto y es que en estos encuentros hay que hacer algo que sea atractivo, divertido para la gente que asiste. Y en todas las mesas en las que participé con ellos sentí este espíritu de encuentro, lúdico, de respeto, de ida y vuelta con el público. Me divierto mucho con ellos en estas presentaciones y en este tiempo se han convertido en amigos, en gente querida. El libro está distribuido en todo el país, en las librerías de Galerna y en las cadenas importantes: Yenny, El Ateneo, Cúspide... También se toman el trabajo de registrar en el blog de la editorial cada nota que sale relacionada con el libro, cada entrevista que me hacen, cada evento en el que participo. Tienen puesta no sólo la camiseta de la editorial sino también la de cada uno de los escritores de su editorial.